La identidad de estos comunicadores supone un cambio en el modelo
Por José Antonio Jiménez Narváez
Reportero de paz, magister en comunicación.
Este artículo fue escrito por el autor en 2003 en México mientras afrontaba el exilio en la capital de ese país por amenazas de muerte. Entre tanto en Colombia decenas de periodistas sufrían sentencias, persecuciones, presiones, chantajes de grupos armados ilegales. La interpretación de la realidad nacional colombiana, y el papel que jugaban los periodistas en ese momento, obedece al contexto histórico vivido por esos meses. El planteamiento del autor obedece a su inquietud personal de que los periodistas deben ser motivadores e impulsa dores de la paz en todo tiempo, como una forma de estar comprometido con la sociedad.
Existe en la praxis de los medios de comunicación colombianos y quizá latinoamericanos la necesidad de abrir espacios a una nueva clase de periodistas que informen a la sociedad desde la perspectiva de la cultura de la paz y de los derechos humanos o el planteamiento puede quedarse en la formulación de una bella utopía? Se puede pensar en un modelo identitatario de periodista para la paz en función de proporcionar equilibrio en el tratamiento informativo que se hace actualmente de la violencia y de la guerra, con el que actualmente y de manera escasa, se practica de la no violencia?
Estos dos cuestionamientos son los que guiarán la disertación en torno a la conveniencia de establecer un modelo que le permita dar importancia a la identidad a los periodistas de paz en medio de una disputa o tensión entre los mismos medios y las esferas de los poderes económicos y políticos porque se mantenga el paradigma imperante, sostenido bajo una falsa premisa: Las noticias de guerra y violencia atraen y venden. Las de paz no.
En principio la apuesta de este discurso apunta al sentido de que los periodistas no podemos ser ajenos a un vínculo permanente con el bienestar de la sociedad por el hecho de ser ciudadanos de una democracia, y por la condición de ser unos mediadores con vasto poder para comunicar, o reinterpretar informativamente la realidad cotidiana, a esas comunidades locales, regionales, nacionales e internacionales que diariamente toman el periódico, escuchan la radio, ven la televisión, o navegan en la internet.
Ese compromiso social obliga a que los periodistas seamos responsables socialmente, sea que trabajemos en los medios o dentro de una organización empresarial, en donde los públicos son más pequeños pero igualmente importantes. Por esa razón el compromiso debe llevarnos a descubrir el grado de conexión entre periodistas y ciudadanos. Una forma de ver, o incluso diagnosticar, esa conexión directa con las personas es entender el rol que ejercemos cuando escribimos o informamos sobre la guerra, los conflictos armados, la seguridad nacional e internacional, la paz y los derechos humanos, el desarrollo y la democracia.
Por esa razón es necesario descubrir si somos periodistas que propiciamos o hacemos posibles nuestra mediación hacia la paz o por el contrario alimentamos, con la fuerza de nuestra palabra y la cultura informativa que hemos heredado, los conflictos negativos. Y más aún, si como comuicólogos estamos identificados con la paz, hacemos un ejercicio profesional para la paz, o la no violencia de una manera eficiente y útil.
Una mirada a los antecedentes y a las perspectivas en busca de la identidad.
Para establecer de dónde viene ese, aún muy leve y débil proceso de identidad de los periodistas para la paz en el mundo, que además aún se está construyendo, es necesario retroceder unos años en las páginas de los estudios de la paz. El concepto del periodista de paz es muy nuevo, y se desprende del debate público internacional orquestado por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, planteada en la última década del siglo veinte, por organizaciones civiles internacionales relacionados con los derechos humanos y la comunicación. Es decir, el tema tiene menos de una década de vigencia, y sin embargo, ya ha empezado, al menos en Europa a generar interés de respetados académicos, sociólogos e investigadores de la paz, como Vincen Fisas, Federico Mayor Zaragoza, Xavier Markiegi Candina, Irenäus Eibl-Eibesfeldt Mashall B. Rosembere y filósofos de la actualidad que empiezan a manifestar su simpatía con el discurso de la cultura pacífica, como Edgar Morín y Jürgen Habermas.
Ellos parecen estar de acuerdo con la definición que hace la UNESCO en el programa mundial de “Acciones para la Paz” conocido como el Manifiesto 20001, promulgado en el año 1999 con la firma de los representantes de todos los gobiernos que integran este órgano dependiente de la Organización de Naciones Unidas, ONU. Señala este documento que la Cultura de la Paz son todos aquellos “valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y estilos de vida basados en el respeto a la vida, el fin de la violencia y la promoción y la práctica de la no violencia por medio de la educación, el diálogo y la cooperación(...) el respeto pleno y la promoción de todos los derechos humanos y las libertades fundamentales; el compromiso con el arreglo pacífico de los conflictos”, entre otros. Esta definición de la UNESCO busca establecer coherencia con su carta de constitución en 1945, promulgada después de la Segunda Guerra Mundial; en el sentido de que “puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”.
En el Manifiesto 2000, las naciones firmantes dicen que los medios de difusión cumplen un papel educativo e informativo que contribuye a promover una cultura de paz, y que los periodistas, así como otros grupos sociales “desempeñan una función clave en la promoción de la cultura de paz” .
Pero la función de los periodistas en relación con la cultura de la paz fue desvelada además en múltiples foros internacionales cómo en la Declaración de Panamá del 22 de marzo de 1999, en la que se indica que “el fomento de la Cultura de la Paz, requiere en la familia, la escuela y los medios de comunicación, tomar conciencia de los riesgos implícitos en aquellas situaciones, actuaciones gubernamentales, programas informativos o lúdicos que atenten contra la dignidad humana y promuevan actitudes de violencia e imposición ”, y por eso se comprometieron a “Apoyar desde nuestra actividad profesional la consolidación de la democracia, reconociendo que los periodistas y los trabajadores de la comunicación audiovisual son agentes primordiales para la consecución de una Cultura de Paz” .
Un Similar pronunciamiento también fue fijado en la Declaración de Moscú “Periodistas por Una Cultura de la Paz”, en 1998 indicando que “Los medios de comunicación también son importantes canales de transmisión de valores éticos basados en el respeto a la vida, los derechos y la dignidad de la persona. Son capaces de hacer comprender a todo el mundo el hecho de que la vida desprovista de fundamento espiritual, guiada por afanes exclusivamente consumistas, es un tipo de vida inferior (...) Los medios de comunicación son portadores de grandes posibilidades educativas, que han de utilizarse para difundir el entendimiento y la tolerancia dentro de la sociedad, mantener los valores democráticos y, como fruto de lo anterior, sembrar y anclar en la mente las personas las ideas de una cultura de la paz.”
La identidad atada a la política
Es decir, en su fase inicial y fruto de declaraciones y pronunciamientos internacionales, el nacimiento del concepto de un periodista para la paz está atado a un interés más político y del juego fallido de supraestado de la ONU, que a una definición social del papel real del comunicador. “(...) en las sociedades modernas el estado se reserva la administración de la identidad, para lo cual establece una serie de reglamentos y controles. Incluso se puede decir que el estado tiene una verdadera obsesión por el control de la identidad de sus ciudadanos”
La ONU, si bien no es un estado propiamente dicho, sí es el escenario mundial para la concertación de políticas globales de todas las naciones. Por eso, basada en su “poder” equiparada a la de un estado-nación mundial, la ONU impuso ya una visión básica del periodista de paz y otorgó ya a este tipo de comunicador una identidad en evolución. Sin embargo no entró en la definición de un papel claro, ni dijo cómo debía idearse una forma de cobertura de la información que sin desconocer la realidad violenta, sirva para cultivar la paz.
¿Pero particularmente, es a la ONU, a través de la UNESCO, al sector académico, a la sociedad civil en general o a las organizaciones periodísticas a quienes corresponde definir el resto de identidad de los periodistas de paz? De quién es la competencia, si es que la hay, de formalizar la reapropiación de los medios y los criterios para que se defina el papel de estos comunicadores?
Una primera revisión de posibilidades podría decirnos que ésta es tarea de los medios de comunicación y las organizaciones de periodistas en las diferentes áreas geográficas del mundo, y dependiendo del entorno, contexto y fundamento cultural vigente para cada zona. Pero se podría llegar a un proceso en el que la heteroidentidad descrita por Jiménez, condicionada por un entorno sociocultural que ve normal la guerra (identidad negativa construida de la mano de múltiples visiones) se transforme (en una identidad positiva) sin tener en cuenta el accionar ciudadano o el marco social?
En Colombia, un país suramericano con 45 años de conflicto armado, casi en estado de guerra, pero formalmente no declarada por el estado o la contraparte, fueron los mismos medios de comunicación los que a mediados de los años noventa, obedeciendo a circunstancias políticas y a la intervención del gobierno (el ejecutivo del estado) quienes definieron la presencia histórica de la fuentes de paz y de los reporteros de paz. Es decir, los periodistas de la fuente de paz, en el papel y la práctica existen en un lugar de Latinoamérica, informan y generan para el público noticias, pero con falta de claridad sobre el tema porque nacieron dependiendo, no de la sociedad ni de los minorías, sino del acuerdo de superestructuras como el poder político en la jefatura presidencial del estado colombiano que necesitaba de los medios de comunicación, y de éstos que requerían del poder del gobierno para tener facilidades de acceso a la información que se suscitara en el marco de las fracasadas negociaciones de paz entre las partes en conflicto durante la administración del conservador Andrés Pastrana.
Consecuentemente con esto, actualmente (2003) dichos comunicadores viven una incertidumbre sobre la definición de su papel (Son actores que construyen la sociedad? Hasta dónde va su compromiso y responsabilidad social? Su labor se reduce sólo a informar? Se puede informar neutralmente en medio de presiones, amenazas de muerte y asesinatos de periodistas de la mientras que poseen pocas competencias informativas, pues no dominan la amplia temática de lo que, de acuerdo con los estudiosos de la fenomelogía social, es la cultura de la paz.
Una mirada a los antecedentes y a las perspectivas en busca de la identidad.
Para establecer de dónde viene ese, aún muy leve y débil proceso de identidad de los periodistas para la paz en el mundo, que además aún se está construyendo, es necesario retroceder unos años en las páginas de los estudios de la paz. El concepto del periodista de paz es muy nuevo, y se desprende del debate público internacional orquestado por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, planteada en la última década del siglo veinte, por organizaciones civiles internacionales relacionados con los derechos humanos y la comunicación. Es decir, el tema tiene menos de una década de vigencia, y sin embargo, ya ha empezado, al menos en Europa a generar interés de respetados académicos, sociólogos e investigadores de la paz, como Vincen Fisas, Federico Mayor Zaragoza, Xavier Markiegi Candina, Irenäus Eibl-Eibesfeldt Mashall B. Rosembere y filósofos de la actualidad que empiezan a manifestar su simpatía con el discurso de la cultura pacífica, como Edgar Morín y Jürgen Habermas.
Ellos parecen estar de acuerdo con la definición que hace la UNESCO en el programa mundial de “Acciones para la Paz” conocido como el Manifiesto 20001, promulgado en el año 1999 con la firma de los representantes de todos los gobiernos que integran este órgano dependiente de la Organización de Naciones Unidas, ONU. Señala este documento que la Cultura de la Paz son todos aquellos “valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y estilos de vida basados en el respeto a la vida, el fin de la violencia y la promoción y la práctica de la no violencia por medio de la educación, el diálogo y la cooperación(...) el respeto pleno y la promoción de todos los derechos humanos y las libertades fundamentales; el compromiso con el arreglo pacífico de los conflictos”, entre otros. Esta definición de la UNESCO busca establecer coherencia con su carta de constitución en 1945, promulgada después de la Segunda Guerra Mundial; en el sentido de que “puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”.
En el Manifiesto 2000, las naciones firmantes dicen que los medios de difusión cumplen un papel educativo e informativo que contribuye a promover una cultura de paz, y que los periodistas, así como otros grupos sociales “desempeñan una función clave en la promoción de la cultura de paz” .
Pero la función de los periodistas en relación con la cultura de la paz fue desvelada además en múltiples foros internacionales cómo en la Declaración de Panamá del 22 de marzo de 1999, en la que se indica que “el fomento de la Cultura de la Paz, requiere en la familia, la escuela y los medios de comunicación, tomar conciencia de los riesgos implícitos en aquellas situaciones, actuaciones gubernamentales, programas informativos o lúdicos que atenten contra la dignidad humana y promuevan actitudes de violencia e imposición ”, y por eso se comprometieron a “Apoyar desde nuestra actividad profesional la consolidación de la democracia, reconociendo que los periodistas y los trabajadores de la comunicación audiovisual son agentes primordiales para la consecución de una Cultura de Paz” .
Un Similar pronunciamiento también fue fijado en la Declaración de Moscú “Periodistas por Una Cultura de la Paz”, en 1998 indicando que “Los medios de comunicación también son importantes canales de transmisión de valores éticos basados en el respeto a la vida, los derechos y la dignidad de la persona. Son capaces de hacer comprender a todo el mundo el hecho de que la vida desprovista de fundamento espiritual, guiada por afanes exclusivamente consumistas, es un tipo de vida inferior (...) Los medios de comunicación son portadores de grandes posibilidades educativas, que han de utilizarse para difundir el entendimiento y la tolerancia dentro de la sociedad, mantener los valores democráticos y, como fruto de lo anterior, sembrar y anclar en la mente las personas las ideas de una cultura de la paz.”
La identidad atada a la política
Es decir, en su fase inicial y fruto de declaraciones y pronunciamientos internacionales, el nacimiento del concepto de un periodista para la paz está atado a un interés más político y del juego fallido de supraestado de la ONU, que a una definición social del papel real del comunicador. “(...) en las sociedades modernas el estado se reserva la administración de la identidad, para lo cual establece una serie de reglamentos y controles. Incluso se puede decir que el estado tiene una verdadera obsesión por el control de la identidad de sus ciudadanos”
La ONU, si bien no es un estado propiamente dicho, sí es el escenario mundial para la concertación de políticas globales de todas las naciones. Por eso, basada en su “poder” equiparada a la de un estado-nación mundial, la ONU impuso ya una visión básica del periodista de paz y otorgó ya a este tipo de comunicador una identidad en evolución. Sin embargo no entró en la definición de un papel claro, ni dijo cómo debía idearse una forma de cobertura de la información que sin desconocer la realidad violenta, sirva para cultivar la paz.
¿Pero particularmente, es a la ONU, a través de la UNESCO, al sector académico, a la sociedad civil en general o a las organizaciones periodísticas a quienes corresponde definir el resto de identidad de los periodistas de paz? De quién es la competencia, si es que la hay, de formalizar la reapropiación de los medios y los criterios para que se defina el papel de estos comunicadores?
Una primera revisión de posibilidades podría decirnos que ésta es tarea de los medios de comunicación y las organizaciones de periodistas en las diferentes áreas geográficas del mundo, y dependiendo del entorno, contexto y fundamento cultural vigente para cada zona. Pero se podría llegar a un proceso en el que la heteroidentidad descrita por Jiménez, condicionada por un entorno sociocultural que ve normal la guerra (identidad negativa construida de la mano de múltiples visiones) se transforme (en una identidad positiva) sin tener en cuenta el accionar ciudadano o el marco social?
En Colombia, un país suramericano con 45 años de conflicto armado, casi en estado de guerra, pero formalmente no declarada por el estado o la contraparte, fueron los mismos medios de comunicación los que a mediados de los años noventa, obedeciendo a circunstancias políticas y a la intervención del gobierno (el ejecutivo del estado) quienes definieron la presencia histórica de la fuentes de paz y de los reporteros de paz. Es decir, los periodistas de la fuente de paz, en el papel y la práctica existen en un lugar de Latinoamérica, informan y generan para el público noticias, pero con falta de claridad sobre el tema porque nacieron dependiendo, no de la sociedad ni de los minorías, sino del acuerdo de superestructuras como el poder político en la jefatura presidencial del estado colombiano que necesitaba de los medios de comunicación, y de éstos que requerían del poder del gobierno para tener facilidades de acceso a la información que se suscitara en el marco de las fracasadas negociaciones de paz entre las partes en conflicto durante la administración del conservador Andrés Pastrana.
Consecuentemente con esto, actualmente (2003) dichos comunicadores viven una incertidumbre sobre la definición de su papel (Son actores que construyen la sociedad? Hasta dónde va su compromiso y responsabilidad social? Su labor se reduce sólo a informar? Se puede informar neutralmente en medio de presiones, amenazas de muerte y asesinatos de periodistas de la mientras que poseen pocas competencias informativas, pues no dominan la amplia temática de lo que, de acuerdo con los estudiosos de la fenomelogía social, es la cultura de la paz.
En general estos periodistas colombianos están excesivamente encasillados en las expectativas por los diálogos entre gobierno y actores en conflicto, muy apegados a las entrevistas de reacción de los representantes del estado y de vez en cuando de organizaciones civiles, cada vez que hay actos de guerra, terrorismo o violación de los derechos humanos, o cuando acontecen acercamientos políticos entre las partes, liberación de rehenes, intercambio de secuestrados, desmilitarización de zonas o suspensión de los teatros de operaciones. Entonces, de manera constante, terminan también comunicando sobre las acciones de violencia, de manera similar a los reporteros que por asignación de fuentes, hacen cobertura de la guerra (periodistas de orden público o corresponsales de guerra) En ocasiones, se vio en el pasado y aún se observa en el periodismo hecho desde las regiones, que algunos comunicadores toman partido hacia uno u otro bando, manipulando la sintaxis y la semántica del mensaje, a fin de no ser evidentes en las pistas que pudieran dejar su oculta militancia.
La teatralidad y la violencia simbólica conviviendo con la identidad.
Como lo intentaba afirmar, la retórica y el discurso mediático que llega al ciudadano sufre alteraciones, modificando en ciertos aspectos lo real concreto, y trasluce intencionalidades que pueden luego generar conductas o comportamientos inadecuados para el bienestar social. “Se logra así una perversión moral que altera radicalmente la jerarquía de valores en la que se asienta cualquier sociedad civilizada; que modifica el lenguaje hasta hacerlo irreconocible; que crea imágenes de enemigos; que confunde asesinos y víctimas; que practica una doble moral al valorar los hechos de manera distinta según quienes sean sus protagonistas; que considera que hay vidas humanas más o menos valiosas, siendo despreciables las de las víctimas”
Jiménez dice que la identidad se elabora dentro de un sistema de relaciones que opone un grupo a otros con los cuales se está en contacto, y se construye o reconstruye constantemente con los cambios de en las interacciones, lo cual produce una distinción social. En el mismo sentido Luis Reygadas indica que la identidad está íntimamente relacionada “con las fronteras simbólicas que se erigen entre los diversos grupos sociales”. Por lo tanto, esta búsqueda, al menos conceptual, de la identidad de los periodistas de paz no es la excepción, y está sometida por un lado a la interacción social permanente e inevitable de periodistas o medios con las demás fuerzas y actores sociales, y por otro lado, en las formas simbólicas que se derivan de ésta.
Si de acuerdo con Jiménez, la identidad es permanecer en el tiempo sin sufrir cambios drásticos en sí mismo, entonces la identidad del periodista de paz supone un proceso perdurable de estabilidad, consistencia y congruencia en el cual interioriza su papel como ciudadano, asimila la atribución de responsabilidad social que por ello le merece, digiere su proactivo papel de actor civil, desarrolla una relativa previsión de su comportamiento apasionado, y gradualmente la va sustituyendo por una conducta positiva que destaque, propicie o redimensione lo auténticamente bueno de la sociedad, _no lo comercialmente bueno_ . Así las cosas, estarían dadas las condiciones para señalar que hay un periodista de paz en Colombia o en Lastinoamérica.
Por ahora es menester afirmar que la perdurabilidad de elementos estables y consistentes del papel del periodista de paz es débil, no hay claridad sobre la dimensión de su responsabilidad en la sociedad y muy pocas conductas pueden ser previsibles. Pero tampoco la carencia es absoluta, lo que indica que hay una identidad del periodista que se está construyendo, hay una transformación gradual, que de continuar sin mayores sobresaltos, se dará en algo más de una década para poder indicar que hay en Colombia auténticos reporteros de paz.
Y esta transformación es gradual, porque no se pretende modificar a profundidad la estructura de los sistemas mediáticos. Es decir, la identidad del periodista de paz no puede darse a partir de una mutación drástica de las estructuras, pues tendría que cambiar de manera irreversible los entramados de poder que regulan la actividad periodística o invertirlas, y en el futuro inmediato, asumiendo mis limitaciones humanas de analista o intérprete de la realidad colombiana, no observo que ese cambio se pueda dar políticamente, y que mucho menos, en él vayan a intervenir los propietarios de los medios de comunicación.
La teatralidad y la violencia simbólica conviviendo con la identidad.
Como lo intentaba afirmar, la retórica y el discurso mediático que llega al ciudadano sufre alteraciones, modificando en ciertos aspectos lo real concreto, y trasluce intencionalidades que pueden luego generar conductas o comportamientos inadecuados para el bienestar social. “Se logra así una perversión moral que altera radicalmente la jerarquía de valores en la que se asienta cualquier sociedad civilizada; que modifica el lenguaje hasta hacerlo irreconocible; que crea imágenes de enemigos; que confunde asesinos y víctimas; que practica una doble moral al valorar los hechos de manera distinta según quienes sean sus protagonistas; que considera que hay vidas humanas más o menos valiosas, siendo despreciables las de las víctimas”
Jiménez dice que la identidad se elabora dentro de un sistema de relaciones que opone un grupo a otros con los cuales se está en contacto, y se construye o reconstruye constantemente con los cambios de en las interacciones, lo cual produce una distinción social. En el mismo sentido Luis Reygadas indica que la identidad está íntimamente relacionada “con las fronteras simbólicas que se erigen entre los diversos grupos sociales”. Por lo tanto, esta búsqueda, al menos conceptual, de la identidad de los periodistas de paz no es la excepción, y está sometida por un lado a la interacción social permanente e inevitable de periodistas o medios con las demás fuerzas y actores sociales, y por otro lado, en las formas simbólicas que se derivan de ésta.
Si de acuerdo con Jiménez, la identidad es permanecer en el tiempo sin sufrir cambios drásticos en sí mismo, entonces la identidad del periodista de paz supone un proceso perdurable de estabilidad, consistencia y congruencia en el cual interioriza su papel como ciudadano, asimila la atribución de responsabilidad social que por ello le merece, digiere su proactivo papel de actor civil, desarrolla una relativa previsión de su comportamiento apasionado, y gradualmente la va sustituyendo por una conducta positiva que destaque, propicie o redimensione lo auténticamente bueno de la sociedad, _no lo comercialmente bueno_ . Así las cosas, estarían dadas las condiciones para señalar que hay un periodista de paz en Colombia o en Lastinoamérica.
Por ahora es menester afirmar que la perdurabilidad de elementos estables y consistentes del papel del periodista de paz es débil, no hay claridad sobre la dimensión de su responsabilidad en la sociedad y muy pocas conductas pueden ser previsibles. Pero tampoco la carencia es absoluta, lo que indica que hay una identidad del periodista que se está construyendo, hay una transformación gradual, que de continuar sin mayores sobresaltos, se dará en algo más de una década para poder indicar que hay en Colombia auténticos reporteros de paz.
Y esta transformación es gradual, porque no se pretende modificar a profundidad la estructura de los sistemas mediáticos. Es decir, la identidad del periodista de paz no puede darse a partir de una mutación drástica de las estructuras, pues tendría que cambiar de manera irreversible los entramados de poder que regulan la actividad periodística o invertirlas, y en el futuro inmediato, asumiendo mis limitaciones humanas de analista o intérprete de la realidad colombiana, no observo que ese cambio se pueda dar políticamente, y que mucho menos, en él vayan a intervenir los propietarios de los medios de comunicación.
Dada la proporción del conflicto armado colombiano, y las posibilidades de que el nuevo gobierno de Alvaro Uribe no ceda en su pretensión de reprimir por la vía armada, los focos de violencia de las autodenominados grupos rebeldes de izquierda FARC, ELN o negociar con los de extrema derecha, AUC, para su desmovilización, y de que la mayoría de los empresarios mediáticos están inmersos en su compromiso de "salvaguardar la democracia" siendo partidarios del presidente, no hay condiciones para que los periodistas se declaren en contra vía o desafíen el modelo imperante que difunde las informaciones de guerra o violencia. Es menester considerar que, a juicio de numerosos estudiosos del conflicto, estas condiciones crean en primer lugar en los periodistas, y luego en los ciudadanos, paradigmas de identidad con la violencia o “referentes de violencia” como lo señala Xavier Markiegi Candina, que confabulan con los medios y el entorno sociopolítico en la construcción de una cultura de violencia.
Mejor, le rebeldía reflexiva y racional que debe darse con este modelo imperante, que no es lo mismo declararse en oposición con el particular fin de sustituir el paradigma rector (acabar de tajo con la difusión de noticias de guerras), cual si se tratara de un proceso de control del poder que desnuda la violencia simbólica descrita ya por Pierre Bourdieu, está en que los periodistas vayan, en una visión socialmente compartida con los empresarios de los medios, a buscarle espacios a la paz en la industria de la comunicación , y así contar con la oportunidad de llegar al público en igualdad de condiciones al resto de las temáticas informativas que actualmente legitiman el referente dominante. Debe entenderse entonces que las noticias y la construcción de relatos en torno a la paz son también necesarias para la sociedad como lo es contar la guerra y la violencia. Pero existe en Colombia espacios en los medios exclusivamente para la paz, no desde lo político o militar, sino desde lo social? Considero que no, e insisto en que sólo se hace eco y se da cobertura de la paz, cuando esta hace parte de la agenda generada por los hechos negativos o por la conveniencia política militar.
Entonces, la transformación en pos de una identidad de los periodistas de paz estará en un primer momento en abrir alternativas de espacios para imponer un nueva retórica de la no violencia, más allá de las posibilidades que ahora se poseen para las noticias, hechos y sucesos de la paz. A mas noticias de guerra deben haber más de paz, porque lo que ocurre ahora, es que en países como Colombia, en donde los comunicadores de la no violencia carecen de fuertes referentes sociales hacia una identidad pacifista. Terminan entonces informando y cayendo en la discursividad sobre hechos de sangre y muerte de la misma manera como lo hacen los corresponsales de guerra, periodistas de orden público y judiciales.
Identidad y Misión
La identidad del periodista de paz debe partir de definir su misión en torno a que informe, pero a su vez propicie formas de vida que correspondan a la cultura de la paz, de la misma manera como el de la guerra informa sobre la guerra. Si el periodista de paz informa sobre la guerra, y el de la guerra también sobre ésta, a la opinión pública sólo se le está entregando información sobre la violencia, y muy poca o nada sobre la paz, sus valores dentro de una sociedad, y la importancia de construir acciones que rechacen la violencia.
Entonces, la transformación en pos de una identidad de los periodistas de paz estará en un primer momento en abrir alternativas de espacios para imponer un nueva retórica de la no violencia, más allá de las posibilidades que ahora se poseen para las noticias, hechos y sucesos de la paz. A mas noticias de guerra deben haber más de paz, porque lo que ocurre ahora, es que en países como Colombia, en donde los comunicadores de la no violencia carecen de fuertes referentes sociales hacia una identidad pacifista. Terminan entonces informando y cayendo en la discursividad sobre hechos de sangre y muerte de la misma manera como lo hacen los corresponsales de guerra, periodistas de orden público y judiciales.
Identidad y Misión
La identidad del periodista de paz debe partir de definir su misión en torno a que informe, pero a su vez propicie formas de vida que correspondan a la cultura de la paz, de la misma manera como el de la guerra informa sobre la guerra. Si el periodista de paz informa sobre la guerra, y el de la guerra también sobre ésta, a la opinión pública sólo se le está entregando información sobre la violencia, y muy poca o nada sobre la paz, sus valores dentro de una sociedad, y la importancia de construir acciones que rechacen la violencia.
Es necesario entonces identificar la paz no como un estado pasivo en el que desaparece o se ausenta la guerra a través de unas negociaciones políticas que logran la desmovilización de los grupos irregulares, sino como todo un proceso integral en donde el conflicto es sometido positivamente a pasar por un filtro de evolución social, económico, político, cultural y tecnológico que lo transforma hacia lo pro activo, lo dinámico, lo participativo, lo constructivo, lo eficiente, lo eficaz y lo productivo. Cuando el periodista entiende así la paz, ya está dispuesto a moverse en la dirección del trabajo por una cultura de paz en las comunidades y sociedades colombianas. Es más, ya está en disposición de que su olfato detecte en las cosas cotidianas, en el milagro diario de la vida, en el transcurrir del desarrollo social, político y económico, los verdaderos hechos de paz que se convierten en noticia. Hoy esos hechos suceden, pero el periodista no tiene ni la capacidad ni el entrenamiento profesional o técnico para descubrir que eso es noticia. Tampoco están en capacidad de entenderlo así, los directores de medios y los empresarios de la comunicación, porque el constante referente de la violencia siempre ha sido preferir las noticias de este tipo, lo que creó toda una cultura en ese sentido.
Un estudio no muy reciente, pero igualmente válido que se realizó en Colombia por la Universidad Nacional y publicado parcialmente por la revista Diálogos de la Comunicación sobre “Rutinas profesionales y discursos hegemónicos en la Información periodística sobre el conflicto armado y proceso de paz con las FARC durante 1999” dice que pese a algunos avances de medios de comunicación en establecer Unidades de Paz (reporteros asignados a realizar investigaciones sobre temas de paz) y una mayor apertura de los medios informativos hacia esa fuente, aún se registran “algunos problemas que presenta el campo periodístico a la hora de abordar los temas del conflicto armado y las posibilidades de un paz negociada en Colombia. El vedettismo, la frivolidad, el show como “estilo marco”, el síndrome de la chiva (primicia), la espectacularización de la noticia, el inmediatismo, la superficialidad, así como la improvisación e impreparación de varios de los periodistas para informar sobre el evento” .
Precisamente la confusión sobre la misión de estos periodistas parte de que estos elementos identitatarios no están precisados o convenidos aún ni entre el gremio de periodistas ni entre las numerosas organizaciones civiles presentes en el mundo que presionan para que haya una información al servicio de la paz que permite crear cultura de paz, de la misma forma como se habla de una cultura de guerra. Para poder hablar de la construcción ideal de una figura presente de los reporteros y periodistas de paz en los medios de comunicación del mundo, habría además que dar un auténtico valor subjetivo, y a la vez objetivo a éstos. Lograr definir los rasgos diferenciadores que subjetivamente permitan el fortalecimiento de la autoestima, la creatividad, la solidaridad grupal, la autonomía, el sentido de pertenencia de estos comunicadores, dejaría en evidencia la existencia de una identidad que se verá reflejado en la práctica cultural de su trabajo.
Un periodista, reportero o corresponsal de paz, es un comunicador con una visión muy aguda y admirablemente positiva de los hechos, sucesos, acciones y personajes que producen paz, que generan sensación de no violencia y que es capaz de recordarle al ciudadano que el país no está descauadernado en un torbellino de guerra, terrorismo e inseguridad, sino que siempre hay una oportunidad para crecer, ser solidarios, amar, econtrarnos con "el otro" sin tener que huir de él. Sino que hay una gran mayoría de hombres y mujeres que trabajan para que la nación permanezca.
Un estudio no muy reciente, pero igualmente válido que se realizó en Colombia por la Universidad Nacional y publicado parcialmente por la revista Diálogos de la Comunicación sobre “Rutinas profesionales y discursos hegemónicos en la Información periodística sobre el conflicto armado y proceso de paz con las FARC durante 1999” dice que pese a algunos avances de medios de comunicación en establecer Unidades de Paz (reporteros asignados a realizar investigaciones sobre temas de paz) y una mayor apertura de los medios informativos hacia esa fuente, aún se registran “algunos problemas que presenta el campo periodístico a la hora de abordar los temas del conflicto armado y las posibilidades de un paz negociada en Colombia. El vedettismo, la frivolidad, el show como “estilo marco”, el síndrome de la chiva (primicia), la espectacularización de la noticia, el inmediatismo, la superficialidad, así como la improvisación e impreparación de varios de los periodistas para informar sobre el evento” .
Precisamente la confusión sobre la misión de estos periodistas parte de que estos elementos identitatarios no están precisados o convenidos aún ni entre el gremio de periodistas ni entre las numerosas organizaciones civiles presentes en el mundo que presionan para que haya una información al servicio de la paz que permite crear cultura de paz, de la misma forma como se habla de una cultura de guerra. Para poder hablar de la construcción ideal de una figura presente de los reporteros y periodistas de paz en los medios de comunicación del mundo, habría además que dar un auténtico valor subjetivo, y a la vez objetivo a éstos. Lograr definir los rasgos diferenciadores que subjetivamente permitan el fortalecimiento de la autoestima, la creatividad, la solidaridad grupal, la autonomía, el sentido de pertenencia de estos comunicadores, dejaría en evidencia la existencia de una identidad que se verá reflejado en la práctica cultural de su trabajo.
Un periodista, reportero o corresponsal de paz, es un comunicador con una visión muy aguda y admirablemente positiva de los hechos, sucesos, acciones y personajes que producen paz, que generan sensación de no violencia y que es capaz de recordarle al ciudadano que el país no está descauadernado en un torbellino de guerra, terrorismo e inseguridad, sino que siempre hay una oportunidad para crecer, ser solidarios, amar, econtrarnos con "el otro" sin tener que huir de él. Sino que hay una gran mayoría de hombres y mujeres que trabajan para que la nación permanezca.
Dicha óptica implica que el comunicador no es sólo un difusor (hoy intensamente despersonalizado) de noticias de paz. Es además un promotor de las ideas de solución pacífica de los conflictos, de desarrollo social y de los valores que implica el respeto de los derechos humanos, hacia adentro del sistema en el que informa, pues su papel reviste de utilidad, en respuesta a ese compromiso y deber que tiene con la comunidad.
En la cultura occidental se ha querido hacer del periodista, en el sentido clásico del concepto, un profesional no participante ni protagonista de la realidad para no perder la supuesta neutralidad que en realidad nunca tiene, bajo el argumento de que los actores son otros, aun cuando el ejercicio profesional reflejado en los mensajes enviados al ciudadano permiten imponer desde los medios de comunicación modelos, estereotipos y tendencias culturales (mitos, ritos, formas de ser, vivir y pensar) que están construyendo la realidad social. Esto es paradójico, porque por un lado es un verdadero actor social que no se quiere reconocer a sí mismo, y por el otro, en la práctica y con mucha frecuencia, obedeciendo al modelo imperante, el periodista es alguien que toma partido hacia la información que no hace tanto provecho a la sociedad, es decir, la del espectáculo que "teatraliza" la realidad concreta, la convierte en símbolo de violencia y discurso puro del conflicto negativo. En cambio es frecuente que el comunicador reclame ese estatus de observador imparcial, cuando se trata de informar sobre lo constructivo, productivo, bueno y positivo de lo que ocurre en lo que Morín define como “arquesociedad”.
Por eso para que el periodista o reportero de paz sea exactamente esto, debe existir, además de una sensibilidad y vocación por el tema de la paz, la institucionalidad de su campo de competencia con papeles claros y concisos que le hagan tener conciencia de que es un actor que construye realidades sociales, que moldea usuarios de la información y que como tiene un papel protagónico, no marginal, entonces tiene un compromiso y una responsabilidad con la sociedad en la que él y los demás interactúan. Que dicho compromiso sí implica tomar partido hacia lo bueno y positivo pues sirve a la sociedad.
Debe entenderse que el comunicador de paz es aquel que difunde y comunica la cultura de paz de manera activa, y establece formas de participación con las comunidades, a fin de crear niveles de interactividad productiva e inteligente, es decir, fomentar una comunicación verdaderamente útil para la misma sociedad.
Un periodismo comprometido con la sociedad civil: ¿utopía?
La búsqueda de una comunicación para la paz implica que el periodista necesariamente tenga que ser líder, o vocero de la paz de una manera participante, sin necesariamente tenga que invadir terrenos de competencia de otros profesionales como la del negociador de paz y el experto en resolución de conflictos. El buscar mecanismos de participación que integren a periodistas y comunidades, está más en lograr acuerdos de retroalimentación con los públicos, consumidores o usuarios de las noticias, a fin de que se avance por parte de éstas, en una mejor conciencia de paz ciudadana.
Esto, por supuesto es en el plano teórico. En el terreno práctico, el comunicador de paz debe enfrentarse constantemente a desafíos, presiones, juego de intereses y prácticas culturales que menguan su trabajo, pero que además cuestionan su actuación ética, y sus conceptos epistemológicos. Para facilitar este proceso identitatario, las estructuras informativas en la práctica (no el actual orden imperante de subpoderes que responden a un modelo capitalista) de los actuales medios pueden y deben cambiar, no por sustitución abrupta, sino por amplitud de funciones, si se quiere que el papel del otro (el ser humano en su esencia subjetiva y en su proyección objetiva de ciudadano) de quien se vale los medios, funcione dentro de la sociedad vista como sistema. En la creación del paradigma de identidad, ese otro, el usuario de la información, debe constituir una necesidad para el comunicador, en un proceso de compenetración con la realidad, es decir debe haber conciencia del papel que impone la cultura de la paz: la presencia de la alteridad. Algo así como diría Emmanuel Levinás , la necesidad de “tener hambre” por ese otro, pero no para obtener de él la noticia en primera instancia, y en segunda convertirlo en un indicador de rating, sino para crecer con él entendiendo y construyendo el mundo.
¿Se estaría formulando una bella utopía? Sí, en el sentido esperanzador que conlleva la presencia de un nuevo modelo complementario a la actual práctica cultural de contar desde los medios, las cosas que suceden en el mundo social y real de violencia, guerra, destrucción, ideologías hegemónicas, conflictos completamente negativos. Sí, porque se está buscando, a través de la presencia definida de estos periodistas, ampliar esas perspectivas del deseo en un tiempo y un espacio cercano, de la especie humana de vivir en paz creciendo en un sistema productivo en donde tenga cabida la presencia no amenazante del otro.
La utopía, vital para la supervivencia de los pueblos y de las sociedades y que convalida el fin de la presencia del género humano, es necesaria para no dejarnos arrastrar a cataclismos sociales. Esta sirve a los periodistas de paz para alimentar su compromiso con el ciudadano y en general con el público consumidor de que hay un mundo mejor por el que vale la pena esforzarnos a construir, y eso debe ser parte de su identidad. La utopía “es siempre dual en tanto concibe y proyecta una contraimagen diferente a las dimensiones espacio temporales del presente” , y este hoy social vigente, el de estos días inmediatos, en el que se encuentran los periodistas bajo un modelo imperante de noticias de guerra y violencia, no promete demasiado a corto tiempo, pero en lapso de una o más décadas, sí. Por el contrario, deja al descubierto una amenazante presencia de la economía de mercado, un capitalismo que compra todo; desde miedos humanos hasta conciencias sociales, niega la importancia de la alteridad, facilita la hegemonía y los pensamientos totalizantes de grupos, sistemas políticos y naciones que hoy anteponen un nuevo discurso conveniente para sus propósito: la existencia de los “nuevos ejes del mal” y la necesidad de mantener a como de lugar, pasando por la vigencia del mismo orden internacional, una “guerra contra el terrorismo”. Sin embargo deben existir los periodistas que entiendan que la paz es definitiva frente a la guerra, cuando causa náuseas a quienes la hacen, escalofríos a sus cómplices, esperanza ilimitada a quienes la sufren, e incomprensión infinita en el niño de sonrisa cálida. Ahí toma sentido el verdadero periodismo para la paz.
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