miércoles, 21 de marzo de 2007

LA DISCRIMINACIÓN EN LOS MEDIOS: NEGACIÓN DEL OTRO

La presencia del ciudadano o del “Otro” exigirá un cambio en los conceptos tradicionales de la ética.
por: José Antonio Jiménez

La tendencia actual de la gran mayoría de los medios de comunicación latinoamericanos y quizá del mundo es propiciar un desconocimiento del "otro", del ciudadano, del próximo a nosotros, como alguien realmente importante a quien se le puede influir y persuadir positivamente, formar y educar dentro de la sociedad de una manera planificada. Más bien, a ese otro, entendido como el rostro particular de un público anónimo se le ve como el sujeto a quien se le puede vaciar información, mensajes, sonidos y percepciones para que haga con ellos lo que desee, sin que importe nuestra responsabilidad por ello.

Serguei Lazarev, Director de la Unidad de Tolerancia de la UNESCO, sostiene sobre este fenómeno, que es necesario posicionar un periodismo contra la intolerancia pues genera discriminación desde los medios de comunicación tanto para los públicos heterogéneos, como para el interior de las organizaciones comunicativas. Acertadamente dice Serguei que "los medios de comunicación no son unos vectores neutros, sino que contribuyen a actuar sobre los comportamientos y mentalidades", es decir son capaces de crear o enraizar una cultura que desconoce la alteridad o esa posibilidad que poseemos de asumir el lugar o La piel del "otro"।
Si trasladamos los conceptos sobre la necesidad del otro que nos sugiere Emmanuel Levinas, el pensador judío fallecido a finales de los años noventas, a la realidad actual de los medios de comunicación y a la cultura de los periodistas, tendríamos que decir que éstos han olvidado que poseen una enorme responsabilidad social con "el tercero".
Néstor García Canclini, otro de los actuales investigadores de los fenómenos sociales aplicables a La comunicación también lo sostiene. Para los medios, lesionadores de la identidad de los pueblos, el otro importa como "consumidor" más no como ciudadano con derecho y capacidad de decidir. El medio y la prensa creen que tienen La potestad de decidir por el consumidor, y en virtud de él, amparados por encuesta s y mediciones de ra ting en el mejor de los casos, imponen usos, costumbres, formas de pensar y expresarse. Es su convicción arbitraria que lleva a medios y quienes ejercen el periodismo, a excluir, y violar así la garantía y el derecho a la diferencia y la tolerancia.
"La lucha contra la intolerancia forma parte, en efecto de la misión de los periodistas. Esto representa una fuerza contra todas las formas de sectarismo. Ellos desarrollan (tienen la capacidad para hacerlo) la responsabilidad colectiva en la lucha contra el racismo y la discriminación, y por lo tanto, la implicación de la sociedad civil, sin la cual nadie puede sobrevivir" dice Serguei, y por eso afirma que con urgencia se requiere formar periodistas en el mundo sensibles para la tolerancia y la aceptación de la diferencia.
Desde mi visión particular, que coincide con la de los investigadores españoles que promueven los postulados de la cultura de la paz de la UNESCO, Vincen Fisas y Xavier Markiegi Candina, se hace necesario, por lo menos para la prensa, además una nueva ética para el ejercicio del periodismo en donde se tenga en cuenta el valor y la necesidad del otro a fin de acabar con la discriminación que se promueve desde los medios de comunicación.
Y esa discriminación en los medios de comunicación ocurre cuando no todos los voceros y representantes de la sociedad tienen derecho a expresar sus opiniones e ideas, sino que son apartados de cualquier opción. Los discapacitados, los afectados por el transporte público, los que desean menos información de guerra, los que piden la difusión de los hechos productivos y ejemplares que ocurren en las ciudades, etc, y a quienes se les niega el acceso a los medios, bajo la falsa convicción de que lo que van a decir es aburridor, no vende, no trasciende ni beneficia los aspectos comerciales de la empresa.
En realidad una ética para el periodista que informa sobre la paz, la tolerancia y rechace la discriminación implica no solamente informar bien como acto moral, sino que las noticias sean tan neutrales como útiles para las demás personas. Es decir que tengan, orientación, sentido e identidad para el otro. No puede haber periodismo útil, si dicho beneficio no es percibida por el otro, desde su competencia misma, que es su mismicidad. Incluso un periodismo es insuficientemente útil (no completamente inútil, pues en ocasiones sirve a medias), si no descubre que mas allá del rostro de a quien se informa, trasciende una huella simbólica, y que dicho signo no puede ser otro elemento que el deseo porque haya mas tolerancia y paz en la sociedad, de acuerdo con Emmanuel Levinas.
Dicho de otra manera, un periodismo que informe sobre la base del rechazo a la discriminación y promueve la defensa de los demás derechos humanos la concebido como útil debe conllevar un valor de uso para el otro, no sólo como persona, sino también como ser social, acto que desde la moralidad dicha recepción debe ser positiva, pues desde el terreno de la inmoralidad podría ser también negativa. De hecho cuando se realiza el acto de informar, aun cuando se noticie bien desde la moralidad, puede resultar que "el otro" no le de el uso adecuado a dicha información, con lo que la intención del periodista no corresponde el efecto en el receptor, y la inmoralidad no estaría en el comunicador, sino en el ciudadano.
Pero de cualquier manera, independientemente del efecto que tenga en el ciudadano una información (sin que estemos ignorando dicho efecto) la presencia de ese otro como ser biológico, como ser espiritual y como ser social debe bastarnos para estar obligados a contar los hechos más importantes sobre la tolerancia y el derecho a no ser discriminado en busca del bien de dicha sociedad, y para ello hay que producir una retroalimentación que va más allá del radio individual, y se incrusta en el proceso de evaluar si la información le fue útil como ciudadano, es decir, si hubo una comunicación productiva.
Pues si el periodista le da valor al "otro", si se pone en el lugar de a quien se ha intentado discriminar, se tendrán mejores elementos de juicio y éticos para "tener en cuenta los puntos de las minorías en todos los medios de comunicación", lo que ya en sí generará una práctica cultural que ha hecho carrera en los medios, y que lleva a dominar sobre los demás temas en el espectro informativo de los medios, las noticias de guerra, violencia.
Y aquí estamos planteando no sólo una exclusión en los medios de comunicación del "otro" o el "tercero" a que se refiere Levinas, sino también de los temas informativos que debe recibir ese otro. Y aquí cabría la pregunta de por qué los medios de comunicación y los periodistas excluyen los temas de una comunicación productiva para la paz y los derechos humanos, y privilegian la de violencia? Porque creen que la "truculencia informativa" es aceptada con altos niveles de audiencia, y esto representa más ingresos económicos al medio, y porque tienen miedo a hacer el bien a los ciudadanos, en el estricto sentido de la palabra. Creen erróneamente que informar sobre la necesidad de ver al otro en su esencia como fórmula para no discriminarlo, no hace parte de su función y responsabilidad social.
"Ser dominado por el bien, es precisamente excluirse de la posibilidad misma de elección, excluirse de la coexistencia en el presente",(Levinas 1-103) en tanto que asirse del bien no lleva al periodista a ser esclavo del mismo, ni a apegarse a una neutralidad ante el mal (lo no ético) porque "el carácter avasallante de la responsabilidad que desborda la elección- de la obediencia anterior a la presentación o la representación del mandato que obliga a la responsabilidad- se anula por la bondad del bien que ordena (Levinas 1-101).
Al periodista por corresponderle una función social que se traslada a hacer el bien civil, debe entender y asumir al otro en el mismo plano de la sociedad. De acuerdo con Levinas, si para cada ser humano que se debate entre participar y no-participar de la sociedad en la que se mueve, vive e interactúa, sufre la experiencia de una inocencia o una culpabilidad, "de un camino sinuoso en donde me muevo entre la dominación sobre otros, la traición a mí mismo y el retorno a mí", mucho más es ésta eterna dualidad en los periodistas.
Cómo no ejercer el digno papel de ser protagonista de la sociedad, por ser constructor de la misma? Cómo no entregar lo mejor de su "yo", de su mismicidad y de su condición de alteridad para trabajar por la gente que lo necesita? Cómo abstraerse de la responsabilidad de la vida y de la muerte del otro, a quién informa, y quien es víctima de una violencia armada, estructural o cultural, y de la misma guerra? Cómo vencer el anonimato social en que se encuentra ahora, en virtud de la imposición transcultural que trae consigo la globalización y que presiona para que se mantenga atado?
Pero, si abandonamos por un segundo la esfera de lo periodístico, y nos pasamos a la competencia de lo civil, y nos fijamos en cualquier ciudadano, éstas mismas preguntas le corresponden a éste en tanto y en cuanto éste es parte de la sociedad. Luego, como el periodista es también ciudadano, tiene doble responsabilidad con la sociedad: Una como profesional y la otra como ciudadano.
Por eso el periodista está en deuda con la sociedad, y está en deuda con el otro. El ser social, para Levinas es El Tercero. Y la deuda con ese tercero genera una culpa. La culpabilidad social no puede, según Lévinas, lavarse con una "buena conciencia" aplacada por la caridad, pues ésta persiste. Pero en Levinas, la culpa puede mitigarse, necesitando al otro para hacer el bien.
En consonancia, el periodista está obligado a practicar el bien a la sociedad en el plano social (porque allí hay muchos otros), y el bien al otro en el plano individual. Reconocer el más allá o la huella del hombre en el trasfondo, es ayudar a entender el mundo del otro, pues lo extraordinario está inserto en el orden, y allí hay una significación, un símbolo que trasciende el rostro del otro. Dicho de otra manera, la huella que está presente en el rostro del otro, de acuerdo con Levinas, sirve para aclarar opciones de practicar el bien.
Como la realidad social contiene la presencia del tercero (que no debe ser visto como el otro lejano), y el periodista tiene una responsabilidad que supera la intención, y lo lleva al terreno del otro en el discurso, corresponde por efecto de practicar éste productivamente, construir vínculos de moralidad y de ética.
Y así se justifica el que el periodista que quiere difundir noticias e informaciones que no excluyan ni discriminen, pueda trabajar por el bien de la comunidad, no sólo participando de ella a través de la correcta y ética emisión de las noticias, sino efectuando labores productivas a favor de esos otros, que en el plano social, serían ellos.
De hecho, Levinas dice que la vida ética comienza con el cuidado del prójimo más inmediato que conlleva a cuidar de todos los otros(la sociedad) derivando así en una forma justa de ver El Tercero que se traslada además de una justicia moral, también en una política.

viernes, 16 de marzo de 2007

CORRESPONSALES DE GUERRA

CUANDO LAS BALAS INTIMIDAN EL TRABAJO DEL REPORTERO
El papel personal y social que hoy ejercen los corresponsales de guerra en el mundo y en Colombia para enterar a esos públicos que siempre son heterogéneos, sobre los hechos, secretos, perversidades y horrores de la violencia, pocas veces es bien asimilado por los profesionales, entendido a plenitud, y sometido a un rigor ético que evite el control persuasivo y propagandístico impuesto siempre por los actores de los conflictos armados.

Ese es el argumento central que abordaré en este ensayo, para lo cual primero definiré al corresponsal de guerra, delimitaré su campo de acción en asuntos sumamente prácticos, dejaré en claro las cuatro bases empíricas que respaldan su labor, advertiré sobre las ventajas de hacer un trabajo motivado, libre de ideologías y finalmente expondré las perspectivas del oficio en un mundo globalizado.

Para comenzar, un corresponsal de guerra es un periodista reportero que hace trabajo de campo (poco de oficina) en zonas urbanas o rurales en un escenario de conflicto armado de baja o alta intensidad para informarlo a diversos públicos, conteniendo esta labor de registro, información fresca, eficiente, rápida, pasada por el filtro del rigor ético, y contextualizada, gracias a una capacitación integral sobre el desarrollo de la problemática en cuestión, la legislación nacional e internacional que aplica a los enfrentamientos armados de implicación política o militar.

Esta labor exige en el corresponsal una excelente capacidad de observación, de dominio de escenarios para entender la teatralidad de la guerra, de templanza y coraje para no desvanecerse ante la crudeza o presión de combates, acciones militares o terroristas.
También requiere una alta capacidad de reacción y de decisión pues conlleva generalmente a experimentar situaciones extremas de supervivencia para poder ser testigo de primera mano porque "Los reporteros siempre han corrido riesgos, siempre han sabido escurrirse y salvar los obstáculos.No somos del todo temerarios, sin embargo, sabemos que alguien nos paga el sueldo y que ese alguien espera que sigamos vivos para hacer el cuento। Los periodistas pueden escribir sobre los hechos heroicos, pero tienden a hacerlo desde detrás del muro, debajo del pajar o en la trinchera". Y lo hacemos para tener acceso a toda una cantidad de información que puede además estar en cualquiera de las siguientes posibilidades:
(a) hechos de violencia (desarrollo de formales combates, movilización y traslado de tropas o armamentos vías aérea, terrestre o fluvial, fuego cruzado en una acción beligerante, ofensiva militar "de hecho", estrategia de guerra de guerrillas, atentados terroristas con armas convencionales o no convencionales, secuestros de civiles, funcionarios, vehículos o aeronaves)
(b) crisis humanitaria producida por muertes, heridos, lesionados, refugio, desplazamiento, secuestros, incendios, saqueos y las acciones de salvamento o traslado de población que esto implica.
(c) Negociaciones de paz o acuerdos para cese el fuego, desarme, desmovilización, desmilitarización de áreas geográficas para atención de heridos, intercambio de prisioneros, liberación de secuestrados, etc.
(d) Decisiones políticas y militares de guerra o las que influyen o afectan las posiciones de beligerancia dentro de un conflicto armado.

Pero para que las o las informaciones estén ajustadas a lo que se considera un trabajo profesional, La labor del corresponsal de guerra está respaldada y amparada sobre cuatro vértices que permiten sostener la pared de una eficaz acción comunicativa.

El de supervivencia y de conocimiento militar: El periodista debe aprender técnicas de supervivencia que le permitan afrontar una situación apremiante, de la misma manera que asimilar aspectos relevantes de la acción militar. Estas técnicas comienzan por aprender primeros auxilios médicos, portar y aplicar dosis de vacunas contra enfermedades como la gripe, malaria, fiebre amarilla y hepatitis, llevar consigo una brújula, agua fresca, y si es posible una máscara antigás. Además debe tener algún conocimiento en tratamiento de agua, obtención de fuego de manera rústica, del diseño de trampas para cazar pequeños mamíferos y aves, aprender a dormir sobre el piso de tierra o cemento, o en improvisadas camas sobre las ramas de los árboles.

En el aspecto de conocimiento militar el corresponsal de guerra debe saber la táctica de andar en grupos pequeños a distancia prudente, poseer confiables equipos de comunicación, llevar chaleco antibalas (si el caso es extremo) conocer algo de cartografía o por lo menos portar un mapa geográfico detallado de la zona, diferenciar y conocer los tipos de armamentos y transportes que se manejan en el conflicto, establecer las formas como están organizados los grupos combatientes, principales sitios de concentración, antecedentes históricos de las partes enfrentadas. También se debe entender que una estrategia de guerra es generalmente invisible por pertenecer al mundo de las ideas concebidas para algo, en tanto que la táctica produce resultados palpables, pero casi siempre lamentables. El de capacitación en fenomenología de los conflictos, así como la existencia o alcance de instituciones que protegen la labor del periodista o a la población civil o respaldan las fuerzas regulares de un estado.
En suma, poseer el conocimiento básico en el derecho nacional e internacional, porque el desconocerlo, nos lleva a cometer excesos que lesionan los intereses de los verdaderos afectados porque "en las nuevas democracias, los periodistas tienen que presentar y analizar los puntos de vista contradictorios del gobierno y la oposición y de distintos grupos de interés público। Este cambio radical exige un nivel mucho más alto de formación y de conciencia, algo que únicamente puede lograrse con la capacitación de los periodistas en todos los planos"

Por ejemplo es importante hacer notar que la guerra es la degradación de la política y que hay actores del poder que no pudieron o no quisieron evitarla, y hay protagonistas civiles que la sufren। Guerra y política están irremediablemente conectadas, y la primera con la ineficiencia de la segunda, trae descomunales consecuencias sociales, humanitarias y económicas a la población y a los estados.

Es importante recordar a los ciudadanos para quiénes informamos y que las guerras o conflictos son sumamente complejos, con enemigos impredecibles y de ideologías extremas que en un momento se pueden camuflar como amigos, o viceversa, que los actores no siempre tienen frentes de combates fijos para el choque frontal. Tampoco que están establecidos permanentemente en un lugar, sino que están acostumbran a moverse, mimetizarse, esconderse dentro de la población civil para enfrentar con más acierto y golpear eficazmente al oponente (Guerra de guerrillas), que por más que se desee no hay una plena ética de guerra, aunque ésta si se puede humanizar como lo intenta, al menos en la conceptualización, los Protocolos de Ginebra.
Sin embargo, es oportuno siempre resaltar que la legislación internacional emanada de la Organización de Naciones Unidas considera que en la guerra hay ciertos derechos y normas que se deben seguir también entre los mismos enemigos. La existencia objetiva de una guerra no conlleva, ni justifica a los participantes de la misma a perpetrar actos terriblemente adversos a la naturaleza humana como asesinatos con crueldad, causar heridas, lesiones o mutilaciones, secuestrar, extorsionar, ajusticiar extra judicialmente o cualquier otra acción grave contra la integridad personal.

Es importante hacer énfasis ante nuestros públicos, empero, que siempre hay salida o esperanzas de hallar una solución pactada por la vía política (menos costosa que la militar), diferenciar ante los ciudadanos lo que es un conflicto de baja y alta intensidad, una guerra regular de una irregular, determinar cuál es la parte dentro del conflicto posiblemente no equivalente a la otra, y por tanto que es parcializado desde nuestra labor, ponerlos en la misma balanza porque una puede representar terrorismo disfrazado y otra un gobierno legítimamente constituido, pero autocrático, conocer y explicar la importancia de que se cumplan los ya mencionados Protocolos de Ginebra (el I y el II protegen a la población civil), la gravedad de los crímenes de guerra, los de lesa humanidad।

El de la práctica de unos principios éticos comprometidos con la defensa de la verdad y de la independencia। Los primeros que sufren en una guerra son las personas por razones claras y luego la verdad porque en medio del juego de intereses y de unos campos de poder, ésta última casi nunca es completamente íntegra, objetiva, aun cuando siempre exista una realidad concreta। Sin embargo, y refiriéndonos a los actores, cada uno desde sus intereses, intenta persuadirnos con su discurso, la mayoría de las veces ideologizante, para lograr "vendernos" su mejor versión subjetiva. Estos principios deben obedecer a un marco ético en donde tenga cabida la imparcialidad o neutralidad con los oponentes en un conflicto, pero poniendo a cada quién en su justa lugar.
Quizá es también necesario que empecemos a repensar el acervo ético logrado hasta hoy en el periodismo, para ajustarlo a los desafíos que las guerras convencionales y los conflictos armados que hoy nos plantean. "Es precisa la regeneración ética, y también política, de una sociedad que ha convivido tantos años con la presencia de un referente violento que lo ha contaminado todo: ideas, palabras, silencios, actitudes, principios, proyectos, valores, símbolos, relaciones…"

Este marco ético debe priorizar el compromiso y la responsabilidad social, que de cualquier manera son valores que deben estar a prueba de presiones de grupos o estamentos armados, así como de ideologías। El compromiso y la responsabilidad social es un proceso inherente al acto de comunicar profesionalmente, y nos obliga a responder socialmente por nuestra actividad comunicadora. Esta práctica de una ética en la información de guerra debe llevarnos a la absoluta conciencia de que existen los otros profundamente próximos a nosotros; personas de carne, huesos y alma como el periodista, que sufren dolor, y que desde esa humanidad atribulada no tienen porque convertirse en un espectáculo para nuestros intereses, ni en manipulados símbolos de miseria para darle más fuerza a los titulares mediáticos.

De la misma manera, un corresponsal de guerra debe evitar "ir de incrustado", es decir, enrolado junto con las tropas de alguna de las partes contendientes, porque de esta manera hay mayor exposición al riesgo, se pierde independencia, autonomía y neutralidad. Por el contrario debe estar dispuesto a estar hoy aquí, y mañana allá, y para ello no debe haber ataduras ideológicas ni compromisos morales, salvo con la población civil.

El compromiso y la convicción de que para la empresa periodística o de comunicación la prioridad, antes que la noticia, la primicia o el reporte, es la seguridad del corresponsal y demás personal que le acompaña. No es suficiente, sin embargo, con que se garantice la integridad física del corresponsal.

Debe existir también los demás elementos necesarios que le den tranquilidad y garantía al comunicador para ejercer su trabajo (Al menos contrato integral de prestación de servicios incluyendo seguro de vida, seguro social y todos aquellos que garanticen la restitución por daños sufridos y secuelas derivadas de los mismos, o indemnización familiar en caso de pérdida de la vida ) así como los que le permitan hacer más creativa e inteligente su labor (Respeto y autonomía sobre las decisiones que adopte el comunicador para protegerse y cubrir de la mejor manera el conflicto, incluyendo la necesidad de exigir un relevo)। Hay otro tipo de medidas que le dan respaldo al corresponsal o reportero de guerra como el disponer de recursos económicos suficientes (no sólo los viáticos normales) para su movilización aérea, fluvial o terrestre.

Además debe haber una preocupación de la empresa comunicativa a fin de conocer las formas y horarios de desplazamiento del corresponsal de guerra, suministrar los elementos básicos para no tener tropiezos en la práctica de campo, como una credencial oficial de corresponsal de guerra con reconocimiento de organismo internacional, chaleco "multibolsillo", botas "pantaneras", ropa que se acondicione al clima, libretas de apuntes, baterías, grabadora, cámara fotográfica con sus respectivos lentes, una lista de teléfonos de emergencia del lugar así como de personas de la empresa o compañeros de trabajo, otra lista de hoteles o lugares recomendables y seguros, computador portátil, teléfono celular, y todos aquellos que faciliten la labor del corresponsal.

lA MOTIVACION EN EL CORRESPONSAL DE GUERRA

Para ser Corresponsal de Guerra se necesita una alta motivación que esté dirigida hacia la satisfacción profesional y hacia el riesgo, porque, aunque éste último no hay que buscarlo, si se debe tener conciencia de que en la práctica, existe. La motivación es una especie de impulso o fuerza vital que permite a los seres humanos moverse, a veces con mucho ímpetu en pos del cumplimiento de una meta o la obtención de un logro. Motivación, para el reportero de guerra, implica no detenerse ni rendirse, sino continuar por encima de todo (pero no de todos); y para el corresponsal, esta es una exigencia diaria, ya que no sólo se debe ser bueno profesionalmente, sino que se debe tener una buena capacidad de liderazgo para la toma acertada de decisiones.

Si esta motivación en el corresponsal de guerra, es plena, lo cual asegurará éxito en el trabajo a realizar, debe ser porque existe una buena dosis de satisfacción que puede estar generada por la convicción de que en ningún otro lugar estaría cosechando una mejor realización profesional al ser testigo de primera mano de algo que otros ciudadanos no pueden porque jamás tendrían acceso. También puede ser por la sensación de estar frente a una oportunidad de romper con la monotonía o la rutina del trabajo diario y de paso elevar el ego, viajar mucho, y estar bien acreditado en la empresa. También puede ser que lo que motive a un corresponsal de guerra hacer mejor su trabajo sea considerarlo como una opción más para probarse a sí mismo de ser una persona capaz de enfrentar retos de alto riesgo, de demostrarle a los jefes que merece un ascenso laboral o un aumento salarial.

En el corresponsal de guerra, la motivación está dada por varias circunstancias inherentes al desarrollo de la profesión de periodista. Especialmente por la presencia de una constante aventura profesional que permite flujos permanentes de adrenalina que le ponen en estado de excitación en su oficio, ante la sensación de riesgo sobre sí y sobre los demás, de observar injusticias, muertos, heridos, lesionados, campamentos de refugiados o desplazados, hospitales llenos de dolor, combates que hielan la sangre y aceleran el corazón, disparos y explosiones que producen pánico, escombros y miseria cayendo sobre nuestros hombros, combatientes sudorosos y convencidos de derrotar al enemigo, armas que a veces nos apuntan para intimidar nuestra labor, incomodidades severas cuando cubrimos los hechos violentos, funcionarios arrogantes e impenetrables, fuentes manipuladoras, presiones de los bandos e incluso de la población civil, y todo tipo de amenazas.

Desde luego toda esa excitación le permite al reportero de guerra hacer un arriesgado trabajo de campo, tomar actitudes y asumir comportamientos que en un estado de raciocinio pleno, lo pensaría más de dos veces por el temor propio que nos controla. Esto explicaría por que "(…) Para muchos periodistas, informar sobre la guerra, sobre los conflictos, es más apasionante que informar sobre la paz. Es una pasión, entendida en una doble acepción: por una parte, se padece, se sufre como ser humano ante la barbarie y el dolor de la sociedad civil como víctima indiscriminada de los ataques, y ante las bajas de los grupos enfrentados; y por otra, el entusiasmo y la exaltación que produce el acto de informar sobre los conflictos, en el ánimo de los periodistas".
Pero de cualquier manera el filtro ético tiene que estar presente para que la actuación apasionada del periodista no le permita extralimitarse। Y es que "(…)Se han escrito muchos tratados referidos a la información sobre la violencia, las guerras y los conflictos, y en todos ellos se insiste en el compromiso del periodista con la paz y la convivencia social. El enfoque y tratamiento de una información puede exasperar a las partes en conflicto y contribuir a su distanciamiento y crueldad, así como a lo contrario: al reconocimiento de su irracionalidad y a la necesidad de negociar sin llegar a un costo social muy alto en vidas humanas sacrificadas".
Pero un corresponsal de guerra, sea experimentado o aprendiz, puede pasar de un día de motivación y satisfacción, a un día de desmotivación y absoluta frustración sea por su propia causa o por agentes externos. La causa de ello puede ser desde unos casetes de video, escritos o rollos fotográficos enviados por carro o avión al medio para el cual trabajamos que nunca llegaron, unos pasajes de regreso o traslado que no aparecieron, el refuerzo de un colega que jamás llegó, una discusión en alto timbre con un compañero del equipo de trabajo, hasta una transmisión en directo que por alguna razón no pudo salir al aire, un material importante y de urgencia enviado por la internet que no fue tenido en cuenta, una discusión con el jefe porque no entendió el punto de vista de lo que en tierra, y no en su oficina, estaba sucediendo, un mal momento o problema familiar con el compañero o compañera sentimental, y mucho más grave: heridas o daños causados por estar en una zona de combates. Y desde luego, por ser unos débiles seres humanos, nos puede asaltar un repentino acceso de depresión por contemplar acciones injustas, deshonrosas, desiguales y dolorosas a que son sometidos los niños y niñas, personas de la tercera edad y mujeres embarazadas cuando les obligan a estar en una guerra.

EL DISCURSO IDEOLOGIZANTE

En la guerra, y los conflictos armados, las partes combatientes siempre poseen un discurso "ideologizado" e "ideologizante" producto de lo que consideran esa convicción absoluta que les permite estar vivos y preparados para enfrentar al "enemigo". Sin perjuicio o menoscabo de la razón que les asiste para participar activamente en un conflicto, el poder de la palabra cobra inusitada importancia para los protagonistas en épocas de guerra, y esta fuerza retórica casi siempre se transmite de manera vehemente a los corresponsales de guerra.
Es entonces cuando los periodistas influenciados (o algunos obnubilados?) por los tecnicismos de la guerra que les permiten ahorrar tiempo en buscar sinónimos, termina utilizando expresiones, frases y muletillas propias de una de las partes, como "lucha frontal y sin tregua contra el terrorismo", "neoliberalismo de rapiña", "bandoleros de la patria", "imperialismo yanqui", "acciones concretas contra los Nuevos Ejes del Mal", "muertes por fuego amigo" (¿puede haber por sí, y en sí, disparos confiables en una guerra que produzcan muertes y puedan ser catalogados por el periodista, verdaderamente como fuego amigo? ¿Un fuego amigo es el que produce en los combatientes o civiles al margen del conflicto, heridas, lesiones o la muerte?)

En Colombia por ejemplo, el discurso militar del gobierno, y de manera reprobable, a veces de los periodistas, es "patriótico". Como explicación se argumenta a veces que sucede porque se trata de un conflicto de casi 50 años que ha puesto a prueba el sistema democrático y los estamentos de la república, y ha deshumanizado el combate.

Se da el caso en algunos reporteros de haber incorporado a su discurso personal y estilo de redactar, frases que les parecen comunes, pero que son las mismas expresiones parcializadas que utilizan los mandos militares. Lo aconsejable es siempre tomar distancia frente al poder del verbo guerrerista. "Que es muy difícil la neutralización en medio del fuego cruzado de palabra, de versiones y de intereses y también de balas, es muy difícil, sin duda; pero es que si algo hay que pedirle al periodismo es distancia para que la opinión pública tenga al menos el recurso de recurrir a él como al pedacito de ecuanimidad que queda. Que nos queda. Eso no está pasando. Tanto no está pasando, tan contaminado de rencillas y de partidismos está este periodismo colombiano de ahora que son miradas externas que nos hacen caer en cuenta del camino errado por el que vamos (…) en un foro en Bogotá Bastenier juzgó que la crisis humanitaria que padecemos en el país ha hecho tomar partido al periodismo y que esa es la mayor perversión por la que pasamos, porque el periodismo no está hecho para eso ni para defender porque sí ni para atacar porque no, porque no se trata de un oficio propagandístico" .

Cuando un corresponsal de guerra acepta incorporar en su discurso y en la redacción de los textos, palabras o términos que son privativos de las partes combatientes, puede además estar siendo utilizado para fines ideológicos sin percatarse de ello. La propaganda es una forma persuasiva de vender ideas para lograr un adoctrinamiento en un fin específico, trátese de un asunto político, religioso, filosófico o ético. Es decir, la propaganda va con fuerza a conmover el pensamiento para cambiar una idea o forma de vivir que ya hace parte de las abstracciones asentadas en nuestro cerebro, más que buscar en sí la promoción de un producto como lo consideran algunos reporteros.

En las guerras pasadas, modernas o postmodernas, esta forma persuasiva ha sido muy eficaz para convencer de proyectos mesiánicos o ideológicos, como lo fuera el otrora Ministerio de Propaganda de Adolf Hitler en la Alemania nazi, antes, durante y después de la II Guerra Mundial, o como sucede, hasta cierto punto, con el discurso de la Guerra contra el Terrorismo y contra los Nuevos Ejes del Mal del presidente estadounidense Jeorge Bush.

EL DESAFIO DE LA GUERRA INTERNACIONAL.

Los actuales corresponsales de guerra enfrentan un enorme desafío internacional, en estos días। Por un lado la mundialización de la estrategia norteamericana de la lucha contra el terrorismo, y por el otro, que muchos conflictos se están magnificando y tornando abiertamente deshumanizados con la práctica misma de ese terrorismo. A esto se le anexa unas circunstancias que influyen sobre la labor comunicativa. Mientras las historias o los sucesos de violencia, producto de una intensa cobertura de los corresponsales de guerra, se escuchan y repiten gracias a la impresionante red mundial de medios, los países que inventaron la globalización promueven los conflictos, se declaran neutrales en unos pocos y olvidan los otros. Esto crea un inquietante círculo vicioso, porque entonces los corresponsales de guerra tendrán más violencia qué contar, en medio del agite del mundo cotidiano, pudiendo más fácilmente perderse en los laberintos de la retórica postmoderna que genera descontextualización de los sucesos, desconexión con los ciudadanos y confusión de las realidades.

Y en medio de este "sistema mundo" del que nos habla Edgar Morín, y retomando sus conceptos, se asoma un peligroso imperio de alcance internacional y multinacional en lo económico, político, tecnológico y cultural: El de Estados Unidos, que quiere imponer sus reglas de juego para erigirse como ese policía universal con la autoridad para acallar por la fuerza supuestos "enemigos de occidente" calificados como terroristas o miembros de los Nuevos Ejes del Mal, sin importar cuántas vidas deban desaparecer de la faz de la tierra y cuántas guerras deben ser propiciadas sólo para contar con el derecho de hacerse escuchar e imponerse sin resistencia। ¿O no fue esto lo que ocurrió en la reciente confrontación en Irak?.

Por eso, hoy más que nunca, el reportero de guerra debe estar preparado en las complejidades de los principales conflictos mundiales, conocer los diversos frentes de las realidades políticas, económicas, sociales y culturales de la geopolítica mundial para aprender a hacer habilidosas lecturas de los sucesos locales, regionales e internacionales, presentar información más contextualizada y analítica que sea productiva para los públicos y ser más crítico con las posturas ideológicas de quienes protagonizan formalmente la violencia y le niegan a los demás seres humanos, la posibilidad de la paz।

Quienes en algún momento de la vida cubrieron la violencia colombiana o mundial, debemos ahora cuestionarnos por ese papel realizado y el que dejamos de ejecutar con sentido humanista. Es hora de ver para los lados que siempre nos negamos con templar porque un periodista integral no puede jamás escaparse de su sino eterno que nos concede la profesión: el deber y el compromiso social.

ES RAZONABLE AÚN LA PENA DE MUERTE?

Toda acción de muerte, así sea a través de una sentencia, degrada al ser humano.
Por José Antonio Jiménez
Periodista de Paz.


No puede seguir recayendo sobre mi muy dolida conciencia de periodista y las de los 6 mil 200 millones de seres humanos en el mundo esas escalofriantes sentencias judiciales de muerte contra probados o supuestos delincuentes, que aún se siguen efectuando en los llamados países avanzados. Los demás ciudadanos del mundo y yo, tampoco aceptamos las ejecuciones cometidas en contra de contradictores políticos, culturales o raciales de cientos de gobiernos con medidas represivas y que se están llevando a la práctica, mientras usted lee este artículo.
Estoy seguro que conmigo, ya son muchos los periodistas que ejercemos la profesión en cualquier parte de la tierra convencidos de que en estos tiempos de globalización económica, política, cultural y tecnológica, estas muertes utilizadas como castigo judicial por una nación o grupo, va en contundente contra vía con la aspiración mundial de que los seres humanos necesitamos vivir en función de la unidad y la solidaridad. Uno de los efectos positivos de la globalización debe ser justamente esa: La absoluta determinación política de no continuar ejecutando a personas que hayan sido condenadas por delitos, por muy oscuras y sangrientas que hayan sido las acciones de estos.Sorprende que menos de la mitad de los países del mundo aún ejecutan personas como una forma legal que tienen los estados contra quienes las administraciones de justicia demuestren que son un potencial peligro para la sociedad.
Algunos aún consideran que estas ejecuciones provenientes de una sentencia judicial de pena de muerte deben aplicarse no sólo en casos extremos, sino también para quien cometa un delito del orden jurídico común, pero que pueda ser considerado como atroz. Así las cosas, el asesinato a bala de un policía quien intentaba frustrar legalmente el hurto de una joyería de Texas, en los Estados Unidos, cometido minutos ante por un asaltante con un impresionante sumario delictivo y responsable de otros homicidios o transgresiones a la ley, por ejemplo, sería castigado con la pena de muerte en ese estado, aun cuando en una nación como Colombia podría ser considerado como un homicidio agravado con una condena de hasta 60 años de prisión.
Mientras en muchos estados de los Estados Unidos la pena de muerte es aún una sentencia recurrente para aplicar un castigo ejemplar, en países como Colombia, ésta es imposible de aplicar porque este país hace parte de la muy alentadora lista de estados abolicionistas de este castigo, desde 1910। Ochenta y un año después, la constitución nacional de 1991 en su artículo 11, también lo dejó claro: “El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte”. También a sí lo establecía la constitución 1986, tras la reforma de finales de la primera década del siglo XX.En Latinoamérica, antes que en Colombia, ya habían abolido la pena capital, Venezuela en 1863, Costa Rica en 1877, Ecuador en 1906 y Uruguay en 1907, de acuerdo con un informe publicado en el año 2000 por la organización civil Amnistía Internacional. En estos países como en otros abolicionistas en el mundo, un hecho como el referido en el estado Texas, tampoco podría ser penado con este castigo.
Con frecuencia los países que ya han eliminado la pena de muerte, o que la contemplan pero sólo para casos supremamente extremos como en México, y no para aplicarla desde delitos comunes en adelante como en Estados Unidos, demandan la terminación de esta práctica por considerarla atentatoria contra el principio fundamental del derecho a la vida de todo ser humano.
Por mis principios éticos y morales comparto esta opinión y las de muchas otras personas en el mundo, en el sentido de que este tipo de penas no se deberían aplicar nunca más por las siguientes razones:
1. Los sistemas judiciales del mundo no son perfectos porque son hechos por seres humanos, y aplicados por humanos, lo cual abre la posibilidad al error judicial. Si la ley no es perfecta ni los humanos tampoco, entonces los castigos como la pena de muerte pueden ser producidos obedeciendo a una cadena de errores cometidos dentro de un proceso.

Si una sentencia de muerte fue aplicada contra una persona inocente, pero que aparece ante la justicia como culpable o bien porque el sistema judicial es corrupto, o porque los jueces no son lo suficientemente morales o éticos, o porque el reo es pobre y no pudo contar con un calificado derecho a la defensa, o porque el mismo estado no le garantizó un buen defensor, es correcto haberle quitado la vida a esta persona por las aparentes pruebas que lo incriminaban? En este caso no sería el sistema judicial de ese estado un sistema asesino? Se podría en alguna medida, mediante un sistema legal, remediar el daño causado a la familia del sentenciado, aun cuando sea irredimible la vida del prisionero ejecutado? Tenemos en el mundo sistemas judiciales en donde los jueces no son sobornables o incorruptibles, o son completamente íntegros moral y éticamente?
2। En Estados Unidos, y en los otros 86 países del mundo que contemplan la sentencia de la pena capital, los índices de criminalidad no se han reducido, y muy por el contrario, las cifras se han aumentado। Lo cual destruye la hipótesis de que la pena de muerte instituye una conducta ejemplar en pro del respeto a la vida y a su vez es un castigo ejemplarizante para los delincuentes, cuyos efectos no se alcanzan con las condenas que privan la libertad individual.
“Como medida disuasiva, la pena de muerte no es más efectiva que la cadena perpetua...También es evidente que el peso de la pena capital cae sobre los pobres, los ignorantes y los miembros menos privilegiados de la sociedad” dijo hace dos año en una conferencia internacional el Juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos, Thurgood Marshall, consciente de los errores en que se puede incurrir cuando se dicta una sentencia tal.
3. Las ejecuciones promovidas por los estados en el fondo no hacen justicia porque socialmente no producen ninguna redención. Redime socialmente a la familia del muerto la ejecución de un reo, cuando el castigo pudiera ser más ejemplarizante si se le priva de libertad a éste? La acción de un estado así es degradante, cruel e inhumana, y viola los derechos fundamentales de las personas, por muy culpables que éstas sean. El aplicar la sentencia de muerte es como darle uso a “La ley del Talión” del ojo por ojo diente por diente, con lo cual se aplica desde el estado un tipo de justicia apasionada y vengativa.
Por eso y para alcanzar una justicia aferrada al respeto de los derechos humanos, los líderes de los países del mundo cuyos sistemas aún contemplan la pena de muerte, pero que son amigos de la paz y del respeto a la vida, deben ayudar a despertar conciencia de que no podemos agregar una infamia más al devenir de la historia del hombre sosteniendo la sentencia capital como la forma ejemplarizante y de mayor relevancia para castigar a los delincuentes.
Los periodistas del mundo que nos consideramos comunicadores de la paz debemos hacer sentir nuestra enfática protesta de ciudadanos del planeta contra gobiernos, autoridades, grupos terroristas o de alzados en armas, delincuentes organizados y comunes que ejecutan judicial o extrajudicialmente a personas, por muy terroristas o asesinos que les hayan encontrado nuestras muy falibles leyes humanas. A través de nuestras notas en radio, televisión, documentales de cine, periódicos y la misma red de Internet, hagamos evidente nuestros puntos de vista en ese particular.

Este artículo se suma a esa corriente, y mi voz se une a las de miles de personas con suficiente conciencia de paz para exigir a quien corresponda que paremos el escalofriante tranvía de las amenazas y sentencias de muerte pues hay 6.200 millones de personas en el planeta que nunca más las queremos como una opción de castigo que finalmente denigra del sentido de ser humano.

jueves, 8 de marzo de 2007

TRAS UNA IDENTIDAD PARA LOS PERIODISTAS DE PAZ

La identidad de estos comunicadores supone un cambio en el modelo
Por José Antonio Jiménez Narváez
Reportero de paz, magister en comunicación.

Este artículo fue escrito por el autor en 2003 en México mientras afrontaba el exilio en la capital de ese país por amenazas de muerte. Entre tanto en Colombia decenas de periodistas sufrían sentencias, persecuciones, presiones, chantajes de grupos armados ilegales. La interpretación de la realidad nacional colombiana, y el papel que jugaban los periodistas en ese momento, obedece al contexto histórico vivido por esos meses. El planteamiento del autor obedece a su inquietud personal de que los periodistas deben ser motivadores e impulsa dores de la paz en todo tiempo, como una forma de estar comprometido con la sociedad.

Existe en la praxis de los medios de comunicación colombianos y quizá latinoamericanos la necesidad de abrir espacios a una nueva clase de periodistas que informen a la sociedad desde la perspectiva de la cultura de la paz y de los derechos humanos o el planteamiento puede quedarse en la formulación de una bella utopía? Se puede pensar en un modelo identitatario de periodista para la paz en función de proporcionar equilibrio en el tratamiento informativo que se hace actualmente de la violencia y de la guerra, con el que actualmente y de manera escasa, se practica de la no violencia?

Estos dos cuestionamientos son los que guiarán la disertación en torno a la conveniencia de establecer un modelo que le permita dar importancia a la identidad a los periodistas de paz en medio de una disputa o tensión entre los mismos medios y las esferas de los poderes económicos y políticos porque se mantenga el paradigma imperante, sostenido bajo una falsa premisa: Las noticias de guerra y violencia atraen y venden. Las de paz no.
En principio la apuesta de este discurso apunta al sentido de que los periodistas no podemos ser ajenos a un vínculo permanente con el bienestar de la sociedad por el hecho de ser ciudadanos de una democracia, y por la condición de ser unos mediadores con vasto poder para comunicar, o reinterpretar informativamente la realidad cotidiana, a esas comunidades locales, regionales, nacionales e internacionales que diariamente toman el periódico, escuchan la radio, ven la televisión, o navegan en la internet.
Ese compromiso social obliga a que los periodistas seamos responsables socialmente, sea que trabajemos en los medios o dentro de una organización empresarial, en donde los públicos son más pequeños pero igualmente importantes. Por esa razón el compromiso debe llevarnos a descubrir el grado de conexión entre periodistas y ciudadanos. Una forma de ver, o incluso diagnosticar, esa conexión directa con las personas es entender el rol que ejercemos cuando escribimos o informamos sobre la guerra, los conflictos armados, la seguridad nacional e internacional, la paz y los derechos humanos, el desarrollo y la democracia.
Por esa razón es necesario descubrir si somos periodistas que propiciamos o hacemos posibles nuestra mediación hacia la paz o por el contrario alimentamos, con la fuerza de nuestra palabra y la cultura informativa que hemos heredado, los conflictos negativos. Y más aún, si como comuicólogos estamos identificados con la paz, hacemos un ejercicio profesional para la paz, o la no violencia de una manera eficiente y útil.

Una mirada a los antecedentes y a las perspectivas en busca de la identidad.

Para establecer de dónde viene ese, aún muy leve y débil proceso de identidad de los periodistas para la paz en el mundo, que además aún se está construyendo, es necesario retroceder unos años en las páginas de los estudios de la paz. El concepto del periodista de paz es muy nuevo, y se desprende del debate público internacional orquestado por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, planteada en la última década del siglo veinte, por organizaciones civiles internacionales relacionados con los derechos humanos y la comunicación. Es decir, el tema tiene menos de una década de vigencia, y sin embargo, ya ha empezado, al menos en Europa a generar interés de respetados académicos, sociólogos e investigadores de la paz, como Vincen Fisas, Federico Mayor Zaragoza, Xavier Markiegi Candina, Irenäus Eibl-Eibesfeldt Mashall B. Rosembere y filósofos de la actualidad que empiezan a manifestar su simpatía con el discurso de la cultura pacífica, como Edgar Morín y Jürgen Habermas.

Ellos parecen estar de acuerdo con la definición que hace la UNESCO en el programa mundial de “Acciones para la Paz” conocido como el Manifiesto 20001, promulgado en el año 1999 con la firma de los representantes de todos los gobiernos que integran este órgano dependiente de la Organización de Naciones Unidas, ONU. Señala este documento que la Cultura de la Paz son todos aquellos “valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y estilos de vida basados en el respeto a la vida, el fin de la violencia y la promoción y la práctica de la no violencia por medio de la educación, el diálogo y la cooperación(...) el respeto pleno y la promoción de todos los derechos humanos y las libertades fundamentales; el compromiso con el arreglo pacífico de los conflictos”, entre otros. Esta definición de la UNESCO busca establecer coherencia con su carta de constitución en 1945, promulgada después de la Segunda Guerra Mundial; en el sentido de que “puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”.

En el Manifiesto 2000, las naciones firmantes dicen que los medios de difusión cumplen un papel educativo e informativo que contribuye a promover una cultura de paz, y que los periodistas, así como otros grupos sociales “desempeñan una función clave en la promoción de la cultura de paz” .

Pero la función de los periodistas en relación con la cultura de la paz fue desvelada además en múltiples foros internacionales cómo en la Declaración de Panamá del 22 de marzo de 1999, en la que se indica que “el fomento de la Cultura de la Paz, requiere en la familia, la escuela y los medios de comunicación, tomar conciencia de los riesgos implícitos en aquellas situaciones, actuaciones gubernamentales, programas informativos o lúdicos que atenten contra la dignidad humana y promuevan actitudes de violencia e imposición ”, y por eso se comprometieron a “Apoyar desde nuestra actividad profesional la consolidación de la democracia, reconociendo que los periodistas y los trabajadores de la comunicación audiovisual son agentes primordiales para la consecución de una Cultura de Paz” .

Un Similar pronunciamiento también fue fijado en la Declaración de Moscú “Periodistas por Una Cultura de la Paz”, en 1998 indicando que “Los medios de comunicación también son importantes canales de transmisión de valores éticos basados en el respeto a la vida, los derechos y la dignidad de la persona. Son capaces de hacer comprender a todo el mundo el hecho de que la vida desprovista de fundamento espiritual, guiada por afanes exclusivamente consumistas, es un tipo de vida inferior (...) Los medios de comunicación son portadores de grandes posibilidades educativas, que han de utilizarse para difundir el entendimiento y la tolerancia dentro de la sociedad, mantener los valores democráticos y, como fruto de lo anterior, sembrar y anclar en la mente las personas las ideas de una cultura de la paz.”

La identidad atada a la política

Es decir, en su fase inicial y fruto de declaraciones y pronunciamientos internacionales, el nacimiento del concepto de un periodista para la paz está atado a un interés más político y del juego fallido de supraestado de la ONU, que a una definición social del papel real del comunicador. “(...) en las sociedades modernas el estado se reserva la administración de la identidad, para lo cual establece una serie de reglamentos y controles. Incluso se puede decir que el estado tiene una verdadera obsesión por el control de la identidad de sus ciudadanos”

La ONU, si bien no es un estado propiamente dicho, sí es el escenario mundial para la concertación de políticas globales de todas las naciones. Por eso, basada en su “poder” equiparada a la de un estado-nación mundial, la ONU impuso ya una visión básica del periodista de paz y otorgó ya a este tipo de comunicador una identidad en evolución. Sin embargo no entró en la definición de un papel claro, ni dijo cómo debía idearse una forma de cobertura de la información que sin desconocer la realidad violenta, sirva para cultivar la paz.

¿Pero particularmente, es a la ONU, a través de la UNESCO, al sector académico, a la sociedad civil en general o a las organizaciones periodísticas a quienes corresponde definir el resto de identidad de los periodistas de paz? De quién es la competencia, si es que la hay, de formalizar la reapropiación de los medios y los criterios para que se defina el papel de estos comunicadores?

Una primera revisión de posibilidades podría decirnos que ésta es tarea de los medios de comunicación y las organizaciones de periodistas en las diferentes áreas geográficas del mundo, y dependiendo del entorno, contexto y fundamento cultural vigente para cada zona. Pero se podría llegar a un proceso en el que la heteroidentidad descrita por Jiménez, condicionada por un entorno sociocultural que ve normal la guerra (identidad negativa construida de la mano de múltiples visiones) se transforme (en una identidad positiva) sin tener en cuenta el accionar ciudadano o el marco social?

En Colombia, un país suramericano con 45 años de conflicto armado, casi en estado de guerra, pero formalmente no declarada por el estado o la contraparte, fueron los mismos medios de comunicación los que a mediados de los años noventa, obedeciendo a circunstancias políticas y a la intervención del gobierno (el ejecutivo del estado) quienes definieron la presencia histórica de la fuentes de paz y de los reporteros de paz. Es decir, los periodistas de la fuente de paz, en el papel y la práctica existen en un lugar de Latinoamérica, informan y generan para el público noticias, pero con falta de claridad sobre el tema porque nacieron dependiendo, no de la sociedad ni de los minorías, sino del acuerdo de superestructuras como el poder político en la jefatura presidencial del estado colombiano que necesitaba de los medios de comunicación, y de éstos que requerían del poder del gobierno para tener facilidades de acceso a la información que se suscitara en el marco de las fracasadas negociaciones de paz entre las partes en conflicto durante la administración del conservador Andrés Pastrana.

Consecuentemente con esto, actualmente (2003) dichos comunicadores viven una incertidumbre sobre la definición de su papel (Son actores que construyen la sociedad? Hasta dónde va su compromiso y responsabilidad social? Su labor se reduce sólo a informar? Se puede informar neutralmente en medio de presiones, amenazas de muerte y asesinatos de periodistas de la mientras que poseen pocas competencias informativas, pues no dominan la amplia temática de lo que, de acuerdo con los estudiosos de la fenomelogía social, es la cultura de la paz.
En general estos periodistas colombianos están excesivamente encasillados en las expectativas por los diálogos entre gobierno y actores en conflicto, muy apegados a las entrevistas de reacción de los representantes del estado y de vez en cuando de organizaciones civiles, cada vez que hay actos de guerra, terrorismo o violación de los derechos humanos, o cuando acontecen acercamientos políticos entre las partes, liberación de rehenes, intercambio de secuestrados, desmilitarización de zonas o suspensión de los teatros de operaciones. Entonces, de manera constante, terminan también comunicando sobre las acciones de violencia, de manera similar a los reporteros que por asignación de fuentes, hacen cobertura de la guerra (periodistas de orden público o corresponsales de guerra) En ocasiones, se vio en el pasado y aún se observa en el periodismo hecho desde las regiones, que algunos comunicadores toman partido hacia uno u otro bando, manipulando la sintaxis y la semántica del mensaje, a fin de no ser evidentes en las pistas que pudieran dejar su oculta militancia.

La teatralidad y la violencia simbólica conviviendo con la identidad.

Como lo intentaba afirmar, la retórica y el discurso mediático que llega al ciudadano sufre alteraciones, modificando en ciertos aspectos lo real concreto, y trasluce intencionalidades que pueden luego generar conductas o comportamientos inadecuados para el bienestar social. “Se logra así una perversión moral que altera radicalmente la jerarquía de valores en la que se asienta cualquier sociedad civilizada; que modifica el lenguaje hasta hacerlo irreconocible; que crea imágenes de enemigos; que confunde asesinos y víctimas; que practica una doble moral al valorar los hechos de manera distinta según quienes sean sus protagonistas; que considera que hay vidas humanas más o menos valiosas, siendo despreciables las de las víctimas”

Jiménez dice que la identidad se elabora dentro de un sistema de relaciones que opone un grupo a otros con los cuales se está en contacto, y se construye o reconstruye constantemente con los cambios de en las interacciones, lo cual produce una distinción social. En el mismo sentido Luis Reygadas indica que la identidad está íntimamente relacionada “con las fronteras simbólicas que se erigen entre los diversos grupos sociales”. Por lo tanto, esta búsqueda, al menos conceptual, de la identidad de los periodistas de paz no es la excepción, y está sometida por un lado a la interacción social permanente e inevitable de periodistas o medios con las demás fuerzas y actores sociales, y por otro lado, en las formas simbólicas que se derivan de ésta.

Si de acuerdo con Jiménez, la identidad es permanecer en el tiempo sin sufrir cambios drásticos en sí mismo, entonces la identidad del periodista de paz supone un proceso perdurable de estabilidad, consistencia y congruencia en el cual interioriza su papel como ciudadano, asimila la atribución de responsabilidad social que por ello le merece, digiere su proactivo papel de actor civil, desarrolla una relativa previsión de su comportamiento apasionado, y gradualmente la va sustituyendo por una conducta positiva que destaque, propicie o redimensione lo auténticamente bueno de la sociedad, _no lo comercialmente bueno_ . Así las cosas, estarían dadas las condiciones para señalar que hay un periodista de paz en Colombia o en Lastinoamérica.

Por ahora es menester afirmar que la perdurabilidad de elementos estables y consistentes del papel del periodista de paz es débil, no hay claridad sobre la dimensión de su responsabilidad en la sociedad y muy pocas conductas pueden ser previsibles. Pero tampoco la carencia es absoluta, lo que indica que hay una identidad del periodista que se está construyendo, hay una transformación gradual, que de continuar sin mayores sobresaltos, se dará en algo más de una década para poder indicar que hay en Colombia auténticos reporteros de paz.

Y esta transformación es gradual, porque no se pretende modificar a profundidad la estructura de los sistemas mediáticos. Es decir, la identidad del periodista de paz no puede darse a partir de una mutación drástica de las estructuras, pues tendría que cambiar de manera irreversible los entramados de poder que regulan la actividad periodística o invertirlas, y en el futuro inmediato, asumiendo mis limitaciones humanas de analista o intérprete de la realidad colombiana, no observo que ese cambio se pueda dar políticamente, y que mucho menos, en él vayan a intervenir los propietarios de los medios de comunicación.
Dada la proporción del conflicto armado colombiano, y las posibilidades de que el nuevo gobierno de Alvaro Uribe no ceda en su pretensión de reprimir por la vía armada, los focos de violencia de las autodenominados grupos rebeldes de izquierda FARC, ELN o negociar con los de extrema derecha, AUC, para su desmovilización, y de que la mayoría de los empresarios mediáticos están inmersos en su compromiso de "salvaguardar la democracia" siendo partidarios del presidente, no hay condiciones para que los periodistas se declaren en contra vía o desafíen el modelo imperante que difunde las informaciones de guerra o violencia. Es menester considerar que, a juicio de numerosos estudiosos del conflicto, estas condiciones crean en primer lugar en los periodistas, y luego en los ciudadanos, paradigmas de identidad con la violencia o “referentes de violencia” como lo señala Xavier Markiegi Candina, que confabulan con los medios y el entorno sociopolítico en la construcción de una cultura de violencia.
Mejor, le rebeldía reflexiva y racional que debe darse con este modelo imperante, que no es lo mismo declararse en oposición con el particular fin de sustituir el paradigma rector (acabar de tajo con la difusión de noticias de guerras), cual si se tratara de un proceso de control del poder que desnuda la violencia simbólica descrita ya por Pierre Bourdieu, está en que los periodistas vayan, en una visión socialmente compartida con los empresarios de los medios, a buscarle espacios a la paz en la industria de la comunicación , y así contar con la oportunidad de llegar al público en igualdad de condiciones al resto de las temáticas informativas que actualmente legitiman el referente dominante. Debe entenderse entonces que las noticias y la construcción de relatos en torno a la paz son también necesarias para la sociedad como lo es contar la guerra y la violencia. Pero existe en Colombia espacios en los medios exclusivamente para la paz, no desde lo político o militar, sino desde lo social? Considero que no, e insisto en que sólo se hace eco y se da cobertura de la paz, cuando esta hace parte de la agenda generada por los hechos negativos o por la conveniencia política militar.

Entonces, la transformación en pos de una identidad de los periodistas de paz estará en un primer momento en abrir alternativas de espacios para imponer un nueva retórica de la no violencia, más allá de las posibilidades que ahora se poseen para las noticias, hechos y sucesos de la paz. A mas noticias de guerra deben haber más de paz, porque lo que ocurre ahora, es que en países como Colombia, en donde los comunicadores de la no violencia carecen de fuertes referentes sociales hacia una identidad pacifista. Terminan entonces informando y cayendo en la discursividad sobre hechos de sangre y muerte de la misma manera como lo hacen los corresponsales de guerra, periodistas de orden público y judiciales.

Identidad y Misión

La identidad del periodista de paz debe partir de definir su misión en torno a que informe, pero a su vez propicie formas de vida que correspondan a la cultura de la paz, de la misma manera como el de la guerra informa sobre la guerra. Si el periodista de paz informa sobre la guerra, y el de la guerra también sobre ésta, a la opinión pública sólo se le está entregando información sobre la violencia, y muy poca o nada sobre la paz, sus valores dentro de una sociedad, y la importancia de construir acciones que rechacen la violencia.
Es necesario entonces identificar la paz no como un estado pasivo en el que desaparece o se ausenta la guerra a través de unas negociaciones políticas que logran la desmovilización de los grupos irregulares, sino como todo un proceso integral en donde el conflicto es sometido positivamente a pasar por un filtro de evolución social, económico, político, cultural y tecnológico que lo transforma hacia lo pro activo, lo dinámico, lo participativo, lo constructivo, lo eficiente, lo eficaz y lo productivo. Cuando el periodista entiende así la paz, ya está dispuesto a moverse en la dirección del trabajo por una cultura de paz en las comunidades y sociedades colombianas. Es más, ya está en disposición de que su olfato detecte en las cosas cotidianas, en el milagro diario de la vida, en el transcurrir del desarrollo social, político y económico, los verdaderos hechos de paz que se convierten en noticia. Hoy esos hechos suceden, pero el periodista no tiene ni la capacidad ni el entrenamiento profesional o técnico para descubrir que eso es noticia. Tampoco están en capacidad de entenderlo así, los directores de medios y los empresarios de la comunicación, porque el constante referente de la violencia siempre ha sido preferir las noticias de este tipo, lo que creó toda una cultura en ese sentido.

Un estudio no muy reciente, pero igualmente válido que se realizó en Colombia por la Universidad Nacional y publicado parcialmente por la revista Diálogos de la Comunicación sobre “Rutinas profesionales y discursos hegemónicos en la Información periodística sobre el conflicto armado y proceso de paz con las FARC durante 1999” dice que pese a algunos avances de medios de comunicación en establecer Unidades de Paz (reporteros asignados a realizar investigaciones sobre temas de paz) y una mayor apertura de los medios informativos hacia esa fuente, aún se registran “algunos problemas que presenta el campo periodístico a la hora de abordar los temas del conflicto armado y las posibilidades de un paz negociada en Colombia. El vedettismo, la frivolidad, el show como “estilo marco”, el síndrome de la chiva (primicia), la espectacularización de la noticia, el inmediatismo, la superficialidad, así como la improvisación e impreparación de varios de los periodistas para informar sobre el evento” .

Precisamente la confusión sobre la misión de estos periodistas parte de que estos elementos identitatarios no están precisados o convenidos aún ni entre el gremio de periodistas ni entre las numerosas organizaciones civiles presentes en el mundo que presionan para que haya una información al servicio de la paz que permite crear cultura de paz, de la misma forma como se habla de una cultura de guerra. Para poder hablar de la construcción ideal de una figura presente de los reporteros y periodistas de paz en los medios de comunicación del mundo, habría además que dar un auténtico valor subjetivo, y a la vez objetivo a éstos. Lograr definir los rasgos diferenciadores que subjetivamente permitan el fortalecimiento de la autoestima, la creatividad, la solidaridad grupal, la autonomía, el sentido de pertenencia de estos comunicadores, dejaría en evidencia la existencia de una identidad que se verá reflejado en la práctica cultural de su trabajo.

Un periodista, reportero o corresponsal de paz, es un comunicador con una visión muy aguda y admirablemente positiva de los hechos, sucesos, acciones y personajes que producen paz, que generan sensación de no violencia y que es capaz de recordarle al ciudadano que el país no está descauadernado en un torbellino de guerra, terrorismo e inseguridad, sino que siempre hay una oportunidad para crecer, ser solidarios, amar, econtrarnos con "el otro" sin tener que huir de él. Sino que hay una gran mayoría de hombres y mujeres que trabajan para que la nación permanezca.

Dicha óptica implica que el comunicador no es sólo un difusor (hoy intensamente despersonalizado) de noticias de paz. Es además un promotor de las ideas de solución pacífica de los conflictos, de desarrollo social y de los valores que implica el respeto de los derechos humanos, hacia adentro del sistema en el que informa, pues su papel reviste de utilidad, en respuesta a ese compromiso y deber que tiene con la comunidad.

En la cultura occidental se ha querido hacer del periodista, en el sentido clásico del concepto, un profesional no participante ni protagonista de la realidad para no perder la supuesta neutralidad que en realidad nunca tiene, bajo el argumento de que los actores son otros, aun cuando el ejercicio profesional reflejado en los mensajes enviados al ciudadano permiten imponer desde los medios de comunicación modelos, estereotipos y tendencias culturales (mitos, ritos, formas de ser, vivir y pensar) que están construyendo la realidad social. Esto es paradójico, porque por un lado es un verdadero actor social que no se quiere reconocer a sí mismo, y por el otro, en la práctica y con mucha frecuencia, obedeciendo al modelo imperante, el periodista es alguien que toma partido hacia la información que no hace tanto provecho a la sociedad, es decir, la del espectáculo que "teatraliza" la realidad concreta, la convierte en símbolo de violencia y discurso puro del conflicto negativo. En cambio es frecuente que el comunicador reclame ese estatus de observador imparcial, cuando se trata de informar sobre lo constructivo, productivo, bueno y positivo de lo que ocurre en lo que Morín define como “arquesociedad”.

Por eso para que el periodista o reportero de paz sea exactamente esto, debe existir, además de una sensibilidad y vocación por el tema de la paz, la institucionalidad de su campo de competencia con papeles claros y concisos que le hagan tener conciencia de que es un actor que construye realidades sociales, que moldea usuarios de la información y que como tiene un papel protagónico, no marginal, entonces tiene un compromiso y una responsabilidad con la sociedad en la que él y los demás interactúan. Que dicho compromiso sí implica tomar partido hacia lo bueno y positivo pues sirve a la sociedad.

Debe entenderse que el comunicador de paz es aquel que difunde y comunica la cultura de paz de manera activa, y establece formas de participación con las comunidades, a fin de crear niveles de interactividad productiva e inteligente, es decir, fomentar una comunicación verdaderamente útil para la misma sociedad.

Un periodismo comprometido con la sociedad civil: ¿utopía?

La búsqueda de una comunicación para la paz implica que el periodista necesariamente tenga que ser líder, o vocero de la paz de una manera participante, sin necesariamente tenga que invadir terrenos de competencia de otros profesionales como la del negociador de paz y el experto en resolución de conflictos. El buscar mecanismos de participación que integren a periodistas y comunidades, está más en lograr acuerdos de retroalimentación con los públicos, consumidores o usuarios de las noticias, a fin de que se avance por parte de éstas, en una mejor conciencia de paz ciudadana.

Esto, por supuesto es en el plano teórico. En el terreno práctico, el comunicador de paz debe enfrentarse constantemente a desafíos, presiones, juego de intereses y prácticas culturales que menguan su trabajo, pero que además cuestionan su actuación ética, y sus conceptos epistemológicos. Para facilitar este proceso identitatario, las estructuras informativas en la práctica (no el actual orden imperante de subpoderes que responden a un modelo capitalista) de los actuales medios pueden y deben cambiar, no por sustitución abrupta, sino por amplitud de funciones, si se quiere que el papel del otro (el ser humano en su esencia subjetiva y en su proyección objetiva de ciudadano) de quien se vale los medios, funcione dentro de la sociedad vista como sistema. En la creación del paradigma de identidad, ese otro, el usuario de la información, debe constituir una necesidad para el comunicador, en un proceso de compenetración con la realidad, es decir debe haber conciencia del papel que impone la cultura de la paz: la presencia de la alteridad. Algo así como diría Emmanuel Levinás , la necesidad de “tener hambre” por ese otro, pero no para obtener de él la noticia en primera instancia, y en segunda convertirlo en un indicador de rating, sino para crecer con él entendiendo y construyendo el mundo.

¿Se estaría formulando una bella utopía? Sí, en el sentido esperanzador que conlleva la presencia de un nuevo modelo complementario a la actual práctica cultural de contar desde los medios, las cosas que suceden en el mundo social y real de violencia, guerra, destrucción, ideologías hegemónicas, conflictos completamente negativos. Sí, porque se está buscando, a través de la presencia definida de estos periodistas, ampliar esas perspectivas del deseo en un tiempo y un espacio cercano, de la especie humana de vivir en paz creciendo en un sistema productivo en donde tenga cabida la presencia no amenazante del otro.

La utopía, vital para la supervivencia de los pueblos y de las sociedades y que convalida el fin de la presencia del género humano, es necesaria para no dejarnos arrastrar a cataclismos sociales. Esta sirve a los periodistas de paz para alimentar su compromiso con el ciudadano y en general con el público consumidor de que hay un mundo mejor por el que vale la pena esforzarnos a construir, y eso debe ser parte de su identidad. La utopía “es siempre dual en tanto concibe y proyecta una contraimagen diferente a las dimensiones espacio temporales del presente” , y este hoy social vigente, el de estos días inmediatos, en el que se encuentran los periodistas bajo un modelo imperante de noticias de guerra y violencia, no promete demasiado a corto tiempo, pero en lapso de una o más décadas, sí. Por el contrario, deja al descubierto una amenazante presencia de la economía de mercado, un capitalismo que compra todo; desde miedos humanos hasta conciencias sociales, niega la importancia de la alteridad, facilita la hegemonía y los pensamientos totalizantes de grupos, sistemas políticos y naciones que hoy anteponen un nuevo discurso conveniente para sus propósito: la existencia de los “nuevos ejes del mal” y la necesidad de mantener a como de lugar, pasando por la vigencia del mismo orden internacional, una “guerra contra el terrorismo”. Sin embargo deben existir los periodistas que entiendan que la paz es definitiva frente a la guerra, cuando causa náuseas a quienes la hacen, escalofríos a sus cómplices, esperanza ilimitada a quienes la sufren, e incomprensión infinita en el niño de sonrisa cálida. Ahí toma sentido el verdadero periodismo para la paz.

BIBLIOGRAFÍA:

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9. Manifiesto 2000, UNESCO, resolución del 6 de octubre de 1999 sobre Cultura de Paz, Declaración y Programa de Acción para Una Cultura de Paz, 107ª Sesión Plenaria.
10. Una Cultura de Paz: Cimiento para los Derechos Humanos. Artículos y discursos sobre la Cultura de la Paz. Compendio de ensayos de Xavier Markiegi Candina , Federico Mayor Zaragoza, Vicen Fisas
11. Informe Mundial de Desarrollo Humano 2002 "Profundizar la democracia en un mundo fragmentado", presentado en Manila el 24 de julio por encargo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).