lunes, 9 de abril de 2007

Linealidad, dinamismo y productividad: Tres concepciones de la comunicación humana y social

Abraham Nosnik Ostrowiak


Presentación.

Esta nueva etapa de la modernidad llamada “globalización” se inicia como una reflexión acerca del desarrollo tecnológico y de la explosión de información que han provocado las telecomunicaciones. Sabemos también que la globalización significa además la convergencia de la informática y los medios de comunicación con la mencionada industria de las telecomunicaciones. Si Marshall McLuhan estuviera vivo el día de hoy, se maravillaría no sólo por lo acertado de su profecía y concepto de la “Aldea Global”. Su sorpresa sería, quizá, mayor aun porque nadie, ni siquiera él, alcanzamos a imaginar las extraordinarias posibilidades de todo tipo de desarrollo social, organizacional y personal que implica la presencia y combinación de las tecnologías actuales y las que en un futuro seguirán surgiendo.

Con este contexto como escenario, me permito presentar a ustedes algunas reflexiones acerca de la naturaleza de la comunicación y algunas implicaciones que vislumbro como especialista y curioso de la misma, que pueden sugerir algunas ideas para seguir nuestra investigación en este ámbito del saber y quehacer humanos.

Objetivos y problemas conceptuales del trabajo.

El presente trabajo está basado en cuatro conjeturas muy generales que, al mismo tiempo, constituyen los problemas de teoría de la comunicación que me interesa someter a su consideración y sugerir algunas ideas para resolverlos. Estos son:

a) La comunicación que llamaré “productiva” en este trabajo, es la forma de comunicación más evolucionada que en la actualidad conocemos y trataré de mostrar por qué.

b) En los próximos años, los investigadores de la comunicación estaremos ocupados creando, discutiendo, criticando y mejorando modelos y teorías de comunicación productiva que pueden aplicarse a los sistemas humanos que más nos interesa estudiar y explicar: sistemas personales, organizacionales, sociales, políticos, culturales, etc.

c) En la medida en que podamos tipificar con mayor detalle y precisión, las distintas etapas evolutivas de la comunicación (lineal, dinámica y productiva), estaremos en mejor posición de progresar de forma más efectiva en nuestro conocimiento y en la práctica profesional de la comunicación en sus múltiples expresiones y modalidades.

d) La teoría y las explicaciones evolutivas jugarán un papel muy importante en nuestro quehacer teórico y profesional en comunicación, para poder comprender la naturaleza de los sistemas humanos que con modelos, teorías, enfoques, explicaciones, herramientas de comunicación productiva queremos mejorar.






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Desarrollo: Las soluciones a las cuatro conjeturas.

Para poder responder a los cuatro incisos que me he impuesto como problemas conceptuales debo dar algunos elementos de análisis. Desde mi punto de vista existen tres etapas principales del pensamiento en comunicación.

Debemos a Shannon y Weaver (1948) la expresión del primer nivel de pensamiento en comunicación que llamaré, sumándome a la tradición de nuestra propia disciplina, lineal.

El pensamiento lineal, o las explicaciones y modelos lineales en comunicación, se caracterizan por: enfatizar el papel de los emisores en el proceso; la presencia de una tecnología para poder transformar el lenguaje humano en señales o pulsaciones del tipo que requiera dicha tecnología para transmitir el mensaje, y la fidelidad de la información o calidad o integridad física del mensaje al llegar a su destino, que generalmente llamamos receptor. Es decir, la linealidad (si se puede hablar de algo así) en la comunicación consiste en: emisores, tecnología y calidad de (transmisión y recepción de) mensajes.

En segundo lugar, tenemos los modelos o las explicaciones dinámicas de la comunicación. De un enfoque ingenieril y tecnológico pasamos a uno más humano. Es la época de oro de los científicos sociales y de la conducta en nuestro campo. Una fila casi interminable de psicológos sociales, de la percepción, clínicos, cognoscitivos, del aprendizaje, etc., y un número no menos abundante de politólogos (hoy en día les suelen llamar “cientistas políticos” evidenciando la influencia de la expresión norteamericana “political scientists”), sociólogos, psiquiatras, lingüístas y especialistas del análisis cultural, entre otros, hicieron crecer y desarrollarse de manera extraordinaria nuestra disciplina.

Desde mi punto de vista, este numeroso contingente de especialistas llegado de múltiples campos del saber humano sobre lo humano hicieron, colectivamente, tres grandes contribuciones a la comunicación:

a) En primer lugar nos mostraron que los receptores (en la época lineal, con Shannon y Weaver, les llamamos “destinos”) nunca están pasivos cuando reciben información de una fuente, un emisor o un transmisor (éste último también reminisencia de lo “lineal” en nuestro campo por vía de los mencionados Shannon y Weaver).

La psicología del procesamiento de información en los receptores, llamado genéricamente en nuestro campo el argumento de la selectividad, nos mostró que cada receptor en cada acto de comunicación realiza tres pasos muy complejos de procesamiento de información: (i) se expone selectivamente a un medio o fuente de comunicación; (ii) percibe selectivamente o interpreta la información que recibió de dicho medio, y por último, (iii) almacena o memoriza también selectivamente dicho material en su mente. Si bien es cierto que aun existen dudas acerca de por qué nos exponemos selectivamente a las fuentes o medios de comunicación a los que acudimos para informarnos, lo cierto es que existe


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consenso acerca de que por lo menos estas tres etapas de selectividad existen para explicar la “no pasividad” de los receptores cuando buscan y reciben información del medio ambiente.

La segunda gran contribución de los modelos o explicaciones dinámicas de la comunicación es lo que podríamos llamar “la sociología de la recepción” también conocida como el argumento de la conversación.

El argumento de la conversación o sociología de la recepción se refiere al descubrimiento, por demás importante, de que los humanos somos parte de redes sociales las cuales también influyen y están activas durante los actos de comunicación. Es decir, los humanos no vivimos ni actuamos aislados en sociedad, y esto incluye y es válido para los actos de comunicación.

Lo anterior se ha demostrado en nuestro campo, por medio de muchos y muy variados estudios que incluyen temas como: propaganda gubernamental para ir a combatir al frente de batalla; motivación para identificarse con las personas que nos persuaden para combatir al enemigo o cambiar nuestra actitud con respecto a “algo” o a “alguien”; la influencia de “minorías tardías” en el proceso de decidirse por quien votar en elecciones presidenciales; adopción de innovaciones medicinales, agrícolas, en la moda del vestir, de tecnologías educativas, de nuevas fuentes de energía para uso doméstico, y de automatización de oficinas; de grupos a los que se les quiere cambiar (temporalmente) sus hábitos alimenticios o grupos que enfrentan colectivamente una amenaza a sus propios objetivos, etc. Existen cientos y muy probablemente miles de investigaciones que apuntan al principio de que los humanos conversamos (y nos relacionamos) unos con otros: antes, durante y después de consumir información de distintas fuentes o medios ya sea personales (comunicación humana) o tecnológicos (comunicación social). Y es que esta continua y continuada conversación con nuestros semejantes influye en la manera en que interpretamos, usamos y generamos (nosotros mismos también) información en la sociedad.

Curiosamente, uno de los esquemas de análisis que mejor tipifica el esfuerzo por entender los efectos de comunicación en los receptores es la llamada “pregunta de Harold Lasswell” (Quién dice Qué a Quién a través de Qué canal con Qué efecto) que se publicó el mismo año (1948) que el libro de Shannon y Weaver donde dan a conocer su famoso modelo. Dato interesante: en nuestra disciplina la concepción lineal y dinámica surgen casi simultáneamente y conviven una al lado de la otra por largo tiempo.

Quizá haya algunos estudiosos de la comunicación que consideren a Lasswell en parte lineal también. Después de todo dicha “pregunta” se centra en el interés del emisor de evaluar desde su punto de vista, el efecto en el receptor. Si bien es correcto, el argumento anterior es insuficiente para considerar a Lasswell (1948) lineal. Aunque quizá por un interés muy específico de buscar su propio beneficio como fuente, en Lasswell vemos una concepción más sofisticada del proceso de comunicación. No enfatiza tanto la tecnología (el medio o canal es uno de los varios aspectos de la pregunta) y el receptor aparece ya

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como una persona (¿a Quién? se dirige el emisor) y no simplemente un destino como en Shannon y Weaver.

Lo que definitivamente es un hecho es que en esta segunda etapa de la comunicación, la concepción “dinámica” va desde una mención del receptor como persona (Lasswell) hasta concepciones más avanzadas donde los receptores no sólo procesan información y conversan entre sí sino “usan” la información de muchas y muy diferentes maneras implicando una distancia crítica hacia su fuente, no presente en explicaciones si bien dinámicas no tan sofisticadas e incluso contestatarias a la capacidad y los derechos de información del receptor.

Sea cual fuere la poca o mucha sofisticación de los diferentes modelos o posiciones conceptuales del nivel de pensamiento “dinámico” de la comunicación, el hecho es que el receptor recibe una especial atención, e incluso se percibe en la literatura de esta etapa una necesidad, quizá inconciente y velada, de compensar por la asimetría que los receptores padecen con respecto al poder de los emisores en controlar el flujo de información entre ambos. Este tipo de defensa es aun mayor cuando los emisores controlan también la tecnología de comunicación.

Sin embargo, a pesar de la importancia de los argumentos de selectividad y conversación, o de la psicología y sociología de la recepción en la concepción dinámica de la comunicación, ésta quedaría explicada insuficientemente si no incluyéramos el elemento que no sólo teórica sino ideológicamente ha marcado a varias generaciones de comunicadores y comunicólogos (incluído el presente autor).

Recuerdo que desde el inicio hasta la finalización de mis estudios tanto de licenciatura (en la Universidad Iberoamericana) como de doctorado (en la Universidad de Stanford), estuvo presente una especie de dogma de fé que reza “si no hay retroalimentación, no se da la comunicación”. Este dogma aun es parte del credo de los nuevos profesionales y jóvenes colegas de nuestro campo. Lo constato en cada oportunidad que tengo de interactuar con ellos, con Ustedes, en conferencias, cursos académicos y programas de entrenamiento ejecutivo. “Si no hay retroalimentación, no hay comunicación”. Quizá esta breve frase exprese el principio de mayor consenso en nuestro campo del saber humano. No recuerdo ni puedo imaginar a ningún teórico de la comunicación, ni tampoco a ningún comunicador práctico, que exprese su desacuerdo con esta sentencia, con esta “regla de oro” de la comunicación. Todo estudioso y profesional de nuestra disciplina lleva la concepción de la retroalimentación como prerrequisito de la comunicación (efectiva) como una impronta que marca nuestro ser, nuestro quehacer y nuestra vocación profesionales. Puede haber, y de hecho existe, una gran diversidad de posturas y opiniones acerca de cuál es, o cuáles son las mejores herramientas epistemológicas, éticas, estéticas, científicas, técnicas e incluso intuitivas para comprender, “atrapar” dirían algunos, las características y los principios más importantes del proceso de comunicación en sus múltiples y variadas manifestaciones.



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Sin embargo, creo que además de un concepto de central importancia para entender la comunicación, la retroalimentación constituye una especie de “núcleo ideológico” (ideological core, en su original en inglés de Collins y Porras, 1994) de nuestra comunidad profesional.

Pues bien, la retroalimentación, o los intentos del receptor por alcanzar con ella al emisor, es el ingrediente que separa de manera dramática nuestro pensamiento “dinámico” del (anterior) lineal en comunicación. La segunda etapa de nuestro pensamiento en comunicación no sólo es el reconocimiento de la existencia de un receptor ) o varios, para el caso) al otro lado del proceso. Ni siquiera es suficiente (aunque sea de cardinal importancia como lo mostré anteriormente), reconocer sus capacidades (argumento de “selectividad”, psicología de la recepción) y su estado gregario irrenunciable (argumento de la “conversación”, sociología de la recepción). La concepción dinámica se tipifica, y significa un adelanto conceptual de primera importancia en nuestro quehacer, al incorporar a la retroalimentación como prerrequisito de la comunicación (efectiva). Si no hay retroalimentación, no existe la comunicación.

Sin embargo, a pesar de la importancia reconocida de la retroalimentación como elemento conceptual e ideológico del proceso de comunicación y de nuestra vocación profesional, respectivamente, la concepción dinámica también ha mostrado sus limitaciones.

La necesidad de una nueva concepción del proceso: la comunicación productiva.

Recordamos el optimismo de la “era de crecientes expectativas” (“rising expectations” en su expresión original en inglés) que terminó en una “era de crecientes frustraciones” (“era of rising frustrations”). Muchos y muy diferentes autores, investigadores y teóricos de la comunicación buscaban que los flujos de información y el acceso a procesos de comunicación con diversos fines (algunos políticos, otros educativos, informacionales y de formación de opinión pública, tecnológicos, etc.) pudieran democratizar y volver más participativas a las sociedades con el propósito de aliviar grandes carencias, remediar injusticias e inequidades y mostrar “(Que) ésta es la contribución que la comunicación efectiva puede hacer al desarrollo económico y social. Información libre y adecuada no sólo es una meta: es también un medio para provocar el cambio social deseado. Sin comunicación adecuada y efectiva, el desarrollo económico y social se retrasará inevitablemente, y podrá ser (incluso) contraproducente. Con comunicación adecuada y efectiva, los senderos al cambio pueden facilitarse y acotarse”. (Schramm, 1964: ix, Prefacio) Esta declaración de principios de Wilbur Schramm en el inicio de los sesenta, expresaba un gran deseo por mejorar la condición de muchos seres, millones de ellos, que vivían y siguen viviendo preferentemente (aunque no de forma exclusiva) en países en vías de desarrollo, tercermundistas o como actualmente se nos llama “economías de mercados emergentes”. Schramm expresaba en aquel entonces el deseo explícito de mejorar el sistema (económico y social) a través de la comunicación.



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Otros más, a medida que las décadas de los sesenta, setenta e inclusive, los ochenta avanzaban, buscaban aplicaciones en campos como la educación a través de la televisión (Mayo, Hornik y McAnany, 1976), la modernización de la vida campesina (Rogers y Svenning, 1973; originalmente publicado en inglés en 1969); y campañas públicas con objetivos tan variados como persuadir a dejar de fumar, prevenir enfermedades cardiacas, planeación familiar, disminución de incendios forestales y participación política (Rice y Paisley, 1981). Sin embargo, y a pesar de la contribución de este tipo de estudios a un mayor y mejor conocimiento del proceso de comunicación y sus aplicaciones para elevar la calidad de vida de muchas poblaciones en este planeta, finalmente sucumbimos al desánimo y la crítica de nuestras concepciones teóricas para enfrentar este tipo de retos (Sánchez Ruiz, 1986) y la persistente inequidad en la organización y control de la información que provoca, a la vez, que la comunicación se vea limitada como una de las plataformas para provocar cambios y mejoras efectivas en la sociedad (Schiller, 1993, -originalmente publicado en inglés en 1989-; Arredondo Ramírez y Sánchez Ruiz, 1986).

Una posible explicación de esta serie de frustraciones que resultan de la imposibilidad de provocar cambios efectivos en los sistemas (políticos, económicos, educativos, de medios de comunicación social, etc.) en los que actúa la comunicación como plataforma de contribución para que estos sistemas logren su objetivo de manera participativa (tomando en cuenta a los receptores), es que requerimos de una nueva conceptualización del propio proceso de comunicación.

En muchos de estos estudios se aseguraban los elementos que hemos podido identificar como pertenecientes a las dos etapas anteriores de la comunicación: lineal y dinámica. Por un lado, de la lineal se incorporaban factores como tecnología y calidad de información. De la concepción dinámica se tomaba en cuenta la capacidad y nivel de los receptores (psicología de la recepción), y su situación y condiciones materiales y sociales (incluídas las culturales) de recepción, además de varias formas de retroalimentación para evaluar la efectividad del proceso de comunicación: encuestas de opinión; cuestionarios para evaluar conocimientos; mediciones de adopción de innovaciones; variación de efectos con base en tratamientos experimentales diversos, etc. No es poco el mérito de todo el bagaje de conocimientos producido por estos esfuerzos de comunicación. Sin embargo, persisten las frustraciones.

Mi conjetura es que requerimos de una concepción de comunicación que vaya más allá de lo dinámico (y, por supuesto, de lo lineal). Sin embargo, esta nueva manera de ver la comunicación, y aplicarla en la práctica, debe fincarse en los logros (insisto, muy importantes) de las dos anteriores etapas.

Llamaré comunicación productiva a esta nueva forma de concebir y llevar a cabo el proceso de la comunicación.




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En esta tercera y nueva etapa de la comunicación, el receptor y su retroalimentación (o la evaluación que hace la fuente del impacto que tuvo ésta sobre su receptor), son los iniciadores del proceso. Es decir, el proceso de la comunicación comienza, en un segundo nivel o momento, con la retroalimentación del receptor a su fuente y ésta última, junto con el primero, trabajando para que dicha retroalimentación se convierta en un cambio progresivo, innovación o mejora que transforme el sistema (sea cual fuere éste) para beneficio de ambos.

La comunicación productiva, pues, inicia donde dejaron los modelos dinámicos: la retroalimentación. Esta retroalimentación insisto, es el disparador del proceso de innovación, transformación y mejora del sistema que debe beneficiar tanto al receptor como a su emisor, y al emisor tanto como a su receptor. Si, por el contrario, el cambio progresivo, la innovación o transformación del sistema que juntos buscan el emisor y el receptor sobre la retroalimentación del segundo al primero, no se logra, permanecemos en la etapa dinámica y no pasamos a la etapa productiva de la comunicación. Por tanto, comunicación productiva es la transformación y mejora de cualquier sistema para beneficio de todas las partes que lo integran (emisores y receptores) a partir de la retroalimentación del público o públicos (conjunto de receptores) al propio sistema (emisor o grupo de emisores que actúa/n como representate/s del sistema porque tienen la autoridad formal y el poder necesarios que así lo acreditan), y de la evidencia empírica disponible que el cambio efectuado por, y en el sistema beneficia a todos los que lo integran.

Los sistemas como organizaciones normativas.

Para entender cabalmente el concepto de comunicación productiva es importante introducir la explicación de “organización normativa”. Diremos, pues, que es necesario que un sistema se maneje como una organización normativa para que la comunicación productiva pueda existir.

Un sistema (político, económico, gubernamental, empresarial, educativo, tecnológico, filantrópico, etc.) es normativo si tiene los siguientes elementos: un corazón ideológico y un conjunto de reglas del juego que alinean su operación a dicho corazón ideológico.

El concepto de “organización normativa” lo he trabajado desde hace algún tiempo para referirme a una nueva etapa en la evolución organizacional de las empresas. (Nosnik, 1994) Sin embargo, últimamente me he visto en la necesidad de aplicarlo a sistemas no empresariales y por ello intento demostrar su relevancia al presente contexto.

El concepto de “corazón ideológico” lo tomo de la explicación de Collins y Porras (1994) de su “núcleo ideológico” que, al estudiar empresas extraordinarias en su gestión y resultados, identifican en ellas una ideología nuclear (“core ideology”, en su expresión original) que sirve de guía a su operación.



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(El descubrimiento de Collins y Porras me llama la atención por su notable similitud con los elementos utilizados por Lakatos para explicar la estructura de las teorías científicas, las cuales contienen también, según él, un núcleo de supuestos o ideología nuclear. Apliqué los elementos de Lakatos explicados en su Metodología de programas científicos de investigación (1980) a la historia de la investigación en comunicación social en Nosnik, 1991).

Esta ideología nuclear que llamo aquí “corazón ideológico” contiene, según Collins y Porras, el propósito y los valores que definen al sistema y que éste busca cumplir. Para su aplicación al caso de todo tipo de sistemas, sugiero que el corazón ideológico se defina de la siguiente manera: en primer lugar, y siguiendo a Collins y Porras, como el propósito del sistema. Sin embargo, creo que dicho propósito debe contener no sólo la “razón de ser” del sistema sino una propuesta breve, general y clara de cómo dicho sistema va a perfeccionar (o contribuir a mejorar) a la sociedad de la cual es parte. Dicho propósito, pues, conjunta en uno dos elementos: misión y visión de futuro del propio sistema. En segundo lugar, y también siguiendo a Collins y Porras, reconozco como vital que haya en el corazón ideológico del sistema una identificación muy precisa de los valores que dicho sistema considera parte de su vocación y vivirá como convicciones incluso frente a la adversidad que señale la disfuncionalidad a corto plazo de esos valores.

Un sistema que se maneja a nivel de una organización normativa no sólo define el propósito y los valores de su corazón ideológico sino se los comunica a todos los públicos que integran dicho sistema. Es decir, las autoridades responsables de la gestión de dicho sistema actuarán como emisor(es) del mismo e informarán a los demás integrantes del sistema (que actúan como receptores o públicos del mismo) acerca del contenido de dicho corazón ideológico para que éstos últimos (receptores, públicos) puedan exigir de los primeros (emisores, autoridades responsables del sistema): congruencia, coherencia y consistencia.

Sistemas normativos, reglas del juego y comunicación productiva.

Esta parte de mi exposición la dedicaré a mostrar cómo los sistemas normativos (es decir, que tienen madurez de una organización normativa) promueven y se benefician mayormente de la comunicación productiva. También trataré de mostrar cómo la comunicación productiva contribuye a su máximo en un sistema cuando éste es “normativo”.

Un sistema normativo, pues, puede definirse como: aquél que descubre su corazón ideológico; lo comunica a todos sus públicos (es decir, a todos los integrantes de dicho sistema, además de las autoridades del mismo que actúan como emisores); imponen reglas del juego para que su gestión sea congruente, coherente y consistente, y permiten (inclusive, incentivan) a sus públicos a generar retroalimentación y formas de evaluación y mejora para asegurar que el sistema sea congruente, coherente y consistente con su corazón ideológico.

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Entenderemos por congruencia del sistema, el diseño que le permita que su operatividad cumpla con el corazón ideológico que el propio sistema se impuso. Es decir, congruencia se entiende como el grado en que la operación coincide con el propósito (misión y visión del futuro) y los valores explícitamente mencionados en el corazón ideológico.

Para que un sistema pueda ser congruente requiere de imponerse reglas del juego formales (y también informales) que generen una normatividad (de ahí el nombre de sistema normativo u organización normativa) que le impidan dejar de cumplir con su corazón ideológico.

Esta normatividad tiene, entre otros elementos: políticas de gestión; objetivos operativos y una ética que debe orientar y sancionar las decisiones de los integrantes del sistema.

Entenderemos por coherencia organizacional, el nivel de credibilidad (es decir, de imagen positiva) del sistema en sus públicos, derivado del nivel de satisfacción de sus (de los públicos) necesidades de información con respecto al propio sistema. Es decir, la coherencia es la calidad de la comunicación que el sistema genera con cada uno de sus públicos y el resultado de la credibilidad de éstos en el mismo, tomada dicha credibilidad en su conjunto (todos los públicos entre sí). Por lo tanto, la coherencia es la imagen positiva que un sistema genera, uno a uno, con sus públicos. La imagen del sistema, pues, es coherente (entre los públicos) y positiva como resultado de la calidad de la gestión comunicativa en dicho sistema. Esta gestión comunicativa, se entiende, va desde procesos muy generales como la comunicación corporativa hasta procesos tan fundamentales e inconcientes como “el valor de compartir información para beneficio de emisores y receptores” que está en la base de cualquier cultura institucional que favorece la comunicación en su seno. He identificado varios otros procesos que se incluyen en la gestión comunicativa de un sistema. (Ver Nosnik, 1985).

Para lograr la coherencia en la gestión de cualquier sistema es importante identificar principios que normen la comunicación que actúa en dicho sistema. Aquí cito tres que en otra ocasión (Nosnik, 1990:46) he llamado las tres “íes” de la comunicación organizacional y aquí redefino como “los tres requerimientos básicos de comunicación para cualquier sistema”.

a) Principio de comunicación íntegra. El sistema no puede permitir flujos de información que no sean veraces, y que están incompletos. Por veracidad se entenderá que la información tenga un contenido fáctico que, de ser necesario, pueda comprobarse su concordancia con la realidad. La información íntegra también debe ser completa, es decir, debe procurar satisfacer las necesidades o requerimientos que los receptores tienen de ésta (información) y que el sistema pueda proveer. Además, el principio de veracidad pide a los emisores que comuniquen a sus receptores el nivel de incertidumbre que dichos emisores aprecian en la información que comunican a tales receptores.


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Existen dos excepciones para aceptar una información incompleta. La primera, que el propio sistema carezca de la información que el receptor o público le requiere, y en caso de ser necesario, pueda comprobarse que efectivamente el sistema carece de tal información. Y la segunda, que dicha información sea confidencial.

Por información confidencial se entenderá a un conjunto de datos que transmitidos con un sentido propio a través de una serie de mensajes, que ponen en peligro (riesgo) algún objetivo legítimo y válido que busca el sistema o, en la peor de las circunstancias, que amenace la estabilidad del propio sistema creando una situación de perjuicio generalizado (tanto para autoridades o emisores como para públicos, por igual). Sin embargo, pasada la coyuntura o momento que justifica respetar la confidencialidad de la información, el sistema (las autoridades, los emisores) deben mostrar y convencer a los receptores, públicos de la necesidad y validez de dicha confidencialidad. Si los receptores, públicos son convencidos por el sistema (autoridades, emisores) se cumplió con el principio de integridad en la comunicación.

b) Principio de comunicación integral. El sistema debe tener un Plan General de Comunicación que: identifique a todos los públicos que debe servir con comunicación; estudie las necesidades de información de dichos públicos y las satisfaga con los criterios que impone el principio de comunicación íntegra.

c) El principio de comunicación integrada a la gestión exitosa del sistema. El sistema debe crear condiciones materiales (infraestructura) y de clima laboral (liderazgo) para que emisores (autoridades responsables) y receptores (todos los públicos) puedan colaborar para cumplir con el corazón ideológico del propio sistema.

Finalmente, entenderemos por “consistencia” del sistema la conducta ejemplar (actitudes y comportamiento institucional) que deben exhibir tanto emisores como receptores con respecto al cumplimiento del corazón ideológico del sistema. Es decir, consistencia es el grado en que cada miembro del sistema, sea emisor o receptor, muestra la voluntad de cumplir con el corazón ideológico en el ámbito del sistema que le ha tocado actuar.


Resultados y conclusiones.

Con los elementos manejados hasta ahora: niveles de comunicación (lineal, dinámica y productiva), sistema normativo, corazón ideológico, congruencia (con sus reglas del juego), coherencia (con los principios de comunicación o requerimientos básicos de comunicación) y consistencia (con la conducta ejemplar de emisores y receptores) quizá estemos en mejores condiciones para afirmar lo siguiente:





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1. La comunicación que identifiqué en el presente trabajo como “productiva”, es la forma de comunicación más evolucionada que conocemos en la actualidad. Ningún otro nivel de comunicación (lineal y/o dinámico) puede conseguir o propicia un tipo de intercambio entre emisores y receptores en donde ambos se responsabilizan y logran transformar el sistema para mutuo beneficio. De hecho, si esto último no se consigue (mutuo beneficio con base en los cambios del sistema) no podemos hablar del tercer nivel de comunicación: comunicación productiva.

2. En los próximos años, los investigadores de la comunicación estaremos ocupados creando, discutiendo, criticando y mejorando modelos de comunicación y teorías de comunicación productiva que puedan aplicarse a los sistemas humanos que más nos interesa estudiar y explicar: sistemas (inter)personales, organizacionales, sociales, políticos, culturales, etc. Si se acepta la definición y existencia de la comunicación productiva, seguramente los teóricos y profesionales (prácticos) de la comunicación, estaremos buscando, en primer lugar, contribuir a que los sistemas que nos interesa cambiar y mejorar primero lleguen a su madurez como “normativos” y enseguida, que la comunicación productiva ayude a consolidar la calidad de la gestión de dicho sistema. Es decir, que el sistema normativo cumpla con su corazón ideológico habiendo alineado su operación, en ciclos continuos y permanentes de renovada mejoría.

3. En la medida en que podamos tipificar con mayor detalle y precisión, las distintas etapas evolutivas de la comunicación (lineal, dinámica y productiva, y las que, eventualmente, sigan a éstas), estaremos en mejor posición de progresar de forma más efectiva en nuestro conocimiento y en la práctica profesional de la comunicación en sus múltiples expresiones y modalidades. Quizá esta conclusión es obvia pero no menos importante. En el estudio de la evolución de los sistemas en los que actúa la comunicación como factor contribuyente para su cambio y mejora, para su perfeccionamiento, encontraremos también un marco analítico para comprender y mejor aprovechar a la propia comunicación como el fenómeno alrededor del cual definimos y organizamos nuestra disciplina y profesión.

4. La teoría y las explicaciones evolutivas jugarán un papel muy importante en nuestro quehacer teórico y profesional en comunicación, para poder comprender la naturaleza de los sistemas humanos que con modelos, teorías, enfoques, explicaciones, herramientas de comunicación productiva queremos mejorar. Para mí esto queda claro al tomar como ejemplo la influencia de trabajos como los de Lakatos en filosofía de la ciencia, y Collins y Porras en organización y desarrollo gerencial (o comportamiento organizacional, como quiera verse), han tenido en nuestro entendimiento de la comunicación humana (personal y referida a pocos receptores en el proceso) y social (mediada por tecnología y referida a públicos y audiencias cuantiosas en el proceso).





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Referencias bibliográficas.

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Lakatos, Imre (1980) The methodology of scientific research programmes, Cambridge: Cambridge University Press, Philosophical Papers Volume I, editado por John Worral y Gregory Currie. (Edición póstuma. Lakatos falleció en 1974.)

Lasswell, Harold (1948) “The Structure and Function of Communication in Society” en Lyman Bryson (editor) The Communication of Ideas, New York: Institute for religious and Social Studies. (Reimpreso en: Schramm, Wilbur and Donald F. Roberts (editores) The Process and Effects of Mass Communication, Urbana, Illinios: University of Illinios Press, 1977).

Mayo, John K., Robert C. Hornik y Emile McAnany (1976) Educational reform with Television, The El Salvador Experience, Stanford, California: Stanford University Press.

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Nosnik, Abraham (1994) El Jefe Competitivo, La función de jefatura en un entorno global, México, D.F.: Despacho CIOS.

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Sánchez Ruiz, Enrique E. (1986) Réquiem por la modernización: Perspectivas cambiantes en estudios del desarrollo, Cuadernos de Difusión Científica No. 7, Serie: Comunicación, Educación y Sociedad (III), Guadalajara, Jalisco: Universidad de Guadalajara.


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Schramm, Wilbur (1964) Mass Media and National Development, The Role of Information in the Developing Countries, Stanford, California: Stanford University Press.

Shannon, Claude E. y Warren Weaver (1948) The Mathematical Theory of Communication, Urbana, Illinios: University of Illinios Press.

Comunicación y cultura organizacional en la era

Por: Abraham Nosnik O. (1)

Presentación.

En la presente colaboración intento relacionar teóricamente cuatro términos: comunicación, cultura, organización e incertidumbre. Para ello recurriré primero al análisis de las consecuencias involuntarias e imprevistas de la acción humana. Habiendo establecido la riqueza de examinar dichas consecuencias en el quehacer creativo humano mostraré cómo los cuatro conceptos mencionados al inicio tienen una base epistemológica común, precisamente, en el estudio objetivo de las creaciones humanas.

Lo anterior establecerá, espero, un marco de referencia para reflexionar acerca de la naturaleza de la comunicación y la cultura en el mundo de las organizaciones. La realidad global del mundo organizacional de hoy en día, quizá sobra decirlo, es tal que no puede alcanzarse a ver en su totalidad pues estamos en medio “de un desorden que esperamos se convierta en un orden”, para utilizar la expresión de Peter Drucker, prestigiado estudioso de las tendencias que desde ahora ya perfilan un futuro difícil de discernir. (Ver, Drucker, 2001)

1. El estudio objetivo de lo incierto.

En su Búsqueda sin Término, Popper (1985) afirma que los seres humanos realizamos descubrimientos importantes, en ocasiones sorprendentes, a partir de nuestras propias creaciones. En ocasión de realizar un recuento de su vida intelectual, nos recuerda cómo fueron los propios humanos que inventaron tanto los números como la serie numérica (es decir, el ordenamiento de éstos de menor a mayor magnitud). Sin embargo, como parte del desempeño de dichas invenciones están contenidos en ellas los descubrimientos de problemas antes no previstos y fuera del control de quienes inventaron tales herramientas simbólicas. En concreto, Popper se refiere al hecho de que, como parte del estudio de la naturaleza tanto de los números como de las series numéricas está la realidad de los números primos, es decir, cantidades que sólo son divisibles entre ellos mismos y la unidad. Esta consecuencia involuntaria e imprevista de una invención humana tiene implicaciones que son relevantes a lo que intento exponer como la base epistemológica común entre los cuatro términos centrales de mi exposición: comunicación, cultura, organización (u organizaciones) e incertidumbre.






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1.1. El estudio objetivo de las consecuencias involuntarias e imprevistas de las
creaciones humanas.

Sir Karl Raimund Popper (1902-1994) filósofo inglés de origen austriaco evolucionó en su pensamiento epistemológico de la física a la biología. Como parte de este cambio de disciplinas científicas en la base de su teoría del conocimiento, Popper recurrió frecuentemente a una explicación que él denominó la Teoría de los Tres Mundos. (Ver por ejemplo su Conocimiento Objetivo, 1979, en especial los ensayos 3 y 4).

La mencionada teoría es en sí misma muy sencilla aunque muy rica en sus implicaciones. Afirma este autor que la realidad conocible se compone de tres ámbitos: el físico o de las cosas o de los estados físicos; el social o de la subjetividad individual de las personas y el objetivo o de los productos de la mente. El primero es llamado “mundo 1”; el segundo “mundo dos” y el tercero “mundo tres”. Por supuesto, Popper defiende la idea de que estos mundos se presentan como interacciones entre ellos mismos en la realidad.

De lo anterior, queda claro que el mundo 1 es el mundo de la Naturaleza; el mundo 2 es el mundo de la naturaleza humana y el mundo 3 es el mundo de la naturaleza de las creaciones humanas. Para Popper las creaciones humanas son “productos de la mente” y, entre otras cosas, contienen las invenciones, descubrimientos y obras científicas, artísticas, tecnológicas y culturales que constituyen el patrimonio universal de logros de la humanidad.

El estudio objetivo de los dos primeros ámbitos los llamamos comúnmente “ciencias naturales” (mundo 1) y “ciencias sociales o humanas” (mundo 2). Los logros más importantes en el estudio objetivo de dichas ciencias son, respectivamente, las “leyes de la Naturaleza o leyes naturales” y las “leyes sociales y humanas”. Sin embargo, en este último punto existe gran controversia pues hay filósofos, científicos y humanistas, entre ellos el mismo Popper, que reconocen que hablar de leyes sociales o humanas (entre ellas de forma notable las de carácter histórico) omiten una realidad fundamental de la vida de los individuos en sociedad: la existencia del libre albedrío como capacidad humana y la necesidad de la libertad como parte de las condiciones mínimas aceptables que requerimos los humanos para ser creativos y vivir con dignidad.







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No es el caso de este ensayo polemizar y profundizar en el punto anterior, sólo valga recordar que en el ámbito de las ciencias sociales o humanas se debate aún la existencia y deseabilidad de leyes que expliquen la conducta particular y social de los individuos y de la convivencia colectiva en grupos, comunidades y en sociedad. En todo caso, el estudio objetivo de las ciencias sociales o humanas ha tenido como logro máximo la explicación de la capacidad inteligente, de discernimiento o racional reflejada en los actos individuales y colectivos de los seres humanos.

A primera vista no crea mayor problema aceptar que el ser humano, a pesar de sus progresos científicos, técnicos y tecnológicos, aún no controla los primeros dos mundos: el mundo de la Naturaleza y el mundo de la naturaleza humana. Es lógico pensar que, como no intervino originalmente en su concepción y diseño, el humano no controla la naturaleza de las cosas ni su propia naturaleza. Y, sin embargo, queda pendiente una pregunta en la presente argumentación: ¿quién y cómo se controla el mundo que el propio ser humano ha inventado junto con todos los descubrimientos potenciales en dichas creaciones?

Una respuesta casi intuitiva y rápida sería: el propio ser humano controla sus creaciones pues, finalmente, fueron los individuos de esta especie los que crearon tanto conceptos y cosmovisiones (ciencia y conocimientos), como artefactos y herramientas (tecnología) para sobrevivir, adaptarse y prosperar en una multitud de ambientes naturales (desde desiertos hasta tierras de eternas nieves) y una diversidad casi infinita de ambientes sociales (grupos, comunidades y culturas) que pueblan el planeta. Incluso dicha riqueza y pluralidad se refleja en las artes y en el arte de diferentes sociedades de diversas geografías donde habitan los seres humanos.

Desde mi punto de vista, uno de los descubrimientos más importantes de la filosofía del conocimiento de Popper es la propia explicación del mundo 3 como una “biología de nuestras creaciones”. Y aquí entran a la escena las mencionadas “consecuencias involuntarias e imprevistas”. Popper afirma que el mundo 3 es un mundo autónomo cuyo control no lo ejerce el ser humano desde su intención asegurando que el “efecto logrado” sea el “efecto deseado” desde un principio. El gobierno de este aspecto de la realidad está dado por los propios ámbitos de creatividad -yo los llamo “dominios”-. Las creaciones, ámbitos o dominios creativos o productos de la mente humana responden a su propia lógica de comportamiento o desempeño. Si queremos controlar dichos dominios debemos aprender de ellos. Y debemos aprender de la forma más honesta posible: identificando la carga de errores contenida en ellos y criticando nuestras creaciones de la forma más paciente, detallada y exhaustiva posibles.


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El ejercicio de criticar nuestras propias creaciones por medio de la identificación y superación de sus respectivos errores, Popper lo llama objetividad y ésta quedó definida en el mencionado aprendizaje de errores, en su llamado “principio de demarcación” entre ciencia, pseudociencia y metafísica. (Ver Popper, 1985, sección 8)

Nuestras creaciones son objetivas, por tanto, en la medida en que:

a) Son autónomas. No las podemos controlar con nuestra intención. El efecto que
causan y nos causan es materia de nuestro aprendizaje.

b) Son procesos imperfectos y sin fin. La mejora de nuestras creaciones depende
de nuestra capacidad de identificar sus errores. Identificados éstos podemos
superarlos y ello constituye su mejora. La mejora de nuestras propias
creaciones es, en sí misma, una actividad creativa sin límites.

c) Tienen efectos impredecibles y ajenos (por lo menos algunos) a sus propios
autores. Los inventores de los números y la serie numérica nunca imaginaron
que como parte de sus inventos, tiempo después, se iba a descubrir el
problema de la existencia de los números primos. Estos conocimientos no
sólo afectan a la aritmética sino a todo a lo que la aritmética se aplica en la
vida práctica.

Este efecto de independencia o autonomía del mundo 3 o de nuestras propias creaciones puede sintetizarse en la siguiente expresión: “la intención nunca es el efecto”.

La curiosa, o incómoda, conclusión de todo esto es que no controlamos ninguno de los tres mundos: ni el mundo de la Naturaleza; ni el mundo de la naturaleza humana, ni tampoco el mundo de nuestras propias creaciones. Si lo intentamos, creyendo que “nuestra intención se transforma en el efecto causado de las cosas entre sí y con respecto a nosotros (mundo 1); en el efecto causado de la subjetividad de los individuos entre sí y respecto de nosotros (mundo 2) y finalmente, en el efecto que esperamos causen nuestras creaciones a las cosas, a las personas y a otras creaciones (mundo 3)”, nos frustraremos e incluso podremos destruír mucho más de lo que intentamos construír en favor nuestro y de la propia sociedad.






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Si atendemos la definición de objetividad (aprender por medio de los errores identificados en nuestras creaciones y del intento de mejorarlas al superarlos) vemos implícita la propia incertidumbre. De mi parte podría afirmar que la expresión “la intención nunca es el efecto” sirve como la propia definición de incertidumbre y ésta es una evidencia más de la autonomía del mundo 3.

Por el hecho de que no podemos controlar el desempeño de nuestras creaciones y debemos tan sólo conformarnos con conocer su naturaleza por medio de lo que aprendemos de sus errores y su efecto en las cosas, personas y los dominios creativos en general, sabemos que la incertidumbre es una condición de independencia del mundo 3. O bien, que el estudio objetivo de nuestras creaciones nos lleva a apreciar que la incertidumbre es su condición: nunca sabemos cómo se comportarán éstas. Nadie lo puede predecir.

Así pues, se establece una especie de doble juego entre objetividad e incertidumbre. Porque podemos aprender objetivamente se evidencia la incertidumbre y porque el comportamiento de nuestras propias creaciones es incierto debemos ser objetivos si queremos acaso descubrir o conocer su naturaleza y efecto sobre el mundo (o los mundos, en todo caso).

1.2. Un quinto dominio creativo: las organizaciones.

Popper mismo menciona en su obra que entre los productos de la mente benéficos a la sociedad están las instituciones. Sin embargo, hasta donde tengo noticia, nunca profundizó en su estudio para identificar su naturaleza y comportamiento.

Las organizaciones son, como menciona el estudioso norteamericano Russell L. Ackoff, un ambiente artificial para protegerse del medio ambiente. (Ackoff, 1997) En términos de lo expuesto hasta ahora podríamos refrasear lo anterior con base en la Teoría de los Tres Mundos de la siguiente manera: las organizaciones son productos de la mente o creaciones o un ámbito o dominio creativo expresión del mundo 3 que nos ayudan a protegernos del mundo de la Naturaleza o mundo 1. No es evidente que Ackoff en su definición estuviese pensando en el ambiente creado por los mismos individuos, sin embargo creo que este mundo 2 también es relevante y aplicable a una definición de la naturaleza y función de las organizaciones. Si adicionamos dicho aspecto la definición completa sería algo así: las organizaciones son productos de la mente o creaciones o ámbitos o dominios creativos pertenecientes al mundo 3 que nos ayudan a protegernos tanto del mundo de la Naturaleza como de la propia naturaleza humana.



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Si se acepta la definición anterior como una razón válida de la existencia de las organizaciones como parte del mundo 3, entonces podemos enlistarlas junto con la ciencia, la tecnología, el arte y la cultura como un dominio creativo más. El Cuadro No. 1 contiene los cinco dominios de la creatividad humana con un ejemplo de cómo cada uno enfrenta su condición incierta, es decir, se ilustra cómo en cada dominio creativo la condición de que “la intención nunca es el efecto” afecta su desarrollo y comportamiento.

En dicho cuadro se expone cómo en ciencia, cuando se contrasta una hipótesis con la realidad, siempre se obtienen resultados que no están contemplados en las hipótesis iniciales: si no sucediera esto la ciencia como medio de generación de conocimiento novedoso nunca cumpliría su cometido. El cuadro también contiene la asimetría entre el diseño y el uso de artefactos en el ámbito de la tecnología. Drucker, ya citado, incluso aplica esta condición a la mercadotecnia: uno nunca sabe como proveedor qué es lo que está vendiendo hasta que el cliente lo consume. Es decir, la identidad de los artefactos (productos) que diseñamos lo da la funcionalidad al servicio del usuario.

En arte, en todas las artes, la incertidumbre puede ir por dos caminos. Por un lado, un artista debe someter a ciertas reglas aceptadas su creatividad para que su obra sea considerada con el mínimo de calidad en su propia rama del arte (uso del lenguaje, armonía, valores estéticos, etc.) Por otro, para que una expresión artística innovadora sea considerada una “obra de arte” debe, por lo menos en parte, romper con las reglas establecidas y sustituirlas por otras que, con el tiempo, se volverán estándares aceptados de creación en dicho ámbito artístico. Dígase lo mismo en cuestiones de la cultura considerada como el conjunto de valores, creencias, hábitos y costumbres de un grupo humano. Los líderes que intentan un cambio intencional en su cultura se encontrarán que el grupo que dirigen es selectivo: lo adoptado siempre es adaptado con base en las condiciones, la tradición y las apiraciones de dicho colectivo. También en el tema de productividad sucede lo incierto: casi siempre el objetivo planeado no corresponde perfectamente al resultado logrado: puede superarse o, incluso, no obtenerse del todo, pero siempre su evaluación estará enriquecida por la experiencia de intentar lograrlo.









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Cuadro No. 1: Los cinco dominios de la creatividad humana y su condición
incierta.

Dominio creativo La intención nunca es ... el efecto.

En ciencia Una es la hipótesis ... y otros los resultados
con los que se corrobora
su capacidad de predicción.

En tecnología Uno es el diseño del
artefacto ... y otra la función que cumple
o le asigna el usuario.

En arte Una es la necesidad de
autoexpresión del artista ... y otra que su creación logre
representar una realidad o
visión de forma excepcional.

En cultura Una es la intención de
modificar una creencia o una
costumbre ... y otra la adaptación de lo
adoptado a la condición del
grupo innovador.

En organizaciones Uno es el objetivo buscado ... y otro el resultado obtenido.


2. La naturaleza bivalente de la creatividad humana: mejora continua vs.
degeneración sin límite.

Toda creación humana nace impregnada con dos procesos opuestos pero complementarios: por un lado, una tendencia a aprender de sus propios errores y superarlos con imaginación e ingenio. A esta primera tendencia la identificaremos como “mejora continua”. Por otro lado, existe una segunda tendencia, opuesta a la primera, que se abandona a una inercia de autocomplacencia y mínimo esfuerzo por superar lo aberrante de lo creado. A esta segunda tendencia la nombramos “degeneración sin límite”. La mejora continua es un proceso muy socorrido en los procesos productivos y en especial el de la generación de la calidad. La degeneración sin límite es una expresión que el autor español de origen peruano Mario Vargas Llosa mencionó como un riesgo en el que puede caer América Latina, y por extensión cualquier sociedad, de no luchar e instituir la democracia en su ámbito como una fórmula permanente de lucha por lograr desarrollarse armónicamente como un todo.


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La mejora continua y la degeneración sin límite, pues, son los dos lados o ámbitos que presenta toda creación humana. La mejora y la degeneración, a su vez, constituyen una especie de juego, de “tensión creativa”, que todo ser humano y su colectividad enfrentan en busca de minimizar las consecuencias involuntarias o imprevistas de impacto negativo y maximizar las consecuencias positivas. Vale recordar que la mejora y la degeneración, o las consecuencias positivas y negativas, de nuestras creaciones se dan en los tres mundos Popperianos de lo físico (por ejemplo, en materia de salud la erradicación, o la imposibilidad de combate, de una enfermedad que amenaza una población), lo social (los conflictos sociales y políticos vividos por diferentes grupos que conviven en un mismo territorio geográfico) y lo creativo (la institucionalización, o el desconocimiento, de la ley como árbitro efectivo de disputas entre individuos, grupos, países, etc.).

La creatividad humana, pues, tiene doble valencia: positiva y negativa. Este punto lo retomaremos más adelante para exponer los siguientes temas.


3. El argumento de la comunicación productiva.

Hace algunos años expresé mi inquietud acerca de que la teoría de la comunicación se ha estancado en el estudio de la información y la retroalimentación. (Nosnik, 1996) No me refiero, por supuesto, a que tanto el estudio y la reflexión acerca de la producción y distribución de la información en una y dos direcciones es, de suyo, algo limitado. Mi preocupación va más en el sentido de que casi todas las explicaciones y modelos de comunicación conocidos hoy en día tienen como horizonte o destino final a la retroalimentación.

Surge la pregunta: ¿qué existe más allá de la retroalimentación?

Para contestar la pregunta anterior debo hacer referencia al trabajo del norteamericano Charles Morris (1946) que en su estudio del lenguaje dividió al mismo en tres aspectos o ámbitos: la sintáxis, la semántica y la pragmática.

La sintáxis es la parte del estudio del lenguaje que analiza sus gramáticas, es decir, la forma en que los diferentes elementos lingüísticos se ordenan para expresar ideas o pensamientos. Sabemos que existen los llamados lenguajes naturales y artificiales. Los primeros se expresan sin mediación de la tecnología entre el emisor y el receptor. Lenguajes naturales son el español, el inglés, el chino, el alemán, etc.



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Los lenguajes artificiales se derivan del progreso contenido de, entre otras, la obra de Bertrand Russell y Alfred North Whitehead Principia Mathematica y que se refieren a la lógica matemática o cálculo lógico y que, eventualmente, constituyó una de las bases para los lenguajes que activan y hacen funcionar los diferentes artefactos de la era digital que combinan tres tipos de tecnología: la satelital, la informática o la computacional (ordenadores) y la de los medios de comunicación social (contenidos, funciones y efectos). (2)

La sintáxis, pues, es el estudio de las reglas de las gramáticas tanto de lenguajes naturales como de los diferentes lenguajes de los medios tecnológicos (desde los mecánicos hasta los electrónicos y digitales) que utilizamos para poder expresar ideas o pensamientos a terceros.

La semántica, según algunos, contiene en su objeto de conocimiento el problema central y distintivo de la comunicación humana: la interpretación. La interpretación surge como la limitación de los lenguajes de transmitir significados: ningún lenguaje lo logra cuando mucho puede elicitarlos, es decir, provocar en terceros una estimulación tal que éstos buscan hacer sentido, interpretar, el mensaje que les ha llegado. Al centrarse la semántica en el problema de hacer sentido de la información, esta área del estudio de lenguaje se refiere por implicación también al problema de la difusión o distribución social de la misma, es decir, a la creación de comunidades humanas alrededor de la producción de mensajes. Nos referimos más concretamente a las redes de comunicación. De hecho, si atendemos la etimología latina del término comunicación (comunicare) ésta se da en la medida que existe una comunidad de informantes que interactúa y se influencia entre sí. La condición natural de la comunicación humana es, entonces, la red. Sin interacción humana no podemos hablar de la necesidad de la interpretación de los mensajes, de hacer sentido de ellos. Y viceversa: sin interpretación de los mensajes no puede existir comunidad entre los informantes. En su momento teóricos de la comunicación han identificado estas realidades -interpretación y redes- como los argumentos de la selectividad y de la conversación, respectivamente. (Ver Nosnik, 1991, pp. 83 y 84.)

Así, pues, han quedado identificados las dos primeras funciones y niveles de la comunicación: la producción o linealidad y la distribución o el dinamismo. Sin embargo, la hipótesis que expresa la comunicación productiva es que existe un tercer momento que, curiosamente, coincide con el trabajo de Morris en su estudio del lenguaje. Además de la sintáxis y la semántica, Morris identifica la prágmática como el ámbito donde se analiza la conducta humana como mensaje. Es decir, el lenguaje corporal, además del verbal, complementa el sistema de comunicación humana y le incorpora un nuevo elemento: el juego de la coherencia entre lo dicho y lo actuado.

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Lo productivo en comunicación corresponde a la pragmática en el estudio del lenguaje de Morris, como lo lineal a lo sintáctico y lo semántico a lo dinámico. La comunicación productiva, entonces, corresponde a la tercera función de todo sistema de comunicación: el uso inteligente de la información y la retroalimentación para cumplir los objetivos del sistema donde éstas surgen y operan.

Así las cosas, podemos establecer un paralelo entre niveles y funciones de los sistemas de comunicación y las tres áreas de estudio del lenguaje de Morris. El siguiente cuadro lo ilustra:


Cuadro No. 2: Paralelos entre niveles y funciones de la comunicación humana
y los tres ámbitos de estudio del lenguaje de Charles Morris.


Niveles de Funciones de la Ambitos de estudio
comunicación comunicación humana del lenguaje según
Morris.

Lineal Producción de mensajes Sintáxis: estudio de
o información. los lenguajes y sus
gramáticas.

Dinámico Difusión o distribución de Semántica: estudio
mensajes en red(es) o del entendimiento y
retroalimentación. desacuerdos entre
informantes.

Productivo Uso inteligente de la informa- Pragmática: estudio
ción y la retroalimentación de la conducta huma-
para cumplir los propósitos na como fuente de
de sistemas de convivencia información y retroa-
humana. limentación entre in-
formantes.

Los niveles de comunicación establecen la profundidad y alcance de los mensajes en un sistema de comunicación humana, o bien, la profundidad y alcance de la información en un sistema de convivencia humana, sea éste un sistema informal (como la familia, los amigos, etc.) o formal (organizaciones de carácter privado como las empresas, o gubernamental o filantrópico).


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Las funciones de la comunicación humana estudian la transformación de los mensajes unidireccionales en aquéllos que se dirigen en varios sentidos (información a retroalimentación) y del papel del uso de éstas (información y retroalimentación) en los logros individuales y colectivos en una sociedad. Por último, el estudio de Morris en este contexto nos ayuda a entender el papel del lenguaje -natural verbal y no verbal, y artificial- en la efectividad de los sistemas de comunicación humana y en los sistemas de convivencia humana en general.


4. Una idea sobre cultura.

En el Cuadro No. 1 incluí la condición de incertidumbre que enfrenta cualquier cultura como conjunto de valores, creencias, hábitos y costumbres de un grupo humano. El cambio que se busca intencional y racionalmente suele resultar en una “adaptación” más que una “adopción” de nuevos valores, creencias, hábitos o costumbres.

Hace un par de años el éxito de la película “Titanic” popularizó el interés y la información acerca de los icebergs. Como prácticamente todo el mundo sabe, el “iceberg” es una inmensa masa de hielo de origen glaciar que tiene tanto una parte aparente, que sobresale del océano o mar donde se encuentra, y otra parte oculta debajo del agua. Afirman los expertos que esta masa sólo deja ver el 10% del total de su volumen. Si este dato es correcto, la parte oculta constituye el 90% de dicho sistema.

Lo anterior me lleva a utilizar la metáfora del “iceberg” para intentar comunicar de forma clara una conjetura acerca de los sistemas culturales humanos. Desde mi perspectiva, y siguiendo la lógica del Cuadro No. 1, la parte innovadora de una cultura constituye tan sólo el 10% del sistema de actitudes y conductas racionales, conscientes y que buscan de forma intencional y aparente, “visible” si se quiere, su cambio. El resto, el 90% del sistema se constituye por conductas y actitudes inconscientes, históricas e inerciales que resisten de forma “oculta” al 10% que intenta su transformación. Aún más: logrado el cambio, éste se adapta y redefine en términos de las características generales del sistema cultural. La innovación resulta en una reinvención.

Tomemos la idea innovadora de la democracia que surge en Atenas hace más de 2,000 años y que se ha ido reinventando a lo largo del tiempo y de distintas geografías incluso de tal manera que lo que en una época y para un pueblo fue visto como natural ahora resulta una aberración. Por ejemplo, la aceptación de la existencia de esclavos en la sociedad.


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Podemos mencionar también el caso de la tecnología. “La viabilidad de una máquina”, afirma el historiador norteamericano Daniel J. Boorstin, “depende de su capacidad de crear su propia necesidad y de atraerse un ambiente que la haga (a la máquina) necesaria”. A este principio el autor lo identifica como la Ley de Selección Artificial. (Boorstin, 1994, p. 169)

Boorstin señala a las máquinas como pertenecientes a un “cuarto reino” (siendo los tres primeros, los tradicionales reino mineral, vegetal y animal). Afirma que este reino ha creado nuevos problemas, incluso algunos de ellos antinaturales, para nuestro futuro. Habla también de ritmos de cambio erráticos e incluso cataclísmicos.

En todo caso, lo que el historiador refiere como la “Ley de Selección Artificial” no es otra cosa que lo que hemos mencionado como la existencia de consecuencias involuntarias e imprevistas de la creatividad humana. Y el “cuarto reino” corresponde a una parte (la que incluye a las máquinas) de lo que Popper llamó “Mundo 3”.

La cultura o los sistemas culturales humanos libran una lucha en su interior por innovar, renovarse y reinventarse. Para ello confrontan su naturaleza “oculta” que corresponde a sus aspectos inerciales, históricos e inconscientes contra su autoimagen idealizada que sintetiza su visión del futuro donde reside una versión mejorada de su presente y hacia donde se canaliza el cambio racional, consciente e intencional para mejorar sus condiciones actuales.


5. La comunicación y la cultura organizacional en la era de la incertidumbre.

Hasta ahora intenté mostrar que la aventura de conocer la Naturaleza, la naturaleza humana y la naturaleza de nuestras creaciones está gobernada por condiciones de incertidumbre. Esta incertidumbre se manifiesta por el hecho de que nuestras “intenciones nunca resultan en lo esperado”. Sin embargo, los resultados retraolimentan y evalúan nuestros esfuerzos. El control, pues, descansa en nuestra tenacidad por identificar y superar errores y aprender en pensamiento y acción en los cinco dominios de creatividad: la ciencia, el arte, la tecnología, la cultura y las organizaciones.







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Recientemente intenté un ejercicio similar al presente en el ámbito de la historia de la administración. (Nosnik, 2000) En aquella ocasión mostré cómo la era global que vivimos hoy en día corresponde a la apertura a nuevos criterios o estándares de control de la productividad organizacional: criterios o estándares mundiales de calidad o de gestión.

La historia de la administración, así como aquélla de la comunicación, ha evolucionado de concepciones de sistemas cerrados a sistemas crecientemente abiertos y complejos. La administración, por su lado, ha ido de sistemas de supervisión externa, estricta y sancionadora del subordinado a sistemas de autosupervisión, autodirección y reconocimiento del colaborador. Tanto el sistema de jefatura como el sistema de colaboradores se acercan cada vez más a una comunidad de aprendices que comparten sinergéticamente capacidades, conocimientos y voluntades en función de objetivos comunes y superiores a sus intereses particulares y de grupo.

La comunicación por su lado, ha evolucionado de la producción unilateral de mensajes a la constitución de redes cada vez más participativas y abiertas donde prevalece más la horizontalidad para poder aprovechar la información y la capacidad de retroalimentación de la propia red en función de intereses comunitarios y sociales, además de los particulares y de grupo.

La cultura por su lado ha recorrido un largo y lento camino similar. De lo uniforme y excluyente a lo plural e incluyente como exigencia moral de signo moderno. (Ver Morris, 1998)

La incertidumbre ha pasado a ser, además de condición del mundo creativo humano expresada en la Ley de la consecuencias involuntarias e imprevistas, o Ley de la Selección Artificial de Boorstin, una característica de la apertura lenta, compleja y no exenta de problemas, de los sistemas comunicativos, culturales y productivos de inicio de siglo XXI.

En parte, estos problemas se deben a la naturaleza bivalente de la creatividad humana analizada en una sección anterior. Los sistemas comunicativos pueden producir tanto la información con la calidad y oportunidad requerida y deseada como la desinformación. La cultura puede producir tanto la innovación y el desarrollo de un grupo humano como la brecha y el dominio sobre otro grupo, y el retraso y agravio de comunidades y pueblos completos. Las organizaciones pueden recibir su legitimidad de su mandato social o bien, pueden usar a la sociedad como rehén para cumplir propósitos criminales, extralegales e inmorales de dominio y supremacía.


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Finalmente, la esperanza reside en que a pesar de que “la intención nunca corresponde al efecto” en la experiencia humana, el aprendizaje que tan trabajosamente hemos acumulado como patrimonio universal nos acerque cada vez más a una versión mejorada de nosotros mismos y de nuestros más legítimos anhelos.



Notas.

(1) El autor es consultor, capacitador y docente universitario en el tema de la comunicación organizacional. Puede ser contactado en la siguiente dirección electrónica: nosniks@prodigy.net.mx.

(2) Los lenguajes artificiales no sólo se refieren y se aplican a la tecnología, a la cual de hecho antecedieron. Se reconoce que los lenguajes artificiales son conjuntos o sistemas simbólicos cuyo vocabulario y reglas de uso se especifican para lograr mostrar ciertas funciones y resultados o demostraciones formales como es el caso en campos de conocimiento como la lógica y las matemáticas. Para una referencia más detallada de la diferencia entre estos dos tipos de lenguaje ver: “Artificial and Natural Languages”, en The Enciclopedia of Philosophy, Volume I, pp. 168-171.





















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Referencias bibliográficas.

Ackoff, Russell L., “Apuntes del Seminario Un enfoque sistémico de la Administración y la Organización, México, D.F.: Universidad Iberoamericana, 17 al 19 de noviembre de 1997.

Boorstin, Daniel J., Cleopatra’s Nose. Essay’s on the Unexpected, New York: Vintage Books, 1994. (Hay traducción al español en Editorial Crítica.)

Caton, Charles E., “Artificial and Natural Languages”, The Encyclopedia of Philosophy, New York: Macmillan, Volume I, 1967.

Drucker, Peter F., “The next society, A survey of the near future”, The Economist, November 3rd. 2001.

Morris, Charles, Signs, Language and Behavior, New York, 1946.

Morris, Tom, If Aristotle ran General Motors. The new soul of business, New York: Henry Holt and Company, 1998. (Hay traducción al español en Editorial Planeta.)

Nosnik, Abraham, “Linealidad, dinamismo y productividad en la comunicación humana y social”, en Nonotzan, revista del Centro de Invesrtigación de la Universidad del Tepeyac, Vol. I, No. 2, Marzo, 1996.

Nosnik, Abraham, El desarrrollo de la comunicación social. Un enfoque metodológico, México, D.F.: Trillas, 1991.

Nosnik, Abraham, “Sobre nubes, relojes y organizaciones. La efectividad del trabajo en la era global”, en Liz Hamui-Halabe (Compiladora) Efectos sociales de la globalización, México, D.F.: Noriega Editores, Colección Reflexión y Análisis, 2000.

Popper, Karl R., Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual, Madrid: Tecnos, 1985.

Popper, Karl R., Objective Knowledge. An evolutionary approach, Oxford: Clarendon Press, 1979. (Hay traducción al español en Editorial Tecnos.)

Russell, Bertrand y A.N. Whitehead, Principia Mathematica, Cambridge, 1903.