viernes, 25 de mayo de 2007

LA PAZ EN LA CULTURA DE PAZ: TENDENCIAS QUE TOCAN A LA COMUNICACIÓN.

Por José Antonio Jiménez

1. LA PAZ EN LA HISTORIA

Hasta gran parte del siglo XX los estudios científicos sobre la paz han tomado diferentes vertientes temáticas y metodológicas hacia los efectos de los conflictos bélicos de la Primera y Segunda Guerra Mundial, el respeto a la jurisdicción internacional, el fin de la guerra fría, el movimiento pacifista, entre otros, en aras de aportar alguna claridad filosófica sobre el concepto, y cómo llegar a ese estado individual, para luego proyectarlo al social y vivirla en cultura. Pero el camino, como ha ocurrido con otras ciencias del saber, no ha sido fácil, ni tampoco claro, y aún la utopía sigue bordeando el corazón del concepto de la paz.
A la paz, los políticos y líderes militares históricamente la han puesto en diferentes contextos para darle una significación determinada que convenga a sus intereses. Y así una de las históricas frases dice que “si quieres la paz, prepara la guerra”, apareciendo entonces con una impronta política a favor de algún sistema de organización social en donde se busca el predominio de sectores en contienda sobre otros o de búsqueda del equilibrio del poder. Aunque en el pasado, y aún hoy, se utiliza para mencionar un estado de equilibrio interno logrado por el mismo ser humano o por agentes externos.
“Esta variación de los significados atribuibles al término, solamente se puede comprender, si se tiene presente que se trata de una palabra cargada de significado emotivo positivo y que por esa razón se presta bastante bien para producir en las personas que la oyen y la usan o la leen, actitudes favorables hacia la organización social que con ella se caracteriza” sostiene Franco Fornari.
Para él, la investigación sobre la paz trata sobre un fenómeno social que implica la afectación de relaciones entre individuos y grupos, más que un asunto de carácter psicológico, biológico o físico. Por eso la paz no puede ser considerada sólo como una ausencia de conflicto. “la sociedad pacífica no es una sociedad tan chata y satisfecha de sí misma como para no albergar ningún conflicto, tanto más cuanto que existen conflictos deseables en vista de sus funciones principalmente positivas”, y entonces circunscribe el significado de paz, como una línea divisoria entre los estados de un sistema que se caracterizan por formas suaves y agudas de tensión entre partes.
Por eso es que a partir de la segunda mitad del siglo XX, los estudios sobre la paz se caracterizan por tener un amplio componente reactivo a los conflictos, especialmente bélicos. No era para más, si estaba en pleno auge la discusión de una efectiva política de seguridad mundial ante la amenaza de una guerra nuclear por la llamada “guerra fría” entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética.
Pero la teoría de los conflictos, la que llegó a desarrollarse más a fondo que otros frentes de investigación sobre la paz y con los partes de otros científicos arrojan una luz sobre el concepto de la paz. La paz no es un estado natural, es más bien una condición ideal en donde el ser humano puede ir de la mano eliminando y superando los efectos negativos del conflicto. De hecho se señala insistentemente por los investigadores de la paz que no todos los conflictos son malos o negativos, y en cambio hay algunos que son buenos y positivos, como los generados por una competición sana que finalmente termina beneficiando al sistema social.
Entonces la propensión a la violencia se desarrolla en ese ámbito de la mentalidad humana que se construye “en lo que hay de propio y exclusivamente humano en el hombre” como lo dijo el profesor Bert V. A. Röñling, y por esa complejidad, es que se tuvo que concebir los estudios de la paz en torno a dos de sus divisiones y clases: la paz negativa o ausencia de guerra, y la paz positiva
Esta última la define Röñling como una en la que los grupos se las arreglan para poder vivir juntos, en el marco común de un sistema de valores. Es decir, en un marco cultural, de actitudes comportamientos y valores socialmente compartidos. A esta forma de paz también se le conoce como paz dinámica, en tanto que la negativa, se le define como estática.

1.1. La tendencia de los actuales estudios sobre la Paz:

Los actuales estudios sobre la temática de la paz están dirigidos hacia la cultura de la paz y a la ya mencionada teoría del conflicto, impulsados globalmente por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, y de numerosas organizaciones civiles y no gubernamentales, habiéndose superado ya a favor de la corriente culturalista después de la mitad del siglo pasado el hecho de que el hombre no es un generador innato de comportamientos de violencia, agresividad y de acciones que conducen a la guerra. Estos estudios, de carácter etológico, se basaban en numerosos experimentos que relacionaban la conducta agresiva del ser humano como perfectamente equivalente al instinto de animales estudiados en laboratorio por los biólogos investigadores del comportamiento, siguiendo la corriente de pensamiento de Konrad Lorenz en 1963, hecho que en cierta manera justificada el comportamiento violento del ser humano . En contraposición de este enfoque, hubo una corriente de pensamiento que siempre convalidó y respaldó la teoría de que si bien, algunos comportamientos humanos simples podía derivar de una condición genética e instintiva, la conducta y el comportamiento violento era aprendido. Es decir, adquirido en el medio ambiente social, respondiendo a patrones sociales, reglas y normas.
Una aproximación a este enfoque ya lo había dado la UNESCO desde 1946, cuando en su carta de constitución indicó que “puesto que en la mente de los hombres nacen las guerras, es en la mente de los hombres en donde deben erigirse los baluartes de la paz, que, en el curso de la historia, la incomprensión mutua de los pueblos ha sido motivo de desconfianza y recelo entre las naciones y causa de su desacuerdo haya degenerado en guerra con harta frecuencia (...) ” , lo cual indicaba que el uso de la violencia extrema en el ser humano no aparece por condición innata heredada del código genético, sino que es un asunto que atañe al racionamiento del individuo, acción que está condicionada por el medio social y cultural.
Una corriente intermedia que atrapa elementos de las dos vertientes ya mencionadas es expuesta por el filósofo y antropólogo austriaco Irenäus Eibl-Eibesfeldt quien considera que “la evolución filogenética y la cultural obedecen a las mismas leyes funcionales, es decir, que la evolución cultural repite, en cierto sentido, la evolución biológica en un nivel superior de la espiral evolutiva” y esto se observa en los resultados de la presión sobre la conciencia humana por la selección y del control de la agresión, con lo cual muchas actitudes violentas tienen explicación en el terreno biológico y en el cultural. En últimas, según esta teoría, es la conciencia humana la que tiene el poder de hacer prevalecer una decisión sobre una eventualidad biológica (preservar la vida) o sobre un mandato social cultural de carácter biológico (no matarás).
Sin embargo, organizaciones humanitarias y pacifistas en el mundo, al igual que líderes de la paz mundial en su gran mayoría comparten el enfoque culturalista de la procedencia de la guerra y de la paz. De hecho, en 1989 el Congreso Internacional sobre la Paz en la mente de los hombres que se celebró en Yamusukro, Francia, a la que asistieron premios Nobel de la paz y líderes pacifistas del mundo, instó a la UNESCO a “contribuir a la construcción de una nueva concepción de la paz mediante una Cultura de Paz, fundada en valores universales del respeto a la vida, la libertad, la justicia, la solidaridad, la tolerancia, los derechos humanos y la igualdad entre mujeres”
Esta fue la primera vez en que globalmente se exigió por académicos, investigadores y filósofos de la paz un compromiso mundial por una cultura que asegure la convivencia pacífica, partiendo de un concepto claro: si existe una cultura de la violencia que se ha apoderado de amplios sectores sociales del mundo gracias a constantes referentes de fanatismo y guerras, entonces también debe existir una cultura de la paz que oponga a ésta, los valores de la convivencia pacífica, ciudadana, solidaria, y tolerante.
Así también lo entendieron simultáneamente ese mismo año en Venezuela, el Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI) y la Comisión Sudamericana de la Paz, que hicieron un llamado a los gobiernos de América Latina para iniciar la adopción de una cultura de paz a través de la profundización del valor de la democracia con base en la participación ciudadana, desarrollar una justicia social y eliminar la pobreza.

Esta, según la propuesta, debía hacerse con una amplia transformación del sistema educativo tradicional imperante en los países de América Latina en búsqueda de una enseñanza “crítica” para la paz, a la cual los gobiernos, en una verdadera acción de justicia, debían disponer los recursos necesarios. “la justicia y la paz no son producto de palabras, verdades oficiales, leyes o decretos; deben ser el fruto y la voluntad de la participación de la comunidad. Es necesario que todo hombre tenga conciencia de la importancia de su participación en la toma de decisiones y en los esfuerzos que forjan el destino de su medio. La justicia y la violencia, nacen frecuentemente en quienes se sienten marginados del derecho a construir su propia vida, donde se niega la participación en las decisiones de la sociedad”
Pero fue la década de los años noventa la que permitió que se despertará un mejor ambiente hacia la idea de consolidar una cultura de la paz, ante la generalización de muchos conflictos en el planeta, no solamente por la ONU y la UNESCO, sino también por el aumento inusitado de organizaciones civiles que abogaban por la urgencia de un acuerdo mundial para la convivencia pacífica que partiera de la cultura. Numerosas reuniones y asambleas internacionales, alguna de ellas promovidas por la UNESCO, llevaron a grandes personalidades, estados y gobiernos a declarar su postura o disposición a favor de la cultura de la paz.

Así en San Salvador, en el Salvador, el Primer Foro Internacional de Cultura de Paz celebrado en febrero de 1994, la Declaración de la 44ª Reunión de la Conferencia Internacional de Educación, en Ginebra, Suiza en 1994 y el Primer Foro Militar Centroamericano para una Cultura de Paz en 1995, nuevamente en Sal Salvador, sirvieron de escenario marco para iniciar las deliberaciones sobre la materia, haciendo hincapié en que es imperativo un trabajo comprometido al logro de comportamientos habituales socialmente compartidos en torno a la paz.

El Segundo Foro Internacional para Una Cultura de Paz, fue en Filipinas, en 1996 y ese año le siguieron numerosos eventos internacionales como la Declaración de Antigua Guatemala Sobre Derechos Humanos y Cultura de Paz del Foro Iberoamericano de Ombudsman y otros simposios y mesas de trabajo interdisciplinarios en el mundo, lo cual propició el ambiente para que de una vez por todas se reconociera la paz como un derecho humano esencial e inherente a la persona en 1997 por parte de las Naciones Unidas, tras reuniones de la UNESCO para tal fin en Oslo y Las Palmas, en el mismo año.

En dicha declaración se indicó que “el derecho humano a la paz debe estar garantizado, respetado y puesto en práctica sin ninguna discriminación” y que la forma para practicar este reconocimiento es nada más ni nada menos que la cultura de la paz porque “comporta el reconocimiento, el respeto y la práctica cotidiana de un conjunto de valores éticos e ideales democráticos que están basados en la solidaridad y moral de la humanidad”.

Quedaba así sentado por un lado la necesidad de proclamar de manera formal, la necesidad de que ciudadanos en todo el mundo pudieran adoptar una cultura de la paz, una vez que esta fue ratificada como un derecho humano de la línea de la tercera generación . Por eso siguieron produciéndose declaraciones y acuerdos internacionales como la Declaración de Puebla, México en el Encuentro de Editores y Directores de Diarios de América Latina para Una Cultura de Paz en mayo de 1997, y una nueva Declaración de Yamusukro en diciembre del mismo año.

En 1998, las numerosas reuniones, foros, seminarios y talleres preparatorias sobre el tema previas a ese año, produjo que la Asamblea General de la ONU pidiera a su Secretario General como al director de la UNESCO, pasar ya a los hechos, creando un programa de acción para una cultura de paz y fijando el año 2000 como el Año Internacional de la Cultura de la Paz. Ese año también se conoció el Informe Mundial de la Cultura 1998 de la UNESCO que definía la cultura como un campo de acción mucho más allá del arte, la música y la literatura, y que se ampliaba a “un estilo de vida y una manera de vivir juntos”.

Sin embargo, las organizaciones civiles continuaron haciendo pronunciamientos ese año como la Declaración de Moscú: Periodistas Por una Cultura de la Paz y siguieron con las exhortaciones durante 1999, como la Declaración de la Maloca de los Jóvenes Protagonistas de la Paz, la Declaración de Panamá sobre propietarios de medios de comunicación.

El 6 de octubre de 1999 se conoció de la Asamblea General de las Naciones Unidas, lo que hasta hoy es la más clara carta rectora sobre cómo, quiénes y por qué se debe trabajar por la cultura de la paz: La Declaración y Programa de Acción Sobre Una Cultura de la Paz cuyo texto indica que se trata de “valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y estilos de vida basados en el respeto a la vida, el fin de la violencia y la promoción y la práctica de la no violencia por medio de la educación, el diálogo y la cooperación, el respeto pleno de los principios de soberanía, integridad territorial e independencia política de los Estados y de no injerencia en los asuntos que son esencialmente jurisdicción interna de los Estados, de conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional, el respeto pleno y la promoción de todos los derechos humanos y las libertades fundamentales; el compromiso con el arreglo pacífico de los conflictos (...)”
También resalta esta declaración que constituye una cultura de paz todos los esfuerzos en pro del desarrollo, la protección del medio ambiente, la igualdad de oportunidades para mujeres y hombres, la libertad de expresión, opinión e información y la defensa “de los principios de libertad, justicia, democracia, tolerancia, solidaridad, cooperación, pluralismo, diversidad cultural, diálogo y entendimiento a todos los niveles de la sociedad y entre las naciones, y animados por un entorno nacional e internacional que favorezca la paz”

2. Sobre el periodismo, la comunicación y la Cultura de la Paz:

La Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de la Paz, también llamado manifiesto 2000 deja en claro que los medios de difusión cumplen un papel educativo e informativo que contribuye a promover una cultura de este tipo, y que los periodistas, así como otros grupos sociales “desempeñan una función clave en la promoción de la cultura de paz”. De la misma manera se comprometa en apoyar “la importante función que desempeñan los medios en la promoción de una cultura de paz; velar por la libertad de prensa y la libertad de información y comunicación; hacer uso eficaz de los medios de comunicación en la promoción y difusión sobre una cultura de paz contando con la participación , como corresponda, de las Naciones Unidas y de los mecanismos regionales, nacionales y locales pertinentes; promover la comunicación social a fin de que las comunidades puedan expresar sus necesidades y participar en la adopción de decisiones; adoptar medidas acerca del problema de la violencia en los medios de información, incluidas, las nuevas tecnologías de comunicación, entre otras, la internet (...) ”

De la misma manera en la Declaración de Panamá del 22 de marzo de 1999, que salió fruto del Encuentro de Propietarios y Directores de Estaciones de Radio y de Televisión de América Latina para Una Cultura de la Paz indica que “el fomento de la Cultura de la Paz, requiere en la familia, la escuela y los medios de comunicación, tomar conciencia de los riesgos implícitos en aquellas situaciones, actuaciones gubernamentales, programas informativos o lúdicos que atenten contra la dignidad humana y promuevan actitudes de violencia e imposición ”, y por eso se comprometieron a “Apoyar desde nuestra actividad profesional la consolidación de la democracia, reconociendo que los periodistas y los trabajadores de la comunicación audiovisual son agentes primordiales para la consecución de una Cultura de Paz”.

Similar pronunciamiento fija la Declaración de Moscú: Periodistas por Una Cultura de la Paz, luego del Congreso Internacional de Periodistas de Rusia, CEI y los Países Bálticos, el 14 de noviembre de 1998. Esta declaración sostiene que “Los medios de comunicación también son importantes canales de transmisión de valores éticos basados en el respeto a la vida, los derechos y la dignidad de la persona. Son capaces de hacer comprender a todo el mundo el hecho de que la vida desprovista de fundamento espiritual, guiada por afanes exclusivamente consumistas, es un tipo de vida inferior (...) Los medios de comunicación son portadores de grandes posibilidades educativas, que han de utilizarse para difundir el entendimiento y la tolerancia dentro de la sociedad, mantener los valores democráticos y, como fruto de lo anterior, sembrar y anclar en la mente las personas las ideas de una cultura de la paz.”

De igual manera la Declaración de Puebla, México, tras el Encuentro de Editores y Directores de Diarios de América Latina para Una Cultura de la Paz del 17 de mayo de 1997 sostiene que “la cultura de la paz supone el diálogo y conocimiento de los otros, mediante el amplio y libre flujo de ideas, lo cual se expresa de manera principal a través de la prensa independiente” y reitera el compromiso de que la sociedad conviva en paz y abandone la cultura de la violencia.

Así mismo la Declaración de Antigua, Guatemala, Sobre Derechos Humanos y Cultura de Paz del 30 de julio de 1996, al culminar el Foro Iberoamericano de Ombudsman hizo una exhortación “(...) En sus tareas cotidianas, los medios de comunicación de masas deben hacer todos los esfuerzos para contribuir eficazmente a reforzar la idea de la paz, la promoción de los derechos humanos, el establecimiento de un orden económico justo y equitativo, el respeto por la diversidad de culturas y evitar la incitación a la guerra”.

Pero el tema de la cultura de la paz como una necesidad prioritaria para las agendas de los periodistas no sólo tiene que ver con las inquietudes surgidas en los foros internacionales sobre el tema. De hecho Importantes académicos como el español Vincenc Fisas, director del Departamento de Investigaciones de la Paz de Universidad Autónoma de Barcelona, Xavier Markiegi Candina, Ararteko, Defensor del Pueblo del territorio Vasco y Federico Mayor Zaragoza, ex director de la UNESCO, en la urgencia de que los periodistas participen activamente en la difusión y promoción de los valores de la paz. Esto es, la información de acciones, personajes y acuerdos para la paz que se dan en las comunidades que sufren la violencia armada y la estructural, como parte de lo que debe ser una cultura de la Paz.

Pero dicho reconocimiento del papel que jugarán en el futuro inmediato los medios y comunicadores en las sociedades afectadas por la violencia conlleva sin embargo, un fuerte cuestionamiento contra el papel ejercido por los comunicadores a favor de la información de violencia, y contra quienes tienen el papel de educar, formar y construir la sociedad. Por ejemplo el Defensor del Pueblo en el territorio Vasco, Xavier Markiegi Candina denuncia que cuando se actúa frente a la sociedad abandonando esta responsabilidad se produce como resultado “(...)una perversión moral que altera radicalmente la jerarquía de valores en la que se asienta cualquier sociedad civilizada; que modifica el lenguaje hasta hacerlo irreconocible; que crea imágenes de enemigos; que confunde asesinos y víctimas; que practica una doble moral al valorar los hechos de manera distinta según quiénes sean sus protagonistas; que considera que hay vidas humanas más o menos valiosas, siendo despreciables las de las víctimas”.

Y hasta cierto punto, esto ha venido ocurriendo con los medios de comunicación y los periodistas en Colombia y México como lo indican varios estudios sobre el efecto de los mensajes de los medios de comunicación y el papel que ejercen los comunicadores.
“Los medios masivos de comunicación producen efectos a largo plazo, ejerciendo sobre sus audiencias una serie de acumulación o sedimentación de los mensajes que emiten y de las interpretaciones que dan a los hechos sociales(...) En la actualidad, los medios actúan como reforzadores de zonas de exclusión, limitando con ello la participación de la población en determinadas acciones”, dice Delia Crovi Druetta, en un estudio hecho por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1994.

Por su parte una reciente investigación realizada a 120 reporteros en 11 de los 34 departamentos de Colombia por la Fundación Medios para la Paz, concluye que los periodistas si son parte del problema de la guerra pues carecen de suficiente capacitación profesional a la hora de informar a la opinión pública. “Lo que deja en evidencia esta exploración es una malsana conjugación de factores que van desde la ausencia de preparación de periodistas y de medios para el cubrimiento de la información de paz y guerra hasta la crisis económica que desmejoró las condiciones laborales de los periodistas y los puso a competir en el esquema de 'noticias infladas' (informaciones sobredimensionadas), para sobrevivir”.

Indica el estudio, que luego de 1997, cuando se agudizaron las sangrientas acciones subversivas contra unidades militares del estado en las selvas o sitios alejados de los grandes centros urbanos y el país se desbocó en un incontrolado periodo de guerra, los periodistas en general, que hasta entonces venían haciendo coberturas de noticias políticas, judiciales y económicas, empezaron a informar sobre el recrudecimiento de la violencia armada, desde las llamadas Unidades de Paz de los medios como si se tratara de noticias deportivas. “Esta situación llevó a varias consecuencias nefastas para la integridad personal de quienes desarrollan este oficio. Sobre la marcha, los directores decidieron especializar a los periodistas en un actor armado, así como, por ejemplo, lo hace la Sección Deportiva en fútbol y tenis.

La investigación determinó que esta forma de plantear el cubrimiento fue y sigue siendo mortal en el tema de la guerra, porque pone a los periodistas en la mira del adversario” , hecho que ha llevado a organismos nacionales e internacionales a considerar que Colombia es el país más peligroso en el mundo para ejercer esta profesión, y que a su vez a arrojado estadísticas de ser la nación en la que más se asesinan o lesionan violentamente los comunicadores.

Y aunque en México no se libre una guerra de las dimensiones de la de Colombia, es cierto que la prensa, como en el país suramericano, con frecuencia es amenazada, agredida y presionada. Es ahí donde podemos entender perspectivas de connotados autores de la cultura sobre la lucha por el control del poder, en este caso, el de la prensa, que por su nivel de penetración en la sociedad y públicos tan diversos como heterogéneos, con demasiada frecuencia es utilizada y le hace perder los horizones éticos.

En efecto, de acuerdo con Pierre Bordieu las sociedades son espacios sociales, o más bien estructuras de diferencias que sólo se comprenden en su complejidad si se busca el principio generador que fundamenta estas diferencias en la objetividad, y que no es otra cosa “que la estructura de la distribución de las formas de poder o de las especies de capital eficientes en el universo social considerado —y que por lo tanto varían según los lugares y los momentos”.

En los campos de poder, en los que desde luego se mueven los periodistas y los medios de comunicación, subsisten fuerzas políticas, económicas, sociales, religiosas, alineadas unas a responder ética y moralmente, y otras no, pues están en función de tener poder y garantizar el control del sistema que favorezca a sus propósitos. Esta tensión es “la violencia simbólica” en el campo de poder de acuerdo con Bourdieu.

Estos juegos de intereses en lo que en ocasiones quedan atrapados los medios de comunicación y que les impiden jugar un papel de peso en la promoción de la cultura de la paz, la pudimos ver más detenidamente en el papel que cumplieron amplios sectores de la prensa mundial durante el reciente conflicto armado en Irak en donde muchos de las grandes cadenas de televisión, periódicos y emisoras hicieron un periodismo “patriótico” en defensa de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos y los países aliados.

Todo podría obedecer, desde la óptica de Bourdieu, al pulso permanente en el seno de la estructura de la sociedad por tener dominio sobre otras estructuras.

Pero afirma Bourdieu que dicha estructura no es inmutable, y “la topología que describe un estado de las posiciones sociales permite fundamentar un análisis dinámico de la conservación y de la transformación de la estructura de distribución de las propiedades actuantes y, con ello, del espacio social. Es lo que pretendo transmitir cuando describo el espacio social global como un campo, es decir, a la vez como un campo de fuerzas, cuya necesidad se impone a los agentes que se han adentrado en él, y como un campo de luchas dentro del cual los agentes se enfrentan, con medios y fines diferenciados según su posición en la estructura del campo de fuerzas, contribuyendo de este modo a conservar o a transformar su estructura”
Si vemos la misión de informar oportuna y responsablemente que le corresponde a los reporteros que hicieron la cobertura de la guerra en Irak, como lo hacen los que cubren el conflicto en Colombia o la violencia urbana o rural en México, podríamos indicar que el compromiso de estos está regulada por factores de dominación, de choque y de poder, inherentes al sistema mismo como si el medio de comunicación por ejemplo, por pertenecer a un grupo de inversionistas privados o públicos, adopta una posición ideológica frente al actual conflicto determinado a fin de construir un discurso coherente con sus intereses como organización. En mi experiencia, ésta forma de indagar, obtener, y difundir la información, implica un acuerdo informal entre el reportero y quien encarna autoridad dentro del medio, que se da muchas veces en los senos de los consejos de redacción.

Conviene al medio mismo y al periodista mantener esta práctica en la órbita informal pues así se garantiza no esquematizar una procedimiento, que por la vía formal, representa una dificultad en la negociación cotidiana medio-reportero y afectar su estabilidad laboral en el mismo.

Para ambas partes el acuerdo informal facilita que tanto medio como periodista acumule capital simbólico. En este caso, el campo de los periodistas, si bien está sujeto al juego de intereses que hay sobre ellos, les permite una esfera de autonomía que les ayuda actuar bien en la realidad, y que explica por qué unos periodistas fueron más neutrales que otros a la hora de informar la guerra de Irak o lo son en Colombia o en México. Claro está que en ocasiones esta autonomía sirve para ocultar ante la opinión pública, las pujas por el control de la información.

Y aquí ya pasamos, en la complejidad del mundo de la autonomía de los reporteros, tanto los de la guerra, como los que informan sobre la paz, sobre los valores que adquieren como sujetos sociales al coexistir en sociedad. Valores que son identificados por la sociedad, el público o la comunidad, pues son compartidos por poseer los mismos marcos de referencia. A este fenómeno de identificación de patrones valorativos que Bourdieu llama capital simbólico implica en la práctica poderes de reconocimiento o de reconvención social de la labor de los periodistas, y de éstos hacia la sociedad misma.

El capital simbólico permite definirse mejor a las fuerza de poder en el campo. Es una especie de bien acumulable que facilita a su vez “dominación simbólica”. Ese valor del capital simbólico expresado como genérico, pero que consiste en una suma de más valores, significa también distinción para los periodistas de guerra y de paz, como los que implican considerarles por sectores de la opinión pública hombres de la verdad, emisarios de los pobres ante el poder, mediadores de la sociedad, autoridades con capacidad de cuestionar, vigilantes y guardianes de la democracia, valientes defensores de las comunidades, rectos ciudadanos, etc.

Pero también, se da en el capital simbólico el aporte cultural de los contravalores. Ejemplo, considerar a los periodistas de guerra como oportunistas de los hechos de sangre y de dolor, comunicadores amarillistas, sensacionalistas, victimarios de la verdad, de igual manera que algunos catalogan a los nacientes periodistas de paz como reporteros “de la realidad rosa” y ” faltos de autonomía.

Este capital simbólico resulta del consenso social. El atribuirle a los periodistas estos valores y cualidades, producto de una serie de acciones que se han sido acumulando en la historia, funcionó “construyendo una creencia”, dándole un importancia mayor que otros aspectos. En este caso, dichos valores y contravalores, son ratificados y alimentados por la competencia cultural (dominio y capital simbólico) que se dan en el campo de las comunicaciones sociales, que como vimos en el caso de los reporteros que cubrieron el conflicto de Irak, estuvieron bajo fuertes presiones e intereses políticos, económicos y militares.

Dejamos el terreno de Bourdieu, para pasar a uno un más específico sobre las estructuras de la sociedad, y por lo tanto más obvio. El de “La Construcción Social de la Realidad” que plantean Peter L. Berger y Thomas Luckman.

Esto lo hago debido a que en las prácticas cotidianas de realidad hay comportamientos y actitudes culturales de los periodistas de guerra que no se podrían explicar lo suficientemente desde el terreno de Bourdieu. Partamos diciendo que los periodistas y los medios de comunicación masiva son constructores permanentes de la realidad de las sociedades en la que se mueven e informan como lo sostienen Watzlawick, p.- Krieg, p. basados en los argumentos de Berger y Luckman, pues no sólo llegan a orientar a los públicos, sino que los inducen a tomar posiciones dentro de los campos de los que nos habla Bourdieu. Los mensajes de los periodistas y las de los medios, desde luego, impulsan a tomar acciones, a experimentar sensaciones, a consumir, a ideologizar, a repetir comportamientos de símbolos sexuales, musicales, mercantilistas. Los medios forman sociedades, porque forman opinión, y ésta contribuye a fundamentar una mentalidad social, considero.

De cuerdo con Berger y Luckman, la vida cotidiana (que es precisamente el campo de acción de los periodistas de guerra y los de paz) está orientada por un conocimiento que se adquiere en la rutina y en los procesos intersubjetivos de socialización en relación con la limitación temporal.

De hecho los periodistas viven “del hoy”, de lo cotidiano, de los sucesos diarios, labor que para ellos resulta tremendamente rutinaria, y a la vez novedosa. Todos los días hay una noticia diferente que darle cobertura, y esta se obtiene mediante “la interacción cara” y de los “esquemas tipificadores”. El primero no necesita explicarse, pero el segundo correspondería a la forma en que los periodistas encasillan subjetivamente a sus fuentes, a los protagonistas de la información en esa interacción cara, o por el uso de medios de comunicación como el teléfono, etc.

De acuerdo con Berger y Luckman, “La realidad de la vida cotidiana contiene esquemas tipificadores en cuyos términos, los otros son aprehendidos y tratados en encuentros “cara a cara”. De este modo puedo aprehender al otro como “hombre”, como “europeo”, como “cliente”, como “tipo jovial”, etc” .

Los reporteros de guerra por ejemplo tipifican a los generales de la fuerza pública como hombres duros y reacios, que en su mayoría saben lo que quieren y cómo lo obtienen gracias a sus símbolos como del uniforme y el arma, pero especialmente por el de la autoridad que representa. Esta tipificación influye en gran manera en que un periodista por acción u omisión, sea vulnerable a las fuentes de información de guerra, pues mientras él tipifica, a su vez es tipificado. Pero igual ocurre con los periodistas de paz. Ellos ya tienen unos preconceptos de sus fuentes de a quienes tipifican como “noticiables” o no, si “hablan” o no.

Pero esta condición que tiene la fuente militar, de policía o de fuerza del estado de significar noticia para el reportero de guerra, le pone en una situación de desventaja y de falta de poder, de tal manera que es más fácilmente manipularle, y esto fue evidente en la guerra en Irak, con los partes oficiales que daban los comandantes militares de las dos fuerzas en contienda, y con el fenómeno de la violencia armada en Colombia.

Estas mismas tipificaciones funcionan desde luego en el reportero de guerra si un comandante militar de Irak o un jefe de las fuerzas paraestatales de Saddam Hussein, o un teniente de operaciones de inteligencia de las fuerzas aliadas, o los comandantes de las guerrillas o paramilitares en Colombia o en México, facilitan o no la obtención de datos. En este caso, el que ellos sean altos, bajos, hablan pausado o rápido, son explosivos o tranquilos, hablan el inglés, o el francés, no importa tanto, como que la tipificación diga que “es un cooperador, un buen informante, una fuente abierta” etc. Mientras tanto las fuentes de información de los periodistas tienen a su vez tipificados a los comunicadores: Es un periodista “preguntador”, es “incisivo” “es un flaco bonachón” es “ un reportero agresivo con sus cuestionamientos”, es “equilibrado”, es “neutral”, es apegado a los hechos?.
Las tipificaciones permiten al corresponsal de guerra y al reportero de paz hacer mejor su trabajo, y por eso es relevante. Un reportero con éxito es porque es adecuadamente tipificado por sus fuentes, y porque él tiene una forma acertada de tipificar a las mismas.
En cierta manera, si relacionamos las tipificaciones de Berger y Luckman con el capital simbólico de Bourdieu, se dirá que la suma de las tipificaciones del mundo subjetivo de los periodistas, daría el equivalente al capital simbólico.
Desde luego que dependiendo del grado de tipificación de las fuentes a los periodistas y viceversa, hay una mayor o menor aproximación entre éstos. Un periodista de guerra o de paz que tenga una excelente aproximación con su fuente, va a lograr obtener más y mejores noticias de guerra o de paz, y por ende más y mayor reconocimiento tanto en la empresa informativa, como ante el público que sigue su información. Pero también los públicos de los medios informativos permanentemente tipifican tanto a los periodistas como a los medios de comunicación, de lo que deriva en menores o mayores audiencias o preferencias hacia éstos o sus noticias. De hecho, cuando se pone por ejemplo en una canal de televisión a un presentador X a leer las noticias, se espera que ese X sea bien recibido (tipificado) por las audiencias.
Ahí entra a operar lo que los autores llaman las objetivaciones, que son los signos representados en objetos, señales, y demás que comunican a la subjetividad algo que otros quieren transmitir. Para Berger y Luckman, las objetivaciones ayudan a que el ser subjetivo vea en los objetos materiales y en los que no lo, son representaciones de la realidad que “proclaman las intenciones subjetivas de mis semejantes, aunque a veces resulta difícil saber con seguridad qué proclama tal o cuál objeto en particular(...) ”, e indican que no solamente los signos, sino también, y especialmente, el lenguaje, tienen esa enorme capacidad de representar simbólicamente lo concreto, del hoy y el ahora, pues éste está conformado por múltiples signos que comunican.
De hecho el uso de la objetivación diaria de los periodistas es el lenguaje, en todas sus complejidades. El oral para la radio y la televisión, el de imagen para la televisión y la prensa impresa, el escrito para los tres pero especialmente para éste último. El lenguaje es la mejor forma de propagar las informaciones en los públicos y llegar a las profundidades sociales.
Por eso el lenguaje en los periodistas de guerra, o conflicto, les permitió llevar a cabo la transportación de las realidad que observaban diariamente en Irak o que testimonian en Colombia o en Chiapas, en México. Cuando se hizo mal uso del mismo, utilizando los términos que no correspondían como los ejemplos ya vistos, el reportero puede perder credibilidad, confundir a los públicos, generar pánico y hasta ser originar de catástrofes. Esto fue lo que ocurrió el 9 de abril de 1948 en el episodio conocido como el “Bogotazo”, en Bogotá, Colombia, cuando luego del asesinato del caudillo liberal y candidato a la presidencia de la República, Jorge Eliécer Gaitán en una manifestación política, los periodistas que daban cobertura a la fuente de guerra especialmente, alarmaron tanto a la población con un uso descontrolado de las exhortaciones patrióticas que la incitaron a salir a la calle a vengar la muerte de éste, logrando que la ciudad, en un acto de violencia colectiva e inusitada, fuera semidestruida por saqueadores, vándalos, delincuentes. Se inició desde entonces un periodo de violencia, que hoy el país no ha logrado superar después de 45 años.
El lenguaje, es indudablemente la mejor forma a su vez para promover el diálogo, la convivencia pacífica, la solidaridad, el respeto al otro y todos los valores que conllevan a la paz. El lenguaje es la mejor arma del diálogo, pues su nivel de representación es tan altísimo como eficaz y permite tipificar verbal, oral o visual, y o quinésica, las representaciones que hacemos de las personas y del mundo que nos rodea.
Si se hubiese hecho un buen uso de las posibilidades que da el mismo lenguaje, si éste no se hubiera utilizado para prender más la hoguera entre Estados Unidos e Irak, si sus dirigentes políticos se hubiesen valido de él para buscar acuerdos, se hubiera evitado miles de muertes, escenas de horror, destrucción de hogares, de casas y edificios.
Es por ello que en Colombia la Fundación Medios para la Paz, conocedora del poder del lenguaje como elemento de trabajo cotidiano de los periodistas tanto las fuentes de guerra como de la paz creó un diccionario al que llamó “Para Desarmar la Palabra”, que recopila los términos que por su capacidad de significación deben ser utilizados adecuadamente por los periodistas para desarrollar mejor su labor comunicativa en el campo del conflicto colombiano.
Pero más allá de este intento, la importancia del lenguaje como elemento representador obliga a plantear la necesidad de que los periodistas que comunican sobre la paz y sobre la guerra, en aras de equilibrar la información que se pone en circulación del público tengan un nuevo y formal marco de referencia noticioso tanto sintáctico, como semántico hacia la promoción de los valores de la paz y la no violencia. Algo así, como un modelo de lenguaje que permita promover la paz.
Berger y Luckman plantean también que para darle sentido a las objetivaciones, el hombre externaliza sus procedimientos respondiendo a un orden social, que aparece, subsiste y transmite, en tanto que éste se institucionaliza, a partir, especialmente de la habituación. La institucionalidad de las actuaciones, comportamientos, actitudes (es decir la cultura) es producto de hacer uso constante de la habituación.
Este procedimiento de la conducta humana, la habituación, equivale en el plano conceptual a la prolongación de lo que plantea Bourdieu, a través del habitus. Dicho de otra manera, la repetición de un habitus crearía la habituación al acto, que es legitimado por las instituciones. Sólo que aquí no es la forma como el periodista de guerra o de paz asume unos comportamientos sociales desde patrones subjetivos, sino cómo éstos, al exteriorizarlos en la práctica cotidiana, tras haber elaborado “tipificaciones recíprocas de acciones habitualizadas por tipos de actores” y repetirlos permanentemente, se van institucionalizando.
La institución dice Berger y Luckman “establece ciertas acciones que son realizadas por ciertos actores” a través de una historicidad y unos controles. Los actores en este caso son los periodistas de guerra y de paz. La historicidad se da en la práctica rutinaria intersubjetiva y los controles son las formas como los comunicadores se comportan por dichos caminos (campos en Bourdieu) obedeciendo prácticas preestablecidas con base en la historicidad (repetición de hechos).
"Las reservas de sentido socialmente objetivado y procesado son "mantenidas" en depósitos históricos de sentido y "administradas" por instituciones. La acción del individuo está moldeada por el sentido objetivo proveniente de los acervos sociales de conocimiento y transmitido por las instituciones a través de las presiones que ellas ejercen para su acatamiento. En este proceso, el sentido objetivado mantiene una constante interacción con el sentido construido subjetivamente y con proyectos individuales de acción" (P. Berger-T. Luckmann, 1994: 43).
La forma de comportarse los periodistas hacia la búsqueda de las noticias de sangre antes que las de paz, de manera inconsciente y en muchas ocasiones sin proponérselo, obedece precisamente a una reserva de sentido que en la realidad social se objetiva en la misma información de muertes (nota roja) violencia (corresponsales de guerra, de conflicto, de orden público, judiciales) siguiendo el canal de la institucionalización presionado por el orden vigente y los agentes externos que provocan el uso del sensacionalismo, y que se practica a través de la misma historicidad del ejercicio cotidiano del periodismo. La misma institucionalización, o el recurrente hábito de considerar que las noticias de guerra y violencia extrema venden, por sobre las demás, ha hecho carrera a la institucionalización de dicha creencia, de tal manera que podría convertirse durante la historicidad de las coberturas de guerras y conflictos armados como el que aún se percibe en Irak o en Colombia, en un verdadero mito, o dicho de otra forma, en conductas sustentadas por el mito: “la paz no vende, la guerra sí”
Pero, entonces cómo lograr que los periodistas, reduzcan (no que la eliminen) la tendencia a preferir las noticias de guerra sobre las de paz? En primer lugar, creando mecanismos para que se de en los periodistas la habituación hacia las noticias de paz, a fin de crear un hábitos que favorezca este tipo de información y representen acumulación de capital simbólico para la sociedad. En el fondo eso es lo que persigue la cultura de la paz: internalizar en la sociedad prácticas subjetivas que se traduzcan en comportamientos sociales hacia la paz.
Sin la habituación (crear hábito) no puede producirse la institucionalización de que las informaciones de la no violencia, venden tanto como las de violencia. En segundo lugar, se tendría que corregir las formas de objetivación que enmarcan a las noticias de paz como improductivas para los medios de comunicación, lo cual reformulará la habituación en el transcurso del tiempo, institucionalizando el hábito de que éstas son de primer orden como sus opuestas. Se creará así la institucionalidad de que también las noticias de la no violencia venden en un campo de poder en el que las fuerzas en contienda deberán darle paso.
Así las cosas, para las nuevas generaciones de periodistas de guerra y de paz quedará entendido que las noticias de paz son tan importantes como las de la guerra con lo cual se objetiva el parámetro, adquiere historicidad y se internaliza en los reporteros que tienen la misión social de informarán en el futuro; y construir las verdades sobre las cuáles avanzará la sociedad.
De ésta manera, se da el paso simultáneo de la legitimación de la que hablan Berger y Luckman. Es decir la justificación de dicha institucionalidad que debe ser amplia y coherente, y lo suficientemente fuerte como para que no sea refutada, lo cual dará validez a la práctica de considerar importantes las noticias de paz para la sociedad. Este lugar de legitimación lo ofrece nada más ni nada menos que la Cultura de la Paz, las instituciones y la comunidad científica (también instituciones) que ya trabajan en ella en diferentes partes del mundo. Esta Cultura de Paz, que ya está legitimada y ratificada por el acuerdo de las Naciones Unidas a través de la UNESCO (1999) representa un acuerdo oficial marco (Manifiesto 2000) y le da autoridad para su ejecución.
Entiéndase para los periodistas tanto de paz como de guerra que trabajar bajo los esquema de ésta “quiere decir también trabajar para la prevención y la transformación de los conflictos, mostrando sus causas, sus raíces más profundas, fortaleciendo las capacidades locales para tratar dichos conflictos con las herramientas de las tradiciones culturales de cada lugar, dando más poder a la gente joven, dando voz, espacio y representación a los pueblos sin Estado, fortaleciendo a la sociedad civil, o promoviendo la diplomacia paralela que llevan a cabo los movimientos sociales, las ONG y diversas fundaciones privadas. La cultura de la paz, finalmente, es el empeño en avanzar en el campo del desarme, de la desmilitarización, de la conversión de la industria militar, en reducir los presupuestos y los arsenales militares, en fortalecer los planteamientos de la “seguridad humana”, la “seguridad democrática” o la “seguridad ecológica”, como alternativa a la vieja idea de la seguridad militar; en controlar y reducir el comercio de armas, en acabar con la lacra de las minas antipersonal y de las armas ligeras, en prevenir sobre el desarrollo y el uso de nuevas armas y tecnologías militares, etc”.
Indudablemente se está planteando la legitimación de una utopía, que como cualquiera otra, (la libertad, la justicia, por ejemplo) necesita ser legitimada, para que sea seguida. Para éste caso ayuda a la legitimación que le da a la Cultura de Paz desde los medios, lo que Berger y Luckman llaman el “control social” que son las normatividades que la avalan y la legitiman. En este caso, dicho control debe ser ejercido por autoridades en la materia. Personas o instituciones que velan por el cabal cumplimiento de la buena práctica periodística, a través de los diferentes códigos de trabajo civil o cartas de ética. En el mundo hay muchos de éstos códigos, que no son otra cosa que capital simbólico. Las organizaciones de periodistas tienen estos códigos, hay naciones que los contemplan en su legislación como mecanismos a seguir. La mayoría de ellos dejan en claro el compromiso y función social del periodista en ayudar a construir mejores sociedades.
De hecho, y en virtud de dichos códigos de ética corresponde al periodista, antes que nada buscar la verdad, privilegiarla y darle cabida en todas sus dimensiones. Y dicha verdad sólo se encuentra en la realidad misma, que es social, y que exige del reportero un tratamiento pro activo. "La realidad es una construcción social que a su vez permite y construye a la sociedad. Por tanto los medios tienen la función de crear esa "realidad" construyéndola mediante la observación de la sociedad y difundiéndola en ella. Cuanto más compleja y grande es la sociedad, tanto más importante es la función de los medios, pues sin ellos una sociedad de dimensiones y complejidad más grandes no podría funcionar como sociedad" (en P. Watzlawick-P. Krieg, 1994: 125).
Aquí precisamente viene otra de mis propuestas. Llegar con urgencia a un nuevo acuerdo ético para el manejo de la información de la guerra y de la paz para que sea ésta la que regule como marco institucional la práctica del periodismo hacia los verdaderos intereses de la comunidad, con compromiso y responsabilidad social (como se desprende de estudiar a Berger y Luckman), y no, a través de formas arbitrarias que subsisten en el campo de poder como lo devela muy bien, Bourdieu.
En efecto, la misión de los reporteros de guerra, y los intentos de los de paz, donde ya existen como en Colombia, se ve opacada en ocasiones, porque muchos de ellos han olvidado que más que nada en un conflicto, el periodista está obligado a cumplir con la ética profesional que implica ver su ejercicio con alto grado de compromiso y responsabilidad social. En ocasiones esta ética ya no se aplica por parte de los periodistas de guerra, o de quienes informan muy actualmente sobre la paz, o no es fácil hacerlo en la práctica cotidiana, pues la realidad social llena de complejidades, de fuerzas en el campo de poder, de hábitos, mitos y costumbres ha superado las expectativas de resolución, que antes parecían tener al punto de que ya no constituyente suficiente referente para los desafíos profesionales.
La cultura de los periodistas en una sociedad se va a acomodando al devenir histórico, pero eso no significa que todas sus prácticas que lesionan el concepto de la ética y de la transparencia profesional cambien con los sucesos y la reposición de los actores y protagonistas de la realidad, sino que muchos de estos procesos deben ser inducidos.
“El origen de la cultura como atributo humano se encuentra universalmente en la superior capacidad del hombre para adquirir conocimientos mediante la experiencia y para comunicar lo aprendido por medio de símbolos, el principal sistema de los cuales lo constituye el lenguaje.
Como la cultura –el comportamiento habitual socialmente compartido- se transmite mediante procesos de enseñanza y aprendizaje, tanto formales como informales, la parte más esencial de la cultura se encuentra en las pautas incorporadas a las tradiciones sociales de grupo, es decir, los conocimientos, ideas, creencias, valores, normas, sentimientos y pautas de acción que prevalecen en el mismo”
Pero la forma de percibir el periodista como un ser cultural no debe partir de una mirada insolidaria desde el exterior, sino que debe observarse principalmente la conducta que lo lleva a proceder y actuar de una u otra manera en un compromiso con la paz y la sociedad. El mismo Clifford Geertz sostiene que “Hay que atender a la conducta y hacerlo con cierto rigor porque es el fluir de la conducta-o, más precisamente, de la acción social- donde las formas culturales encuentran articulación. La encuentran también, por su puesto, en diversas clases de papel que desempeñan (Wittgenstein diría de su “uso”) en una estructura operante de vida, y no de relaciones intrínsecas que puedan guardar entre sí” .


2. Sobre las Realidades de Colombia y México:

Estos son países con altos niveles de violencia armada y estructural. La nación Suramericana ocupa el primer lugar en secuestros en el año y México el segundo en las listas internacionales de delitos. En Colombia ocurre la mayor cantidad de muertes violentas en el mundo por año (25.530 promedio) y México está en el sexto lugar (13.820). También en México se cometen la mayor cantidad de asaltos a mano armada en Latinoamérica y el tercero en el mundo, en tanto que Colombia ocupa el puesto 26. A su vez en ambos países hay manifestaciones de grupos armados ilegales que se oponen al estado, pero en el primero las guerrillas han optado por desplegar una ofensiva militar barbárica contra los gobiernos y la población de tan grave proporción que internacionalmente ya se les consideran grupos terroristas, en tanto que en el segundo, el levantamiento en armas no busca por ahora desestabilizar al gobierno ni a sectores de la población civil, sino que en el fondo, se adjudica reivindicaciones políticas. En ambos hay fuerzas paralelas a las de los estados (fuerza pública y militar), que operan de manera irregular en defensa de los órdenes políticos imperantes, pero también haciendo el uso de las armas, y se les denomina “paramilitares”. En Colombia el accionar de estas autodefensas que se pasan por encima todas las normas vigentes, cometiendo masacres contra campesinos en zonas de probable influencia guerrillera les ha servido para figurar también como grupos terroristas. En ambos países hay posibilidades de búsquedas de solución política a través del diálogo con las guerrilleas, lo que desligitima el accionar de los segundos.
Y en ambas naciones los clanes de los narcotraficantes promueven la violencia en sectores bajos pero bien armados de la delincuencia, han impuesto la cultura de la corrupción en ciertos sectores representativos de la sociedad e intentan seguir su expansión, pese a los controles que ejercen los gobiernos.
Las autoridades y expertos en Colombia dicen que detrás del inmenso poder de la guerrilla y los paramilitares, están las inmensas fortunas de los narcotraficantes. En México, oficialmente no se ha comprobado que algo similar esté ocurriendo.
Los defensores de derechos humanos de Colombia agremiados en Ong’s, y la misma Red de Solidaridad Social indican que en ese país hay 2 millones y medio de personas desplazadas por la violencia armada desde el inicio de la década de los noventa del anterior siglo. En México la Comisión Mexicana para la Protección de Derechos Humanos reconoce la presencia del fenómeno en la nación, pero afirma desconocer una cifra aproximada de personas desplazadas por acciones de violencia en el país. Sin embargo el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, A.C, a través de su vocero Pedro Jesús Navas, hizo saber en un comité sobre violación de derechos humanos que en sólo Chiapas existían más de 50.000 mil desplazados campesinos de sus tierras por la presencia de grupos irregulares guerrilleros y paramilitares en sus zonas de origen.
Y en medio de ésta dramática realidad están los mediadores, voceros y representantes de la misma, cuya misión es contar lo que ocurre pero con responsabilidad y compromiso social. Son los medios de comunicación, los reporteros del conflicto, los comunicadores judiciales que informan sobre éstos sucesos diariamente y que en ocasiones lo hacen saltándose los patrones éticos en busca de mayores puntajes en la recepción de los mismos.
Por eso no es de extrañarse que en los dos países los medios de comunicación tradicionales de cobertura nacional: los reporteros de radio, prensa escrita y televisión han evitado asociarse por iniciativa propia a proyectos que les permitan estar más de cerca con las personas afectadas por la violencia armada (factor predominante en Colombia) y estructural (factor de mayor dominio en este país), no como simples registradores de los hechos que ocasionaron la dolencia social, sino como activistas de una comunicación productiva que sirva para construir y entender mejor la realidad social y defenderse de los intentos de ser manipulados por la contienda ideológica de fuerzas que subsisten en los campos en aras de producir un cambio en las actitudes, comportamientos y estilos de vida de las audiencias hacia la cultura de la paz.
No obstante, la inquietud por buscar una cercanía de los periodistas sobre los temas de la no violencia está comenzando en ambos países, si se tiene en cuenta que en Colombia, existe ya una organización conocida como Medios Para la Paz, y la Fundación para la Libertad de Prensa, que trabajan la cultura de paz, pero desde una órbita más académica que dirigida a la práctica, y aún no han tenido influencia directa y real sobre el cuerpo de reporteros de paz en el país. Estos periodistas de paz, como gremio, no están unidos en torno a un proyecto específico. Por otro lado, en México, existe una inquietud de la Asociación de radiodifusores para la paz RADIPAZ, que busca encontrar eco en medios locales independientes y en emisoras culturales del país, para animarlos a adoptar una estrategia de información para la paz. En lo que se ha investigado, no existe una propuesta que permita unir esfuerzos de reporteros de Colombia y México, y de éstos con los del resto del continente en un proyecto macro. Tampoco existe un trabajo de investigación que intente establecer un modelo de periodista que informe desde los medios de comunicación sobre la paz, teniendo como marco, los principios de una cultura de paz.
A nivel continental, los periodistas de Haití crearon hace tres años una organización (La Asociación de Periodistas por la Paz de Haití) para promover la cultura de la no violencia, y enfatizar en el desarme mundial. Para ello realizan foros y actividades de capacitación para los periodistas.
También en Argentina los periodistas sensibles al tema de la paz y de la defensa de los derechos civiles, así como el de la información en la Asociación de Periodistas por la Paz han creado ADEPAZ, con menos de un año, al que integraron comunicadores y académicos para promover una cultura de la paz.

3. RELACIÓN ENTRE LOS DATOS DE CAMPO Y LA LITERATURA:

La Cultura de la Paz es un tema aún desconocido en la mayoría de los medios de comunicación mexicanos. Los pocos periodistas que pueden tener algún interés por proyectar su trabajo profesional en una fuente que le permita informar sobre la paz y los derechos humanos, aún no se les ha demostrado, aunque tal vez se les haya comentado, cómo, por qué y para qué se necesita difundir una cultura de paz desde los medios de comunicación masiva. Básicamente, se puede decir que desconocen los principios de esta cultura por que existe desinterés de los medios existentes en considerar una nueva perspectiva informativa, porque no hay aún tradición internacional en el manejo útil de este tipo de noticias para la ciudadanía y por la inexistencia de teoría literaria y científica, que amparada en investigaciones de campo, haya concretado el perfil que se requiere para poner en marcha este tipo de reporteros.
Esa es una de las razones por las que considero que aunque hay intentos en México, no existe formal y propiamente periodistas en los medios comerciales, trabajando por la Cultura de la Paz. En Colombia, por el contrario, debido a la misma dimensión y evolución del conflicto armado en ese país, ya existen los llamados reporteros de la paz en algunas cadenas radiales y de televisión, y en los periódicos de tiraje nacional se han formado las llamadas Unidades de Paz, que aunque debería informar sobre este tema, con frecuencia terminan haciéndolo sobre la guerra, por falta de claridad en el papel y de seguridad en su esfera de competencia.
De la misma manera, en la esfera individual, aparentemente los periodistas en ambos países que ostenten o no el compromiso de dar cobertura para sus medios de las noticias de paz, derechos humanos y demás temas similares, no como fuente independiente a las demás que es el ideal, sino apegados a otras como la de la política o la judicial, no quieren comprometerse con la sociedad a la cual informan, o consideran que acercarse a una cultura de paz sobrepasa ese compromiso social.
Por otro lado, en el aspecto de las organizaciones civiles que intentan motivar a los medios y periodistas a involucrarse con la promoción de una cultura de paz desde los medios informativos y de comunicación, presentan aún vacíos en su labor de despertar conciencia por falta de apoyo político y económico, de investigación teórica y científica sobre el campo de acción para los medios y periodistas. Estos vacíos de conceptos, y falta de estrategias claras para involucrarlos en una cultura de paz más allá de la teoría básica, a sí como a los estudiantes de periodismo, ha impedido fortalecer al menos en México, esta corriente de pensamiento.
Por otro lado, y complementariamente a lo anterior, se hace necesario el despertar conciencia en los reporteros que trabajar responsable, seria y neutralmente desde su competencia y radio de acción por las personas afectadas de cualquier tipo de violencia, exige una sensibilidad tal en el profesional, que ésta se empieza a adquirirse durante su preparación profesional, y después se afianza en el ejercicio de la actividad periodística teniendo contacto directo, cara a cara con los afectados o lesionados de la violencia, pudiendo asimilar más fácilmente los objetivos, propiedades, valores y escenario que ofrece una nueva forma de hacer periodismo hacia la paz, desde el escenario de la Cultura de Paz.
Y esta cultura debe llegarle al ciudadano común que recibe diariamente la información de lo que pasa en Colombia, México y el mundo. Este usuario de las noticias tiene el derecho a acceder a la información de paz de la misma manera como conoce los hechos de guerra y no solamente la cara violenta de la realidad, pues si es así, la guerra o los conflictos se convierten en los únicos referentes para la sociedad y en probables patrones de conducta a imitar. En las organizaciones periodísticas a su vez, el balance general de la información debe comenzar por el principio de que a más noticias de guerra, más de paz haciendo a un lado el desinterés por las temáticas de la solidaridad, los derechos humanos, y la convivencia pacífica pues deben convencerse de que estas no sólo constituyen beneficio para la sociedad, sino también para todas las partes que intervienen en el proceso informativo. ¿Es suficiente identificar un factor cultural en las prácticas cotidianas de los periodistas o de jefes de los medios para llevarlos a interesarse en el potencial de una cultura de paz o que la adopten en sus competencias profesionales como el espacio y la oportunidad de contar con una nueva fuente de información de tanto valor o de peso de tal manera que se asuma que estas noticias también “venden” y generan rating,?
Las probables causas de este desinterés que advierten los líderes de la cultura de la paz en Europa tiene que ver directamente con el papel de los reporteros dentro del sistema o la red en la que se mueven, tanto fuera de sus organizaciones, como dentro de ellas. La cultura de los periodistas tanto en las redes colombianas como en las mexicanas, es la de buscar antes que nada, noticias de guerra, de violencia y de conflictos que caigan en la esfera de las organizaciones armadas. Esto se da evidencia dentro de las casas periodísticas porque los reporteros viven una lucha permanente en todos los niveles de producción de la organización para poder entregar un producto (noticias e información) que venda y que llame la atención del público. Esta lucha que implica un mayor esfuerzo profesional es más fuerte dentro del cuerpo de reporteros y redactores, que en otras esferas de la organización.
En apariencia, los periodistas equivocadamente ven como un problema ético adoptar comportamientos informativos favorables hacia quienes en las comunidades promueven la paz, la no violencia, el entendimiento, la solidaridad, el respeto a la vida y a los derechos fundamentales de las personas. Es decir, temen tomar partido por comportamientos que indiquen beneficiar al público, porque esto significaría llegar a un compromiso social, y abandonar una neutralidad, que ciertamente es falsa. ¿De qué le sirve a una sociedad, un periodista que en aras de preservar la neutralidad profesional, no defiende los intereses y el bienestar de ésta, sino que por el contrario se cohibe a pesar de ser uno de sus representantes o voceros, y en cambio se desboca o abandona esa pretendida ecuanimidad cuando informa sobre la violencia y la guerra ?
Ahora bien, externamente a la organización periodística, y en la esfera individual de los reporteros, pareciera que luego de los hechos terroristas del 11 de septiembre en los Estados Unidos, tras la guerra en Irak por parte de los países aliados y tras el anuncio de un gran número de países de declararle “la guerra al terrorismo” y de luchar contra “los nuevos ejes del mal”, la prensa, que carga en sus cuestas una enorme responsabilidad social con lo que informa, se pueda alinear peligrosamente con esta posición ideológica como ya lo han advertido comunicadores y organizaciones civiles de ese mismo país.
¿Se necesita un organismo rector de la cultura de la paz del Tercer Sector a nivel internacional que incentive la adopción de la cultura de la paz, al menos como fuente de información en los medios de comunicación no sólo en Colombia y México, sino también en Latinoamérica y a la vez que vigile, advierta y denuncie comportamientos de la prensa mundial que incentiven o se alinderen en torno a la justificación del uso de la violencia por parte de gobiernos, grupos e instituciones?