viernes, 25 de mayo de 2007

Los corresponsales de guerra en Colombia: al frente del conflicto

POR JOSÉ ANTONIO JIMÉNEZ NARVAEZ
Periodista de paz.

La constante tradición de estar soportando prolongados periodos de violencia en Colombia durante los siglos XIX, XX y XI, y a medida que avanza la tecnología, estar expuestos al impacto mediático de la violencia desarrollada en diferentes lugares de la geografía mundial, han convertido a los periodistas colombianos en verdaderos y admirados especialistas en la cobertura de los conflictos armados, aunque en las últimas décadas se les ha cuestionado marcados defectos éticos que los llevan a ser parcializados, a promover con un inusitado sensacionalismo la violencia en la sociedad, y a dejar al descubierto serios vacíos en su preparación profesional.

Esta es la tesis que pretendo demostrar en el siguiente ensayo apoyándome en el contexto histórico nacional e internacional de los conflictos y la guerra.

LOS CORRESPONSALES DE GUERRA DESDE FINALES DEL SIGLO XIX HASTA LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX

Después de la evolución de la violencia política de la segunda mitad del siglo XIX que vino a explotar con la llamada Guerra de los Mil Días y prolongar una sucesión de gobiernos conservadores de derecha (Hegemonía Conservadora) hasta un tercio del siglo XX, los medios de comunicación impresos – periódicos y revistas- y radiales (La radio colombiana nace hacia en Barranquilla en 1923) empezaron a consolidarse en el cubrimiento periodístico de los hechos que subvertían el orden público e institucional, aunque muchos de los conflictos armados fueran propiciados por sectores del mismo estado.

Las primeras referencias de cronistas de hechos permanentes de violencia en Colombia (lo que en aquella época sería corresponsal de guerra) nos la da el investigador Juan José Hoyos al citar a José María Cordovez Moure quien “escribió varios relatos sobre cosas que él sabía de las guerras civiles, de las costumbres de la gente, de la vida cotidiana y de los personajes populares de Santafé de Bogotá” haciendo entrevistas a testigos de los hechos. Cordovez también hizo perfiles de los bandidos que entonces azotaban el territorio de la región oriental de Colombia, entre Cundinamarca y Santander.

El Profesor Hoyos cita también a Francisco de Paula Muñoz quien siguió el caso del Crimen de Aguacatal, nombre mismo que le dio al libro en donde cuenta el insuceso, en 1875, uno de los escabrosos casos de la violencia de entonces, y al parecer continuó escribiendo sobre hechos de violencia en la naciente República de Colombia.

Muchos cronistas de los periódicos de entonces, en esa Colombia aún rural y de ciudades pequeñas en donde se estrenaba el centralismo impuesto por la constitución de 1986, también hicieron cubrimiento de las ejecuciones por sentencias de penas de muerte que se realizaban a finales del siglo XIX y comienzos del XX, durante la Guerra de los Mil días (1899 a 1902) y posterior a ella. Este tipo de cobertura fue hecho probablemente, entre otros, por el periodista y escritor Alberto Calderón quien habría sido contratado por el general, entonces presidente de Colombia Rafael Reyes, para dar seguimiento a los autores de su frustrado atentado, hasta que fueron capturados y sentenciados, como en efecto ocurrió en 1.910. “El fusilamiento se llevó a cabo en el mismo lugar del atentado. Los cadáveres fueron retratados, se levantaron mapas de los sitios donde ocurrieron los hechos, y el día de la conmemoración del atentado se publicó el libro”.

Pero estos no fueron los dos únicos casos de antecesores del periodismo de guerra en Colombia como lo han destacado algunos investigadores de la comunicación del siglo XIX en el país. Incluso hay muchos de ellos que se remontan hasta el periodo colonial y de conquista. Citan incluso a cronistas de las sucesivas guerras de independencia que llevaron a la nación colombiana desprenderse del dominio español.

Comenzando el siglo XX, cuando el país se reconstruía tras el fin de la fatídica guerra de los Mil días, y la prensa se debatía entre enarbolar las ideas de los partidos liberal y conservador, se produce un nuevo episodio de gran trascendencia histórica que hace a los periodistas que cubrían las historias de conflicto y policíacas tomar partido por la Patria: La separación de Panamá, suceso acaecido entre el 3 y 4 de noviembre de 1903 tras el rechazo por parte de Colombia de un suscribir el convenio Irán-Hay con el que Estados Unidos pretendía imponer un derecho ilimitado de explotación a cambio de la construcción de un canal interoceánico.

Los periodistas encargados de cubrir la información que provenía del entonces ministerio de guerra no pudieron escapar al influjo patriótico del hecho político y destacaron profusamente la detención de los militares colombianos cuya flota había llegado a las costas del istmo para contener infructuosamente la rebelión. Formada la República, fue el primer conflicto armado colombiano con impacto internacional significativo para los comunicadores de entonces porque se trataba de cubrir, en medio del “parroquialismo” de la sociedad, de la economía y la política, con todas las dificultades tecnológicas, de desplazamiento, una exitosa rebelión separatista que implicaba directamente a Panamá y a los Estados Unidos. Fue una dura prueba de fuego de la cual la prensa logró salir avante aunque ejerciendo un papel discreto y muy patriótico.

Apenas si el país se recuperaba del terror y los cuantiosos gastos económicos, políticos y sociales que dejó la Guerra de los Mil Días y de la rebelión separatista panameña cuando se produce el primer conflicto del naciente siglo con de alcance planetario que arrastró inevitablemente 32 naciones a una hecatombe inimaginable. La Primera Guerra Mundial.

El Colombiano de Medellín publicaba la histórica noticia que dio luego origen al conflicto internacional en una página interior en tres renglones, procedente de un telegrama.“ (sic) hoy fue asesinado el Archiduque Francisco José Primero, Emperador de Austria y Rey de Hungría, en Sarajevo. Hay disturbios. El autor del crimen fue capturado por la policía”.

Seguido a esto, los países que encarnaban el desarrollo de la raza humana no lograron superar el conflicto, tras el asesinato del emperador de Austria. La Guerra consumió a protagonistas y aliados. Los periodistas que dieron cobertura a esa Primera Guerra Mundial (1914-1918), como anteriores conflictos entre naciones, tenían que admitir ser enrolados en las filas de los ejércitos, vistiendo uniformes militares para poder hacer cobertura de la guerra. En general contaban las noticias del frente de guerra de las tropas de su país. Si eran capturados por la fuerza enemiga, eran tratados como prisioneros de guerra en el mejor de los casos. Junto a sus “biandas” de guerra, y algunos con fusil, llevaban la libreta de apuntes o sus cámaras fotográficas.

Aquellos reporteros no podían practicar a plenitud lo que en las salas de redacción, a veces les recomendaban sus directores, editores o jefes de redacción inspirados en las discusiones que suscitaban las lecturas de los estudiosos de la comunicación de entonces: guardar la ética, y hasta donde se pudiera, ser objetivos, contando sólo la realidad de los hechos. Pero los sucesos de la guerra superaban muchas veces los sentimientos, temores y las expectativas informativas de los periodistas, al punto de que terminaban involucrados en la causa de su país, haciendo periodismo patriótico. Fue el caso de un buen número de reporteros alemanes y estadounidenses. Muchos de ellos enviaban historias parcializadas, a veces manipuladas por las autoridades militares, para luego ser consumidas por los lectores de periódicos, revistas, o las audiencias de las estaciones de radio y los las salas de cine. Las noticias podían llegar al público hasta con semanas de retraso. Las notas de opinión, reportajes y crónicas generalmente estaban cargadas de un discurso ideológico.
“La Primera Guerra Mundial aceleró este proceso de transformar el reportaje de guerra en propaganda. Los corresponsales de guerra ya no se consideraban observadores objetivos, independientes del conflicto, sino como parte del esfuerzo bélico de su nación. Su primera responsabilidad era reforzar la moral pública y apoyar la acción bélica, mas no reportar lo que realmente sucedía en los campos de batalla”.

Esa visión poco objetiva de la guerra mundial era asimilada en las redacciones de los diarios colombianos como El Tiempo, El Espectador, El Siglo, La República, a donde llegaban las noticias de la monumental tragedia humana a través del telégrafo. Los cablegramas eran recompuestos, reinterpretados y puestos en las pequeñas rotativas de entonces para informar al público, generalmente el aristocrático, pues la base del pueblo era en su mayoría analfabeta y con pocos recursos para comprar los diarios.

En los sucesivos años los medios de comunicación colombianos cubrían los hechos de la violencia doméstica generada por la resistencia política a la hegemonía conservadora. Lo hacían con arrojo, pero no siempre apegados a los conceptos de la ética, y la mayorìa de las veces apartados de ella. Generalmente, aunque no era un mal de todos los medios de comunicación (Ya hacían carrera en el público, además de los periódicos, una gran cantidad de revistas y estaciones de radio) se acudía a esa perniciosa costumbre, con la que se venía desde atrás, de satanizar al oponente político, o difundir hechos de guerra con los cuales se pudieran tildar a los otros.

El país además asistía al cambio de rumbo político con la llegada del partido liberal al Poder, hecho que generó algunas inconformidades en sectores conservadores, y ligeros brotes de violencia que fueron informados por la prensa nacional. Este era el panorama cuando nos sorprende la guerra con el Perú, entre 1932 y 1933, siendo presidente Enrique Olaya Herrera. La ocupación, en febrero de 1932 de la ciudad de Leticia por el cauchero y empresario peruano Julio César Arana, la movilización de tropas navales colombianas hacia la frontera, la destrucción de la embajada de Colombia en Lima, el intento de causar daño al titular de la representación política, la toma militar propiamente de la capital del Amazonas desplegada por orden del presidente peruano general Luis Miguel Sánchez y la reacción definitiva del gobierno colombiano apoyado por los pilotos alemanes de la aerolínea Scaddata, fueron plato de primera mesa para que los periodistas nuevamente asumieran un papel protagónico en aras de lo que entonces se consideró volcarse por “la defensa de la patria”.

Nuevamente se vio en acción a los reporteros de guerra colombianos, no situados en el trapecio amazónico, a donde en aquella época era imposible llegar con los recursos limitados de los medios de comunicación de entonces. Las imposibilidades de locomoción redujo el cubrimiento de la primera y única guerra internacional de Colombia del siglo XX a los registros desde la distancia desde Bogotá y de algunas capitales intermedias. La posición de periódicos como El Tiempo, hizo que en un solo día, al comienzo del conflicto, se recibieran, al parecer, más de 10.000 cartas apoyando la recuperación de Leticia. El papel de los comunicadores fue de respaldar la soberanía nacional, y vigilar desde su posición que se mantuviera la intregridad de la nación.

En los siguientes seis años, los medios nuevamente volvieron a ocuparse de la violencia local en el país. Sin embargo entre el 1 de septiembre de 1939, cuando Hitler con sus tropas alemanas invaden Polonia, a lo que responde Gran Bretaña y Francia declarando la guerra, los reporteros del conflicto colombiano nuevamente encuentran un nuevo desafío: Cubrir, así fuera desde la distancia, el Inicio de la II Guerra Mundial que se prolonga hasta el 14 de agosto de 1945. El conflicto termina tras la intervención de los Estados Unidos ocasionada por el ataque a la base naval de Pearl Harbor por parte de Japón, y la respuesta del país norteamericano bombardeando atómicamente a Hiroshima y Nagasaki, lo que obliga a la rendición de los países del Eje (Japón, Alemania, Italia)

Durante este conflicto mundial los periodistas de Guerra adquieren su mayor protagonismo. Se les llega a considerar a muchos de ellos heroicos profesionales, hombres de la verdad y el honor. Sin embargo, es en esta etapa en donde el papel del periodista de guerra se afianza en su dependencia de las ideologías dominantes. “Los corresponsales durante este conflicto se identificaron más con los ejércitos que seguían, que con las corporaciones de los medios para las cuales reportaban. Sus reportajes fueron cuidadosamente monitoreados (y a menudo censurados) por oficiales militares, y sus movimientos estrictamente controlados. Algunos de los más valientes (y también desafortunados) alcanzaron el nivel de guerreros, arriesgando y perdiendo sus vidas en pro de su deber. Su papel se enmarcó en el contexto de la lucha nacional por la victoria. Redujeron la guerra a una batalla entre el bien y el mal; el lado suyo representaba el bien enfrentándose al mal”.

No es de extrañar pues, que muchos periodistas (especialmente los dos de los países involucrados) decidieran escribir sus notas sobre la guerra cargados de ideología que iba particularmente a alentar los ánimos y el espíritu de las sociedades, las tropas, justificar las acciones políticas y el gasto económico.


Los periodistas colombianos hicieron eco de la conflagración mundial, y algunos columnistas tomaron partido a favor de los Aliados apoyados en el hecho político de que Colombia había roto relaciones diplomáticas con Alemania, Japón e Italia, y luego con Francia por estar ocupada por los germanos. En las salas de redacción todavía se veían esos grandes radios de galena que siempre estaban sintonizados en onda corta para captar las señales electromagnéticas extranjeras, y los enormes teletipos. Y así, los reporteros reelaboraban las notas para publicarlas al día siguiente al público nacional o regional. Inspirados en los reportes de los corresponsales, muchos periodistas colombianos llegaron a copiar el estilo de redacción y hasta el discurso de sus colegas internacionales.

Mientras tanto en Colombia los periodistas que cubrían los conflictos se habían dedicado a registrar hechos que afectaban el orden público gestados por ese hervidero de inconformidad social que invadía al país desde la mitad del periodo conocido como la Hegemonía Conservadora, y agravándose durante el lapso de “revancha” del partido liberal que se prolongó hasta… Muchas de estas inconformidades eran capitalizadas por líderes campesinos que protestaban por las malas políticas agrarias, la falta de garantías políticas y económicas en el campo y la concentración de las tierras en manos de pocos patronos.

Esa inconformidad social estalló en el país durante el periodo más aciago y definitivo de la historia colombiana. El espacio de tiempo que encaminó al país por los actuales violentos rumbos que aun no dejan de sacudir a la nación y que diariamente prueban al corresponsal de guerra. Se trató del asesinato del líder liberal y caudillo Jorge Eliécer Gaitán el 1 de abril de 1948, cuando habían transcurrido apenas cuatro años de finalizada la II Guerra Mundial.

Después de este episodio universal, en Colombia el periodismo sobre la cobertura de la guerra ya fue otro. Uno más beligerante, participativo, irresponsable, sensacionalista, militante, y por su puesto, más político.